Justo Sierra inauguró la Universidad Nacional en 1910
La creación de nuestra máxima casa de estudios buscaba hacer parte a México del progreso global
“¿Será que la ciencia del hombre es un mundo que viaja en busca de Dios?” preguntaba retóricamente Justo Sierra el 22 de septiembre de 1910 al inaugurar la Universidad Nacional. Agonizaba el régimen de Porfirio Díaz. México celebraba el centenario de su gesta independentista.
La creación de nuestra máxima casa de estudios tuvo la franca intención de inmiscuir a nuestro país en el progreso global. Se le dio la alta misión de mostrar que nuestra personalidad mexicana tiene raíces históricas y naturales, indestructibles, pero a pesar del impecable discurso inaugural y de los hechos contemporáneos, en su momento, parecía una estrategia para ocultar las profundas desigualdades sociales, así como el descontento por un gobierno que se había enquistado en la administración del país, en fin, el México de caudillos.
“El fondo de todo problema, ya social, ya político, tomando estos vocablos en sus más comprensivas acepciones, implica necesariamente un problema pedagógico, un problema de educación”. El caudillo de aquel tiempo tuvo tres secretarios de educación: Joaquín Baranda, Justino Fernández y Justo Sierra, este último, autor de una amplia labor educativa la cual se vio coronada con la creación de la Universidad Nacional. Poeta de quien Alfonso Reyes escribe “Por si su pluma no bastara para su gloria, es Justo Sierra, en la administración porfiriana, la inteligencia más noble y la voluntad más pura”.
El maestro Luis Álvarez Barret, dice de Sierra que, “no era el ministro más poderoso, pero sí el más espectacular: historiador, maestro, periodista, tribuno, filósofo y poeta”, fue crítico del positivismo, para su época, revolucionario a pesar de pertenecer a la administración porfiriana, solventó en sus inicios al Ateneo de la Juventud, grupo de intelectuales como Antonio Caso, Alfonso Reyes o José Vasconcelos, quienes terminaron de derrocar ideológicamente al régimen positivista.
“Cultivar voluntades para cosechar egoísmos, sería la bancarrota de la pedagogía…No será la Universidad una persona destinada a no separar los ojos del telescopio o del microscopio, aunque en torno de ella una nación se desorganice”, fue la fe de bautismo, el sino del padre con el que nació nuestra gran Universidad Nacional.
“La acción educadora de la Universidad resultará entonces de su acción científica; haciendo venir a ella grupos selectos de la intelectualidad mexicana y cultivando intensamente en ellos el amor puro de la verdad, el tesón de la labor cotidiana para encontrarla”. Y los grupos vinieron y buscaron.
Cuando José Vasconcelos creó la SEP (1921), un año antes fue rector de la Nacional, al rendir protesta del cargo, ante los universitarios advirtió: vengo “a trabajar entre vosotros durante el periodo de varios meses, con el objeto de elaborar en el seno de la Universidad un sólido proyecto de ley federal de educación pública…el país ansía educarse: decidnos vosotros cuál es la mejor manera de educarlo”. Un año después, nació la SEP.
“Los fundadores de la Universidad de antaño decían: ‘La verdad está definida, enseñadla’; nosotros decimos a los universitarios de hoy: ‘La verdad se va definiendo, buscadla’”, desde entonces, aunque no somos los mismos, seguimos buscando, así hemos tomado nuestro lugar en un mundo de conocimiento, en esa “divina procesión de antorchas” como dijera Sierra en su momento.
200 años de la consumación de la independencia
“Fueron los seminarios, y no la Universidad, los que cultivaron sigilosamente las grandes almas de los insurgentes de 1810, en las que, por primera vez, la patria fue”, nos dice don Justo Sierra y no hay que perderlo de vista.
La recta final del proceso independentista encuentra en los Tratados de Córdoba un documento fundamental, producto de la habilidad legalista de Agustín de Iturbide, pero como lo reseña el blog de la SEDENA “España no aceptó los Tratados de Córdoba ni la capitulación que había firmado Juan O‘Donojú; ante esta nueva negativa el Ejército Trigarante (encabezado por Iturbide) entró triunfante a la Ciudad de México el 27 de septiembre de 1821, dando así por consumada la lucha de independencia, firmando al día siguiente el Acta de Independencia”.
Aunque como dijeran los educadores de fondo, la verdadera emancipación está en la educación, así, la educación no es liberadora cuando enseña al oprimido a convertirse en el opresor. México aún se sigue buscando a sí mismo dentro de cada mexicano que despierta para servir y disfrutar de una familia y una patria.

Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
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