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Diálogo de los muertos que aún son faros

“Y cada vez que inicias un poema convocas a los muertos.” JEP Asideros de luz, lumbrera de augurios, espejos de claridad como senderos de soles sembrados; muertos que viven en la sangre de nuestro tiempo. Ignacio Ramírez falleció el 15 de junio de 1879; López Velarde nació también un 15 de junio, pero de 1888. Ambos son recordados con profundo cariño por José Emilio Pacheco, a quién también rememoremos por su aniversario natalicio a finales del mes en curso.

Ignacio Ramírez, Ramón López Velarde, ambos poetas se debatieron entre la pasión carnal y el fervor místico, son recordados en junio, así como José Emilio Pacheco

López Velarde fue un poeta del movimiento modernista pero también trabajo como funcionario.

“Y cada vez que inicias un poema
convocas a los muertos.”
JEP

Asideros de luz, lumbrera de augurios, espejos de claridad como senderos de soles sembrados; muertos que viven en la sangre de nuestro tiempo. Ignacio Ramírez falleció el 15 de junio de 1879; López Velarde nació también un 15 de junio, pero de 1888. Ambos son recordados con profundo cariño por José Emilio Pacheco, a quién también rememoremos por su aniversario natalicio a finales del mes en curso.

López Velarde tenía su despacho de abogado exactamente donde hoy se encuentra la Torre Latinoamericana, Pacheco lo hace salir de ahí y caminar sobre la calle de Madero en la Ciudad de México para tener un fraternal encuentro con otro gran poeta: Amado Nervo.

Como sabemos, ambos poetas se debatieron entre la pasión carnal y el fervor místico, poetas al fin, ambos fallecieron antes de los 50 años. Lo que asombra de estos personajes y que Pacheco retrata magistralmente en su “Diálogo de los muertos” es la combinación de su talento literario con el de sus responsabilidades como servidores públicos.

Ambos conversan entorno a un libro: Asamblea de poetas jóvenes de México (1980), antología reunida por Gabriel Zaid, donde el giro de nuestros tiempos incluye de forma destacada a las mujeres poetas. Entonces, surge este bello diálogo:

“Nervo: Voy a regalarles ejemplares a María Enriqueta y a Laura Méndez. En nuestros tiempos ellas eran las únicas. En 1980 el dieciocho por ciento de los poetas incluidos en la ‘Asamblea’ son mujeres. Este hecho en sí mismo ¿no te parece entusiasmante?

López Velarde: Pues sí, pero ¿escriben bien?

Nervo: Muchos de los mejores poemas de la ‘Asamblea’ los hicieron ellas. Ramón, te suplico que releas el libro, pienses en lo que te he dicho y volvamos a discutir. Creo que aún no te recuperas del asombro.”

Las distintas entregas de “Diálogo de los muertos” que Pacheco publicó en su columna “Inventario” para la revista Proceso, son verdaderas obras de teatro, el género -por cierto- menos leído entre los entusiastas y escasos lectores del país. Esta entrega de 1980 remata así:

“Se detiene un automóvil LTD con antenita y sin placas. Bajan tres empistolados que encañonan a los espectros.

Empistolado I: Quedan detenidos ¿Qué hacen aquí a estas horas y con esos disfraces?

Nervo: ¡Suéltenme! ¡Soy el ministro plenipotenciario de México en las Repúblicas del Plata!

López Velarde: ¡Soy el secretario particular del ministro de Gobernación!

Empistolado II: ¡Sí, ¡cómo no!, pues yo soy Ronald Reagan.

Intentan subirlos a empellones al auto, pero los espectros se elevan en el aire y, ante el azoro de los empistolados, se posan en la torre de Catedral. Desde allí observan las excavaciones del Templo Mayor. Sale el sol entre los dos volcanes. Nervo y López Velarde se desvanecen en el incendio sinfónico de la hoguera celeste.”

Otro diálogo
El Nigromante, pionero en defender la equidad de género. En la imaginaria conversación que propone Pacheco en la Alameda de la Ciudad de México en 1979, Ignacio Ramírez, escucha a Guillermo Prieto espetarle: “Las feministas no te han reivindicado”.

“Ramírez: ¿Dónde van a leerme si no hay en librerías edición alguna de mis escritos?

Prieto: Lo peor fue la ceremonia de tus cien años de muerto. Como a escondidas, por no dejar, para cubrir el expediente.

Ramírez: Sí, no se fuera a enojar el papa porque se acordaron del majadero que llegó a la academia de Letrán para decir que “Dios no existe, las cosas de la naturaleza se sustentan en sí mismas”.

Prieto: No sabes la que se le armó a Diego Rivera por pintar tu frasecita aquí enfrente en el Hotel del Prado.”

Admiro profundamente la vida y obra del Nigromante, pero discrepo totalmente de la frase que le dio notoriedad aquella noche de 1836 en la Academia de Letrán, escrita -como auténtico poeta- en una baraja de servilletas. Un poco más anaxagórico: “todo tiene que ver con todo, nada puede permanecer aislado”. Si vivimos en un Todo interconectado como la Teoría de Cuerdas lo sugiere, “las cosas de la naturaleza” no pueden sustentarse por sí mismas. Todo depende de Todo.

Aún más, detrás de cada ventana que hoy abre la cuántica, atisbamos la luz del Creador. Si el Nigromante viviese en esta hora del globo, estoy seguro de que, sería un gran divulgador científico -al tiempo que escribiría poemas, sería ministro o magistrado y pelearía contra las hegemonías dominantes- y bueno estaría también prendado de la astronomía y de la cuántica. En fin, en ese discurso, también afirmó que “el tiempo no existe” y en este espacio, ya hemos disertado y refutado al respecto.

Aunque en su defensa, podemos considerar que, Ramírez no estaba en contra de la Deidad Suprema, sino de las cooperativas mercantiles hechas clero, dispuestas a explotar a ultranza y a mansalva, la fe de su grey. Su prodigiosa inteligencia de colono emancipado estaba adherida al rencor del desposeído. “La máxima que nos enseñaron los conquistadores fue que no debemos esperar que ninguna divinidad venga en nuestro auxilio, los mexicanos siempre estaremos solos”, dijo también aquella noche.

La sucesión
Como cada seis años, llega la carrera por la sucesión presidencial. Ignacio Ramírez y Guillermo Prieto son de los mejores ejemplos de la mejor de las generaciones que ha tenido nuestra nación. Como le dice Prieto al Nigromante:

“Tú y yo fuimos ministros en la época de la desamortización. Millones de pesos pasaron por nuestras manos y no nos quedamos ni siquiera con las comisiones que nos tocaban legalmente. No tomamos un solo libro sacado de los conventos. No nos llevamos ni un cuadro ni una estatua de las iglesias. Vivimos y morimos en la más atroz miseria después de haber sido mil veces secretarios, magistrados, diputados”.

Cuando se quiere, hay ejemplos que sostienen la dignidad de México. Con Dios, ellos aún no han muerto. ¡Viva Pacheco y la generosidad de sus diálogos en adagio!

Héctor Martínez Rojas
Periodista especializado en educación superior | Web | + posts
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