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¿Trascendencia o notoriedad?

1 . El común piensa que notoriedad equivale a importancia. Confunde al que se hace notar con quien es realmente importante en su ramo o en su oficio. Esto ha permeado hasta en los ilustrados o “estudiados”. Les ha dado por creer que el notorio es notable, que el que llama la atención, por cualquier cosa, es importante, social y culturalmente. Internet reforzó esta creencia. Pero no es lo mismo lo grandote que la grandeza ni lo bonito (lo cute) que lo bello. La gente confunde fácilmente la cursilería con la poesía y cree de veras que es importantísimo alguien de quien todo el mundo habla y aparece un día sí y otro también en los periódicos, la televisión y las redes sociales. Igual si no ha leído a Stendhal, Balzac, Chéjov o Flaubert tiene la seguridad de que su primo, que escribe para orgullo de la familia, es el mejor escritor del mundo… porque publica en un sitio de internet.

Si antes los escritores buscaban que sus obras sobrevivieran al paso del tiempo, hoy sólo quieren ser famosos

“Umberto Eco escribió: Desde hace un tiempo el concepto de reputación ha sido sustituido por el de notoriedad”

1 . El común piensa que notoriedad equivale a importancia. Confunde al que se hace notar con quien es realmente importante en su ramo o en su oficio. Esto ha permeado hasta en los ilustrados o “estudiados”. Les ha dado por creer que el notorio es notable, que el que llama la atención, por cualquier cosa, es importante, social y culturalmente. Internet reforzó esta creencia. Pero no es lo mismo lo grandote que la grandeza ni lo bonito (lo cute) que lo bello. La gente confunde fácilmente la cursilería con la poesía y cree de veras que es importantísimo alguien de quien todo el mundo habla y aparece un día sí y otro también en los periódicos, la televisión y las redes sociales. Igual si no ha leído a Stendhal, Balzac, Chéjov o Flaubert tiene la seguridad de que su primo, que escribe para orgullo de la familia, es el mejor escritor del mundo… porque publica en un sitio de internet.

2. A propósito de esto, Umberto Eco escribió lo siguiente en su indispensable libro póstumo Pape Satàn aleppe (la frase más enigmática del Infierno de Dante), pero que, en lengua española, tuvo que traducirse como De la estupidez a la locura (Lumen, 2016), porque en nuestros países sólo un puñadito de lectores identifica esta expresión y ha leído realmente a Dante: “Desde hace un tiempo el concepto de reputación ha sido sustituido por el de notoriedad. Lo que importa es ser ‘reconocido’ por nuestros semejantes, pero no en el sentido del reconocimiento como estima o premio, sino en el sentido más banal de que los otros, al verte por la calle, digan: ‘Mira, es él’. El valor dominante es aparecer, y por supuesto la forma más segura es aparecer en televisión”. La conclusión de Eco no puede ser más demoledora y desoladora: “el ser humano, para saber quién es, necesita la mirada del otro, y cuanto más le ama y le admira el otro, más se reconoce (o cree reconocerse); y si en vez de un solo otro son cien mil, o diez mil, mucho mejor: se siente completamente realizado”.

3. Lo mismo pasa hoy en la literatura y el arte. Antes, los grandes escritores sufrían tremendas penalidades para conseguir una obra literaria que era su obsesión y su ambición. Algunos de ellos, como Kafka, apenas si consiguieron vender unas decenas de ejemplares y sólo después de morir fueron reconocidos como genios o inmensos talentos. Vivían para la literatura, no para ser famosos ni para hacerse ricos con sus libros. Hoy, muchos escritores no buscan logar la obra imperecedera, sino la fama de su tiempo y la buena venta de su mercancía que colocan no sólo en librerías, sino también en los ámbitos de la academia en los que se dan, por defecto, los intercambios de favores. Los de antes tenían un ego disminuido y una obra grandiosa. Los de hoy tienen una literatura anémica muy bien comercializada o “estimada”, porque sus lectores nunca han leído a Balzac, Chéjov, Tolstói, Flaubert, Stendhal, etcétera, y son incapaces de distinguir entre un libro bueno y uno pésimo. El ego de muchos escritores es más grande que su cerebro y, por supuesto, muchísimo más inmenso que su “obra”.

4. Ya casi no leo; ahora releo; porque, cuando leo, me descorazono. No quiere esto decir que no me descorazone releer ciertos libros que alguna vez me parecieron estupendos, pero lo cierto es que en más de un noventa por ciento (pongámoslo así) mis relecturas no me desilusionan, sino que me apasionan y me hacen admirar más esas obras que modificaron en algo mi existencia. En los últimos meses me entregué al ejercicio desprejuiciado de releer a los narradores del denominado “boom” latinoamericano que alimentaron mi juventud entusiasta. Comencé con Mario Vargas Llosa y ninguno de sus libros me resultó aburrido o estúpido; más aún: casi todos volvieron a entregarme la magia de la literatura que hallé en mi primera lectura de carácter salvaje (cuando uno se interna en tierras vírgenes). Creo que Vargas Llosa sobrevivirá por mucho tiempo, por al menos cinco grandes novelas: La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en La Catedral, La guerra del fin del mundo y La fiesta del Chivo (todas publicadas en el siglo XX). Su noveleta Los cachorros es muy buena, y, de sus últimas novelas, Tiempos recios es más que potable. Su dramaturgia es sólo una forma de entretenerse, y otras de sus novelas son también bastante entretenidas, pero no van más allá. Un par de sus cuentos es muy bueno, y entre sus ensayos volvieron a atraparme La orgía perpetua, La civilización del espectáculo y el primer tomo de Contra viento y marea (este último más misceláneo que ensayístico).

5. Me seguí con Gabriel García Márquez, olvidándome de los acertados dicterios que le dedicó Reinaldo Arenas por su complicidad con el castrismo. Después de mi ejercicio, sigo creyendo que Cien años de soledad es una gran novela o, al menos, como dijo Borges, “medio siglo, la mitad de ella, es muy bueno”. Pero sufrí la prosa ya acartonada, ya crujiente por deshidratada (como las viejas páginas de mis ediciones originales de la Editorial Sudamericana, de Argentina) de sus primeras novelas y sus iniciales libros de cuentos. La mala hora es una novelita que me aburrió de principio a fin por ese necio tema de los pasquines que apareen todos los días en un pueblucho. ¿Cómo pudo gustarme esto hace medio siglo?, me pregunto, y la respuesta es muy sencilla: porque era yo un lector novato y no sólo salvaje, pero, sobre todo, porque leí más en el prestigio y en la publicidad y no tanto, con rigor, en la literatura. Los ocho cuentos de Los funerales de la Mamá Grande me parecieron insípidos, incluido el más famoso, “En este pueblo no hay ladrones”. ¡Cuánta vejez, cuánta descomposición rancia en unas pocas páginas! La hojarasca es esto mismo: hojarasca de esa literatura ideológicamente hiperbólica. El coronel no tiene quien le escriba la releí de un tirón, y no me disgustó, pero otra vez ese “realismo mágico” acartonado me indigestó más que si me hubiera comido al maldito gallo de la noveleta. El otoño del patriarca es ilegible, aunque la Editorial Sudamericana se haya querido lucir para incrementar las ventas (cien mil ejemplares en la primera tirada) afirmando que, “por su estructura y su lenguaje no tiene precedentes en la literatura latinoamericana”. Claro, es la novela que siguió a Cien años de soledad y los editores querían enfatizar unos méritos inexistentes. La breve Crónica de una muerte anunciada es un libro superior y lo disfruté nuevamente, lo mismo que algunos de los cuentos de La increíble y triste historia de la cándida Eréndira, Ojos de perro azul y Doce cuentos peregrinos. Y me volvió a la vida la enésima relectura del Relato de un náufrago: una obra maestra del mejor periodismo. El amor en los tiempos del cólera me volvió a parecer su novela más cursi y repleta hasta la náusea de ese “realismo mágico” insoportable, porque “hasta la realidad se equivoca cuando la literatura es mala”, como dice García Márquez que le dijo su amigo y maestro Alfonso Fuenmayor, el primer lector y crítico severo de La mala hora, en mala hora publicada. De los voluminosos tomos de su Obra periodística debo decir que siempre vuelvo a ellos. Y su última novela, Memorias de mis putas tristes (2004), es sólo una mediocre imitación tropical de la obra maestra de Yasunari Kawabata, La casa de las bellas durmientes. No he leído, y quizá nunca lea, la novela póstuma e inconclusa que lleva el nombre de Gabriel García Márquez y que se intitula En agosto nos vemos (2024). Mucho mejor, en agosto nos vamos, porque me temo que Gabriel García Márquez un día, no muy lejano, será otro José María Vargas Vila: alguien que interesará a los estudiosos de las letras latinoamericanas del siglo XX, y para cuyo caso les será muy útil el tomo de sus memorias, Vivir para contarla (2002), que me sigue pareciendo entretenido y del cual destaco esta confesión: “Me costó mucho aprender a leer”, que igual puede ser otra de las exageraciones garciamarquianas, fieles al “realismo mágico”.

Juan Domingo Argüelles, poeta, ensayista y promotor de la lectura en México
Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista y lexicógrafo · Medalla Wikaráame al Mérito Literario 2025 | Web | + posts

Poeta, ensayista, lexicógrafo y editor; también divulgador y promotor de la lectura. Es autor de "¡No valga la redundancia!" (2021), "El vicio de leer" (2022), "Más malas lenguas" (2023) y "Epitafios" (2024). Ha recibido el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura (2019), así como distinciones del INAH y del Gobierno de Quintana Roo (2024), y la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América (2025).

Columna Campus: "Fabulaciones"

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