La meditación es un medio que puede ayudarnos a separar lo que somos de lo que creemos ser
Dislocar la razón, doblar la realidad es -en ocasiones- la consecuencia de practicar una actividad ejercida por las culturas milenarias como los hindúes, los chinos o los pueblos de Mesoamérica, nos referimos a la meditación.
No somos nuestro cuerpo, no somos nuestra mente. No somos nuestros pensamientos. Cuando meditamos y observamos lo que pensamos, nos damos cuenta de que, hay “alguien” de que, hay “un yo” que observa esos pensamientos; ese alguien mide, evalúa, juzga, concede y/o dictamina ese pensamiento, pero detrás de ese observador, hay otro observador que observa al que observa el pensamiento; luego entonces, nos damos cuenta de que, no somos lo que pensamos.
El primer observador es “un yo que escucha el mundo”; decíamos: mide, evalúa, dictamina, etc. Todos lo hacemos, aquí podemos poner nuestro nombre e historia personal, con ese observador reaccionamos en el mundo, escuchamos lo que nos dicen y lo aceptamos, lo aprobamos y/o lo rechazamos, lo descartamos.
Pero este “yo primitivo” ni siquiera es un “yo de supervivencia”, en él ya hay habita una ilusión de “ganancia”. Más o menos, bien o mal, efectivo o torpe es “ese yo” con el que convivimos. Mal de la modernidad, el “yo que nos dice”: publica esto en Facebook y ahí vamos.
El sabor del helado, el chico o la chica que nos gusta, lo que “queremos” en la vida o, lo que creemos creer o, lo que creemos querer -en la meditación- uno se da cuenta que emana del segundo observador, ese segundo observador es el “yo prístino”, aferrado a su nombre y fecha de nacimiento. Es el yo que pretendemos entender conociendo nuestra “carta astral”; es decir, árboles que nos impiden ver el bosque, ego que bloquea nuestro Ser.
La pregunta ¿por qué crees lo que crees?, es fantástica, aunque lo fantástico es la facultad, pero más que la facultad, la predilección por cuestionarse cosas del tipo ¿por qué quieres lo que quieres y por qué crees lo que crees?
Todos creemos o queremos creer en ese “primer yo”, “generador de pensamientos”, como si fuera nuestro “yo auténtico”, en general consideramos -qué palabra tan hermosa, considerar: colocar junto a las estrellas, examinar a la luz de los astros- que nuestro ser se nutre de lo que pensamos, queremos y/o creemos pensar y damos por hecho que así es, pero no es así. Veamos. Nuestro verdadero Ser resplandece.
Iluminarse también es como
Concentrarse en la respiración, ese acto vital tan obviado, tan rutinario, es una puerta con la llave puesta a nuestra naturaleza esplendente.
Así, iluminarse es como comprender que comprender es asimilar: unificar. En la meditación uno se da cuenta de la unidad entre lo pensado, el pensamiento y el pensador. Como dice el Tao, “yo y los múltiples fenómenos de la naturaleza, son lo mismo”.
También es como darse cuenta de que, no hay camino, ni meta, sólo hay un Ser y está aquí y ahora. Todo está junto. Todo sucede en este momento. No es que, el tiempo no exista, es que vivimos en un presente continuo, tan amplio que, ahí cabe el futuro y el pasado como un espectro, con su efecto de ilusión. Vivimos en un instante eterno que, como su nombre lo indica, sucede (una y otra vez) eternamente.
También es como ser consciente y ser consciente es darse cuenta, por ejemplo, darse cuenta de que Todo está sucediendo (naciendo) en este instante. El Universo, Todo sigue en marcha y, nosotros junto con Él, marchamos.
También es como darse cuenta de la gran verdad que decía el apóstol Lucas (17, 20-21) cuando nos dice “El reino de Dios no va a venir en forma visible. 21 La gente no dirá: “Está aquí” o “Está allí”. En realidad, Dios ya reina entre ustedes”. Roberto Montenegro, el muralista mexicano, en la oficina de José Vasconcelos, lo sintetizó de la siguiente forma: “El reino de Dios está dentro del hombre. Jesús”.
Fuego sediento de la experiencia del Yo. Los buenos poemas nos participan o nos transmiten un “estado de conciencia”, aseguraba el poeta Amado Nervo en el prólogo del poemario “Página en blanco” de Enrique González Martínez, esta definición es muy similar a lo que los budistas entienden por “iluminación”, un estado de conciencia donde el individuo ha alcanzado una comprensión profunda de la naturaleza de las cosas”.
En la saga Las Enseñanzas de don Juan, el mítico indio yaqui, asegura que, sin saberlo, los poetas merodean el “intento”, y anhelan el camino de los brujos, pero como lo hacen de manera intuitiva y no deliberada, no llegan a un contacto pleno; es decir a iluminarse, no obstante, rondan la lumbrera del misticismo.
Sea a estas alturas nuestro cierre. No somos nuestros pensamientos, como tampoco somos ese yo que impulsa a decir un chiste, pero si somos más como ese yo que impulsa a conjugar el verbo “ayudar” porque ha entendido la Unidad y de forma impulsiva, instintiva: ayuda. Aunque intenten burlarse no lo logran, aunque intenten hacer daño, se destruyen a sí mismos.
Porque después del segundo observador, con el que reflejamos al mundo, o nos reflejamos en el mundo, hay una infinidad más, hasta llegar, sí, a la Unidad, que es nuestro verdadero “Ser”, como lo postuló en sus investigaciones el Dr. Grinberg, pero esa es otra historia.
Meditar como disciplina escolar
En todo el mundo -México incluido- hay escuelas donde la meditación es una actividad como cualquier otra materia. India, Reino Unido, Estados Unidos, Tailandia, contemplan -aunque fragmentados- la meditación como materia; lo cual, es una lástima.
Vistos los beneficios de la meditación recurrente, tales como la reducción del estrés, mejora del bienestar emocional, mejora de la concentración y la atención, mayor regulación emocional, aumento de la empatía y la compasión y mejora en la toma de decisiones, solo por mencionar algunas; sería realmente maravilloso que, nuestro sistema educativo considerara la meditación como considera la educación física.
Los maestros son profesionales del conocimiento sometidos a cantidades de estrés importantes, se podría empezar por ahí, una vez que los docentes reconozcan y disfruten de los beneficios de esta actividad, estoy seguro de que, gustosos la compartirán con sus alumnos, en fin, hasta aquí nuestra propuesta a favor del entendimiento y la fraternidad universal.
Un botón de colofón
“Nos gusta que el otro nos admire y nos valide, pensamos que eso es normal y que no tiene problema, no somos capaces de entender que esa sensación de placer está basada en la idea de que lo real es lo que se manifiesta; que lo valioso depende de la aceptación del otro. No entendemos que esa sensación surge del sentimiento de que nosotros no somos nada”. Así como nada necesitamos demostrar para valer, como se postula en La experiencia internav, del Dr. Grinberg; o como dice el Tao, “Ser y no ser tienen el mismo origen”. Aparentemente, el botón embona en el vacío del ojal, el mundo se observa por el vano del ventanal, el balón rebota en el abismo.

Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
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