Un presidente rapero

- Yerro. El presidente negó la participación contra la pandemia de estudiantes de la UNAM.
- Yerro. El presidente negó la participación contra la pandemia de estudiantes de la UNAM.

Como Residente, el vocalista de Calle 13, el presidente siempre dice lo que piensa, aunque sean deslices.

Cuando quiere reafirmarse en sus creencias, certezas y convicciones, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, se coloca los audífonos (o quizá no) y se pone a rapear con Calle 13 y Residente: “siempre digo lo que pienso, siempre digo lo que pienso, siempre digo lo que pienso, siempre digo lo que pienso, siempre digo lo que pienso”.

Y le sube al volumen cuando llega a la parte que dice: “dejar de hablar no combina con gente valiente”. Por ello, él habla y habla y habla y habla, como “El Valiente” de la lotería mexicana que le echa bronca a cualquiera, se la deba o no se la deba.

¿Pero será que le suba el volumen a su rap preferido cuando entona: “baterista de pequeño,/ rapero cuando adulto,/ por eso riman a tiempo todos mis insultos;/ a las mentalidades prehistóricas [“los conservadores”] las capturo con groserías,/ luego las mato con retórica”? No lo sabemos, como tampoco sabemos si se salta la parte que dice: “Los problemas no se dan por sentado,/ y más cuando hay abuso de parte del Estado”.

Presidente rapero, trovero y mañanero, Andrés Manuel López Obrador, suele olvidar la dialéctica y, con ello se mete en un brete, pues no hay mucha distancia, pero sí mucha sustancia, entre “siempre digo lo que pienso” y “siempre pienso lo que digo”. Parece lo mesmo, pero no es lo mesmo.

Y en esto de ser valiente por hablar (“dejar de hablar no combina con gente valiente”, dice Residente), hay que recordar los versos de la lotería mexicana que, cuando se “cantan” para “El Valiente”, no son cosas de presumir precisamente: “Tate quieto, Valentín,/ no te vayas a pelear”.

El presidente de México, que siempre dice lo que piensa, ha llegado al extremo de reproducir en sus sermones matutinos el rap de Residente y Calle 13. Y ahora que, en mayo, zarandeó, una vez más, a la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM, con una mentira del tamaño de su investidura, insistió en su divisa: “Y como yo siempre digo lo que pienso, no me voy a callar, a reclamarles de que (sic) enfrentamos la pandemia, y en vez de convocar [la UNAM] a todos los médicos estudiantes a enfrentarla, a ayudar, se fueron a sus casas”.

Las autoridades de la UNAM respondieron con una amable aclaración en la que sostienen que “miles de sus pasantes y estudiantes de posgrado tomaron acción en el frente de combate a la emergencia sanitaria, pese al riesgo que implicaba”, y precisaron que “fue por instrucciones de la propia autoridad sanitaria que los estudiantes de pregrado no pudieron tomar parte de la atención en el frente”.

Y todo este pleito de Valentín el Valiente fue por defender la contratación en México de médicos cubanos bajo el argumento de otra inexactitud, por decir lo menos: que no hay médicos especializados y capacitados suficientes en México.

No se ha cansado el presidente de afirmar todos los días que él no dice mentiras. Tendremos que denominar, tímidamente, para no llamar mentiras ni falsedades a las no verdades que pregona, “equivocaciones”, “yerros” o “deslices”. Hace precisamente tres años, en mayo de 2019, el presidente de México afirmó, segurísimo de ello, que “México se fundó hace más de diez mil años” (y, probablemente, ya entonces había gérmenes del morenismo).

El presidente que siempre dice lo que piensa, al igual que el rapero de Calle 13, olvida la necesaria contraparte de pensar siempre lo que dice, pues si hiciera esto último no podría pasar por alto que los unameños o unamitas en masa (además de las masas de las demás universidades públicas y hasta privadas) votaron por él en las elecciones de 2018, y todavía una buena parte de esa masa (ya sea por verdadero orgullo o por no dar su brazo a torcer) sigue coreando “¡es un honor estar con Obrador!”, “¡es un honor estar con Obrador!”.

Mis colegas y ex amigos unamitas estarían dispuestos sin duda a reafirmar esto, enfáticamente, incluso ante el juez Garzón, si así fuera el caso, y los únicos que se han arrepentido de su voto, y lo han hecho público, son algunos que, a diferencia de Residente y el Presidente, siempre piensan lo que dicen antes de decir lo que piensan, y, ya pensándolo mejor, después de haber votado por AMLO y desilusionarse, han hecho público su arrepentimiento y han expuesto sus razones, como es el caso del asertivo poeta David Huerta.

Pero más allá de que haya personas muy inteligentes, muy capaces y hasta inteligentísimas, no hay que olvidar que la tontería es lo mejor repartido que hay en el mundo. Se puede ser Premio Nobel de Literatura, de Economía, de Física, Química, Medicina y, sobre todo, de la Paz, y cometer tonterías y algunas tan grandes como las que cometen los políticos todos los días en todo el mundo. Por eso se puede ser un gran especialista en una universidad y hacer lo que se piensa, pero no pensar en lo que se hace o en lo que ya se hizo.

Democracia intolerante

De hecho, en todos los centros de educación superior en los que se realizaron simulacros de elecciones presidenciales en 2018, y en los que se crearon comités de defensa del voto, no fue porque se pretendiera defender el voto per se ni muchos menos el voto de los candidatos del PRI y el PAN, sino defender decidida y hasta fanáticamente el voto del candidato presidencial de Morena.

Extraña muchísimo que el presidente López Obrador no sepa esto e ignore que, aún hoy, muchos universitarios brillantísimos, inteligentísimos, especialistas eminentes en esto y aquello, en lo único que no pueden reflexionar con escepticismo o con duda es en la Grandeza y Perfección del Presidente de México Andrés Manuel López Obrador. Pueden aceptar cuestionamientos y dudas respecto de la ley de la gravitación universal, de Newton, o de la teoría de la relatividad, de Einstein, pero no de la perfección del presidente de México, que gravita sobre ellos sin relativismo alguno. Pueden poner en duda la ciencia, pero no la popularidad como verdad.

Pero ¿por qué hasta la democracia se puede convertir en fundamentalista o por qué se produce, como dice Cebrián “el fundamentalismo democrático”? Por la misma razón de que hay personas que se consideran democráticas, aunque sean esencialmente intolerantes al pensamiento que no es el suyo. En el fundamentalismo democrático quienes mandan porque han ganado unas elecciones con amplia mayoría, se asumen dueños de la última verdad revelada que es una combinación explosiva de ortodoxia ideológica, mesianismo y demagogia. Entonces, todo puede ser sometido a examen, a análisis, y lo aceptan y lo dicen y lo defienden, en tanto no sean sus creencias.

De ”¡Al diablo con sus instituciones!” (porque sólo son buenas y beneficiosas las “nuevas” instituciones creadas por el novísimo gobierno) se pasa a “¡Que no me vengan con que la ley es la ley!”. Y en este sentido, si no conviene, la ley se cambia, y punto, para que sea “conveniente”: si la ley estorba es porque es torva. Se le elimina y santo remedio.

Es así como surge el himno hipnótico del rap revolucionario: siempre digo lo que pienso, siempre digo lo que pienso, siempre digo lo que pienso, siempre digo lo que pienso, siempre digo lo que pienso, ¡al diablo con sus instituciones!, que no me vengan con esos sermones, ¡que no me vengan con que la ley es la ley!, para eso soy el rey, siempre digo lo que pienso, siempre digo lo que pienso, jamás digo una mentira, no se tirará ni un solo árbol, ninguno, nada, siempre digo lo que pienso y esta verdad se las canto rapeada.

Acerca del autor
Juan Domingo Argüelles
Fabulaciones

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018), Escribir y leer en la universidad (ANUIES, 2019), La prodigiosa vida del libro en papel: Leer y escribir en la modernidad digital (Cal y Arena/UNAM, 2020) y ¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español (Océano, 2021). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

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