El gran público cree que los escritores reciben esta distinción porque crearon obras sublimes. Nada más lejos de la realidad
Hay cosas que pertenecen a la “política de la literatura”. El Premio Nobel, entre ellas, que involucra, además, fetichismo y negocio. Y mientras menos atentos son los lectores para juzgar por sí mismos, el que gana es el lucro. Voraces, estos lectores de la “novedad”, se atragantan con la mercancía del genio que les acaba de descubrir la Academia Sueca. El Nobel no es asunto nada más de literatura y escritores; lo es, también, de intereses que poco tienen que ver con la calidad literaria. Así ha sido siempre. Lo que sorprende es que los “lectores” sigan creyendo en los genios que la Academia Sueca no sólo descubre, sino que, literalmente, inventa. El público cree que si un escritor ha obtenido el Premio Nobel de Literatura es, necesariamente, extraordinario, excepcional, grandioso y, por antonomasia, genial. He ahí el fetichismo que produce este malentendido generado por los suecos.
León Tolstói, uno de los más grandiosos escritores universales, nacido en Rusia en 1828 y muerto el 20 de noviembre de 1910, autor de Guerra y paz, Ana Karenina y Resurrección, entre otras novelas prodigiosas, además de cuentos, memorias y ensayos, entre los cuales está quizá el más importante que haya escrito, Contra aquellos que nos gobiernan (1910), no mereció la atención de la Academia Sueca que, entre 1901 (año en que se otorgó el primer Nobel de Literatura) y 1909 (un año antes de la muerte de Tolstói) concedió el galardón a dos escritores franceses menores (Sully Prudhomme, en 1901, y Frédéric Mistral, en 1904), dos alemanes no literatos (el historiador Theodor Mommsen, en 1902, y el filósofo Rudolf Eucken, en 1908), un costumbrista noruego (Björnstjerne Björnson, en 1903), un pésimo comediógrafo español (José Echegaray, en 1904, compartido con Frédéric Mistral), un novelista polaco, famoso por Quo vadis (Henryk Sienkiewicz, en 1905), un poeta italiano nacionalista que falleció cuatro meses después del premio que no acudió a recibir porque se estaba muriendo (Giosuè Carducci, en 1906), un muy buen novelista y cuentista inglés, famoso por Los libros de la selva (Rudyard Kipling, en 1907), y con mucho patriotismo, una decorosa novelista sueca (Selma Lagerlöf, en 1909), la primera mujer en obtener este galardón, que se hizo famosa por una novela de lectura escolar, que escribió con la intención de que sirviera de libro de geografía en su país: El maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia. Lo cierto es que, exceptuando a Kipling, si metemos a todos los demás en un atanor alquímico, que pudiera transmutar esa pobre materia prima en oro, no se conseguiría un León Tolstói, genio de las letras universales, pero que les pareció muy poquita cosa a los académicos suecos.
Roland Barthes, quien consideraba a la gran literatura como una mediadora de saber a través del placer, afirmó hace medio siglo que la sociedad vivía en “una crisis de la verdad”, y con severidad nada injusta dijo que la literatura, en el gusto y en la cabeza de los lectores, no escapaba a esta crisis ni al “sistema de la moda”. “La ideología impregna a la sociedad y está hasta en el lenguaje”, explicaba, cosa de la que se aprovechan las casas editoriales para complacer a “un público frágil, infiel, minado por la cultura de masas, que no es literario”, lo cual entronca con “la ideología Nobel [que ante la falta de ingenios] se ve obligada a refugiarse en los autores pasatistas, e incluso a éstos hay que sostenerlos por la ola política”.
Más claro no se puede decir, pero más vitriólico, sí. Y quien lo dijo fue Fernando Savater en uno de los ensayos de su libro Perdonadme, ortodoxos. Leamos: “Es verdaderamente repelente la estúpida fruición con la que los mordidos por el bacilo cultural se abalanzan sobre lo que ‘pinta’ ese mes o esa quincena. Fue un caso aleccionador el suscitado por la concesión del Premio Nobel al poco patente Mr. Patrick White [en 1973]; hubo un azorado revuelo en que cada cual rebuscaba en su memoria o en su archivo huellas de ese personaje, y en las tertulias se comentaba, como si se tratara de un maravilloso regalo de la Diosa Fortuna, que Fulano tenía un libro del laureado en su casa e incluso lo había leído. Pocos días después, las editoriales saciaban con apresuradas publicaciones las ansias whitefágicas del dócil rebaño. Algunos críticos, en tono contrito, denostaban el singular atraso de los españoles, empeñados en leer Dios sabe qué boberías cuando en el mundo andaba suelto genio tan notable e imprescindible. No conozco a nadie que reaccionase ante el caso en el tono apropiado: ‘¡No he leído ni una puñetera línea del señor White, no siento la menor urgencia por leerle y no me considero especialmente disminuido por esta abstención, aunque le den un Nobel dos veces por semana!’”.
Galardonados que nadie lee1
La lista del Premio Nobel de Literatura, de 1901 a 2024, está ahíta de esos autores pasatistas, y sólo de vez en cuando aparecen algunos grandes escritores que se hacen más notorios por parecer moscas que flotan en la leche. A muchos de ellos, salvo en su país, nadie los ha leído, aunque, si llegase a leerlos, para no parecer tonto, estaría dispuesto a afirmar, subido en la ola política, que son “extraordinarios”. El Premio Nobel de Literatura convoca también a agentes literarios y editores desvergonzados ¡y casas de apuestas!
Cuando en 2020 el Premio Nobel de Literatura fue concedido a la poetisa estadounidense Louise Glück (fallecida tres años después), la editorial valenciana Pre-Textos, que era la única que tenía varios de sus libros traducidos al español, vendió, en pocas horas, todos los ejemplares que no había vendido en quince años. Y de inmediato perdió los derechos, porque apareció un agente literario conocido como “El Chacal” que los vendió a otro sello editorial, ya con la etiqueta del Nobel. Hace un mes, cuando se dio a conocer que el galardón se concedió a la escritora surcoreana Han Kang, las casas editoras de su país vendieron en un día más de un millón de ejemplares, impresos y en soporte digital, de varios libros suyos. Todo un récord para quien no era, de ninguna manera, una “superventas”. Fetichismo, negocio y política es la tríada del Premio Nobel de Literatura.
En cuanto a la política hay que acabar con la mentira de que el escritor soviético Boris Pasternak rechazó el Nobel en 1958. No es lo mismo rechazarlo que ser obligado, por el gobierno, a rechazarlo. El único que realmente lo rechazó fue el francés Jean-Paul Sartre, en 1964, y dijo por qué: “Siempre he declinado honores oficiales”. Pero no lo rechazó Gabriel García Márquez, el colombiano, autor de Cien años de soledad, quien lo recibió, complacido, en 1982, pese a que, en 1971, en una entrevista para el diario El Espectador, de Bogotá, fanfarroneó, a propósito del galardón: “Me gustaría que me lo concedieran cuando ya mi trabajo me haya producido suficiente dinero para rechazarlo sin remordimientos económicos. El Nobel se ha convertido en una monumental lagartería internacional”.
Pero el famosísimo “Gabito” faltó a su palabra: se lo concedieron cuando ya estaba podrido en dinero, ¡y no lo rechazó! Jorge Luis Borges, en cambio, que lo deseaba, no lo obtuvo, porque en la Academia Sueca se satanizó al genial escritor argentino por haber saludado y elogiado al dictador chileno Augusto Pinochet, pero no así al buen escritor que se abrazaba, ostentándolo, con su amigo el dictador cubano Fidel Castro. Tiranos los dos, pero el segundo santificado por la “izquierda”. El escritor puede escribir odas a Stalin y recibir el Nobel (Pablo Neruda, por caso). Y es que, para cierta gente, incluida la de la Academia Sueca, la “izquierda” sólo produce bienhechores… pero, además, vende muy bien.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, lexicógrafo y editor; también divulgador y promotor de la lectura. Es autor de "¡No valga la redundancia!" (2021), "El vicio de leer" (2022), "Más malas lenguas" (2023) y "Epitafios" (2024). Ha recibido el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura (2019), así como distinciones del INAH y del Gobierno de Quintana Roo (2024), y la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América (2025).
Columna Campus: "Fabulaciones"
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