“El mármol, los caballos tienen mis propias venas; cualquier dolor lastima mi carne, mi esqueleto”, dice Oliverio Girondo en su famosa Comunión Plenaria; continúa: “Si diviso una nube, / debo emprender el vuelo. / Si una mujer se acuesta, / yo me acuesto con ella / […] Nunca sigo a un cadáver / sin quedarme a su lado. Cuando ponen un huevo, / yo también cacareo. Basta que alguien me piense para ser un recuerdo”.
Y es que la muerte omnisciente está presente en todas las culturas, “memento mori”, todas y todos en algún punto de nuestra existencia llegaremos a dar ese gran salto. Las razones que se tienen para morir son las mismas razones que se tienen para vivir, aseguraba Octavio Paz. Más aún: sin muerte no hay vida, la vida le nace a la muerte, como la muerte surge de la vida.
Considerada así, la muerte, más que una estatua de sal, es la obra consumada de la vida. En la literatura universal encontramos ejemplos como La Divina Comedia, donde los espíritus inmarcesibles, elocuentes, evocan sus antiguas glorias, pero en México, también susurra el gentío de ánimas que anda por la calle. Pedro Páramo nos recuerda que nuestros muertos tienen memoria; por eso se acercan, llegan al altar a la hora del viento para tomar de la ofrenda.
La muerte, huelga decirlo, es la gran igualadora, no sólo entre personas de distintas culturas o clases sociales, sino entre todos los seres que componen la naturaleza; del gusano al águila, del hongo al delfín. En México, José Guadalupe Posada, al hacer una crítica sobre el afrancesamiento de su época, dibujó lo que se convertiría en un ícono nacional, la Calavera garbancera.
En 1913, cuando fue publicado el grabado de Posada con el título “Remate de calaveras alegres y sandungueras”, aparecían los siguientes versos, de los cuales reproducimos un breve fragmento:
“Hay hermosas garbanceras,
de corsé y alto tacón;
pero han de ser calaveras,
calaveras del montón.
Gata que te pintas chapas
con ladrillo o bermellón:
la muerte dirá: «No escapas,
eres cráneo del montón».”
La misma irreverencia y sarcasmo ilumina usualmente la composición popular que conocemos hoy como “claveritas”. En 1947, Diego Rivera, en el mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, hace un homenaje al grabado de Posada y reproduce su calavera con un gran detalle que llama la atención; la Catrina de Rivera, sobre el cuello lleva de estola a Quetzalcóatl. Detalle que Rivera subraya para colorear el acecho a la cultura indígena.
En 2015, el famoso agente 007, en la película Spectre realizó el promocional -quizá- de mayor alcance sobre el tradicional Día de Muertos que celebramos en México cada 1 y 2 de noviembre, fue algo así como una remasterización mercadológica de nuestras tradiciones.
En fin, la muerte para los mesoamericanos parecía ser una obsesión; de los tzompantlis a los cantos de Nezahualcóyotl: «Sólo un poco aquí, nada es para siempre», así, hasta las cualidades de consejera que le atribuye la toltequidad a la mujer de la guadaña.
En la saga de Las enseñanzas de don Juan, a la muerte más que temerla, se le toma como la mejor de las consejeras, de tal suerte que no hay decisiones pequeñas ni grandes, todo son decisiones de cara a nuestra muerte: “la idea de la muerte es lo único que templa nuestro espíritu”, asegura don Juan. El paralelismo bíblico es evidente en Eclesiastés 3:20:
Todos caminan hacia una misma meta;
Todos han salido del polvo
Y todos vuelven al polvo.
Todo lo igualas, Muerte sin fin:
“…este morir incesante,
tenaz, esta muerte viva,
¡oh Dios! que te está matando
en tus hechuras estrictas”.
Gorostiza sabía que para los antiguos el Mictlán con sus nueve niveles se encargaba de reiniciar el ciclo, el eterno retorno, ¿todo, de algún modo, vuelve a renacer? Una de las cualidades más transparentes de la muerte es su misterio, el cual envuelve a la vida. Iguala tanto como une. Llega a fascinar como verdad pulida.
A Paz, la muerte le recuerda “el olvidado asombro de estar vivos”; a Girondo, la transmigración y a Gorostiza la “putilla del rubor helado”. Rumores de espectros se propalan por las urbes, son identidad y memoria; vida que no ha querido el olvido.
En México, los primeros días de noviembre son como la casa donde la muerte no existe porque todo se regenera, se transforma, renace, resurge, reencarna, resucita; despierta la magia de ser donde ya no estamos. Es presencia pura.
En fin, hasta aquí esta entrega alegre y sandunguera, usualmente tropezada, normalmente incompleta. Un abrazo.

Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas