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El CIDE: una institución en peligro

El proceso de renovación del centro se convirtió en un enfrentamiento en espera de ser resuelto

El conflicto del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) es esencialmente político y como tal requiere respuestas políticas. Un proceso de renovación en su dirección general, que se había resuelto con los altibajos normales de cualquier elección durante casi medio siglo, se volvió enfrentamiento. Cuando digo que es política su naturaleza no eludo que lo legal no haya sido cuestionado o que no tenga un peso específico, particularmente cuando se refiere a la opinión del estudiantado, cuya auscultación —obligada por la normatividad vigente—  fue minimizada. Pero la causa motora reside en la designación de la autoridad interina que durante cuatro meses (agosto-noviembre) exhibió conductas y declaraciones que la comunidad juzgó como autoritarias y despóticas, contradictorias con el ethos institucional. Como cualquier conflicto político, su posible salida va desde la imposición de medidas de fuerza hasta una debida gestión del mismo, buscando un avenimiento entre las partes involucradas. ¿Por cual de esas  el gobierno de la República se inclinará?

Creación del organismo

 Fundado en 1974, el CIDE se inscribe en la reforma educativa promovida por la presidencia de Luis Echeverría, aquella que dio origen, entre otros, a la UAM, el Colegio de Bachilleres o la muy innovadora Ley Federal de Educación.  A lo largo de su historia ha contado con importantes personalidades en su dirección general: Trinidad Martínez Tarragó, Ernesto Flores de la Peña, Emilio Sacristán, Carlos Bazdresch, por mencionar sólo a cuatro de los ocho habidos hasta la fecha. En 2020, la comunidad del Centro se componía de mil 140 integrantes: 691 estudiantes (428 de licenciatura), 219 profesores-investigadores y 230 miembros del personal directivo y administrativo (J. A. Romero, Plan de trabajo para ocupar la dirección del CIDE…). Es uno de los 26 centros públicos de investigación (CPI) que, coordinados por el Conacyt, basan su operación en la Ley de Ciencia y Tecnología y su propio Estatuto General.

En su carácter de CPI, el CIDE es una asociación civil que cuenta con personalidad jurídica y patrimonio propios, así como con autonomía de decisión técnica, operativa y administrativa. En ese sentido, forma parte de la administración pública rigiéndose también por la Ley Orgánica de la Administración Pública Federal. El actual conflicto se gestó desde meses atrás, posiblemente cuando figuras representativas del CIDE (varias de ellas con importantes espacios en los medios de comunicación masiva) criticaron la medida de la desaparición de los fideicomisos de investigación dispuesta por el presidente de la República y aprobada por el Congreso de la Unión en octubre en 2020. Convertido esto en enfrentamiento con la titular del Conacyt, el director general del CIDE resolvió renunciar, argumentando discretamente: “mi ciclo como director ha concluido y conviene que tengamos una dirección renovada que pueda seguir dando cauce a las nuevas necesidades institucionales”.

Hasta allí lo que era una situación que afectaba en cierto grado al Centro parecía  resoluble. Inclusive, algunos opinantes lo concebían  solo como una diferencia entre personalidades. Pero, como se mostró inmediatamente, el nuevo director general interino se encargó de convertir en conflicto permanente lo que hasta entonces era un problema aparentemente incidental y de grado menor.

No hubo kamikazes

La gestión del director interino estuvo marcada por acciones y declaraciones que mostraban un estilo de conducción institucional hasta entonces desconocida en el medio siglo de vida institucional. Por lo que toca a las primeras, de modo muy destacado deben mencionarse las relativas al abrupto y violento cese de la secretaria académica del Centro, así como la destitución del titular de la sede en Aguascalientes. Por lo que toca a las segundas, la afirmación relativa que la institución no se involucra con los grandes problemas nacionales, así como el señalamiento, como defecto, de la altísima proporción de investigadores con posgrado en el extranjero, o algo similar respecto al origen nacional de una buena parte de la planta académica.

Iniciado el proceso para el nombramiento definitivo del nuevo director general, ningún miembro del profesorado quiso figurar como aspirante al cargo (¿error?). Gráficamente, Jean Meyer afirmó al respecto: “no hubo kamikazes”. En esas condiciones, la designación se dirimió entre dos profesionales con trayectorias irreprochables pero diferentes: a) el doctor José Romero, investigador reconocido en el Colegio de México, doctorado por la Universidad de Texas, con un SNI III; b) Vidal Llerenas, doctorado por la Universidad de York (Reino Unido), con una hoja de vida mixta que  combina política, administración pública y academia, nada diferente de algunos de los anteriores directores, como los casos de R. Carrillo Arronte, Flores de la Peña, Bazdresch.

Dentro de los procesos de auscultación interna, regulados por el Estatuto General, se verificó una valoración entre los miembros de la comunidad, básicamente entre el personal académico. El resultado fue contundente: 7.29 puntos para Romero y 8.89 para Llerenas.  Tal diferencia se debió,  según colijo, al desgaste habido en la gestión interina. Al anunciarse el resultado, el 29 de noviembre… ¡ardió Troya!

¿Recomendación unánime?

La decisión, formalizada por la titular del Conacyt, tal como lo prescribe el Estatuto, debió basarse en una votación por parte del Consejo Directivo, el órgano de gobierno del CIDE. Tal votación no se verificó y el anuncio, tanto en las declaraciones inmediatas de la directora del Conacyt, como en el comunicado (267) del propio organismo, se sostuvo que se trataba de una “recomendación unánime”. Aunque esto no alteraba el resultado, hubo dos representaciones que se encargaron de anunciar su oposición: la del Instituto Nacional Electoral y la de la Secretaría de Energía. La falla de comunicación fue el detonante para que la comunidad reaccionara vivamente.

El plan de trabajo de Romero, presentado junto con su candidatura, contiene un diagnóstico y propuestas que fueron conocidas en el momento en que sus declaraciones y acciones  ya le habían generado animadversión. El documento tiene puntos de interés y, en otro clima institucional, hubiese sido una base objetiva para una discusión informada. Pero no fue así. Aspectos que resultaron muy criticados por la comunidad fueron los siguientes:

  1. a) “La Misión, Visión y Objetivos del CIDE son, hoy, de corte neoliberal . . . priorizan criterios de eficiencia, alto rendimiento y mérito individual que se alejan del contexto social”.
  2. b) El CIDE debe transformarse en “un generador de propuestas de políticas públicas encaminadas a fomentar el bienestar del pueblo de México”. Para ello será indispensable dejar de “importar las políticas públicas de Estados Unidos y Europa, y por lo tanto también el conocimiento desarrollado en estos países”. Sus investigaciones son difundidas internacionalmente, pero “controladas por instituciones estadounidenses ortodoxas”.
  3. c) El sindicato del personal académico, fundado en mayo de 2018, está integrado por profesores que “decidieron unirse para proteger sus intereses sobre las políticas de austeridad y transparencia del gobierno entrante”

Como podrá observarse, ya el horno no estaba para bollos, y varias de esas afirmaciones fueron muy cuestionadas por exageradas y falaces. Con ello, otras que tendrían un signo positivo, no tuvieron mayor impacto.

¿Futuro?

 Lo acontecido el lunes pasado, cuando la Asamblea de Estudiantes tomó dos decisiones mayúsculas (declarar “interlocutor no válido” a la titular del Conacyt; exigir la renuncia del nuevo director como base para cualquier diálogo) escala notablemente el conflicto. La disyuntiva para el gobierno federal es la ya mencionada: medidas de fuerza o avenimiento entre las partes. Con un peligro similar a la de la primera alternativa, la de la fuerza, son las voces que invocan a que “se pudra” el conflicto; que el CIDE  deje de funcionar hasta su descomposición.

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