Nunca olvido la frase que un día me regaló mi siempre querido y admirado amigo Jorge Medina Viedas (1945-2018), quien fuese uno de los grandes rectores de la Universidad Autónoma de Sinaloa: “Una universidad sin humanidades en como una cantina sin borrachos”. Para decirlo de manera clara, contundente, precisa. A veces desayunábamos en el “Rioja”, del Club España, y era la oportunidad para escuchar sus experiencias y su conocimiento sobre la educación, la vida pública y la problemática educativa que enfrentaba México no sólo en la universidad, sino también en las etapas previas, que llevaban a los jóvenes a ingresar al ámbito universitario, muchas veces confundidos y desorientados por un sistema educativo que no los ha preparado adecuadamente para dar ese paso.
No sólo eran charlas instructivas, sino también muy divertidas, gracias a la amistad con que me honró por varios años. Reíamos y a la vez admirábamos la valentía ética y civil de José Vasconcelos cuando, en su discurso de toma de posesión de la Universidad Nacional de México, en junio de 1920, de entrada, y sin anestesia, pronunció lo siguiente:
“Llego con tristeza a este montón de ruinas de lo que antes fuera un Ministerio que comenzaba a encauzar la educación pública por los senderos de la cultura moderna. La más estupenda de las ignorancias ha pasado por aquí asolando y destruyendo, corrompiendo y deformando, hasta que por fin ya sólo queda al frente de la educación nacional esta mezquina jefatura de Departamento que ahora vengo a desempeñar por obra de las circunstancias; un cargo que sería decorativo si por lo vano de sus funciones no fuese ridículo; que sería criminal si la ley que lo creó no fuese simplemente estúpida. Doloroso tiene que resultar para toda alma activa venir a vigilar la marcha pausada y rutinaria de tres o cuatro escuelas profesionales y quitar la telaraña de los monumentos del pasado, funciones a que ha sido reducida nuestra institución por una ley que debe calificarse de verdadera calamidad pública”.
Y ya, habiendo dejado caerles la voladora, el gran Vasconcelos, el educador de México por excelencia, el fundador y constructor de instituciones que hoy son, precisamente, una calamidad pública (por culpa de quienes, como los hunos de Atila, las han violado, destruido, desmembrado, decapitado, sin el menor asomo de decencia, mucho menos de pudor y escrúpulos), el rector les asestó el golpe final a todos aquellos “educados” y “cultos” que, en ese tiempo (como hoy), vivían fuera de la realidad nacional, sin moral y sin ética.
“He revisado, por ejemplo, los programas de esta nuestra Universidad y he visto que aquí se enseña Literatura Francesa, con Tragedia Raciniana inclusive, y me hubiese envanecido de ello si no fuese porque en el corazón traigo impreso el espectáculo de los niños abandonados en los barrios de todas nuestras ciudades, de todas nuestras aldeas; niños que el Estado debiera alimentar y educar, reconociendo al hacerlo el deber más elemental de una verdadera civilización. Por más que debo reconocer y reconozco la sabiduría de muchos de los señores profesores, no puedo dejar de creer que un Estado, cualquiera que él sea, que permite que subsista el contraste del absoluto desamparo con la sabiduría intensa o la riqueza extrema, es un Estado injusto, cruel y rematadamente bárbaro”.
Jorge me decía: “He ahí a un hombre que comprendió, extraordinariamente, de qué se trataba la educación en su conjunto. Antes que Humanidades, humanidad; antes que Literatura Francesa, comprensión de nuestra apremiante realidad, y, junto con la solución de los problemas más complejos de la nación, entonces sí, que las ciencias, las humanidades y la lectura, y la cultura en su conjunto, florezcan, porque no puede haber universidad de abstracciones, de conocimientos etéreos, sin justicia y apoyo al pueblo sufrido y, en especial, a los niños en su gran mayoría (al igual que los adultos) analfabetos”.
Y reíamos y celebrábamos la valentía civil del gran Vasconcelos que nunca se anduvo con rodeos, y reíamos más, casi a la carcajada, con la expresión a machetazo seco, sin bisturí alguno, con que el educador describió el lugar al que llegaba: “Llego con tristeza a este montón de ruinas”. Y admirábamos que, de ese montón de ruinas, es decir, casi de la nada, Vasconcelos había hecho la más grande universidad de México.
Y era imposible no recordar lo que hizo con la Secretaría de Educación Pública y la Universidad Nacional de México; entre otras cosas, los muchos libros clásicos, y otros más, para elevar el nivel del pueblo, después de haberle dado alfabetización. Recordábamos su propósito: que ningún pueblo que se respete tenga que conformarse con que sea indispensable el uso de un idioma extranjero para conocer las cumbres del pensamiento.
¿Hacia una educación meramente técnica?
Hoy me asomé a las palabras exactas de Vasconcelos: “el primer paso para la elaboración de una cultura propia es traducir todo el acervo de la cultura contemporánea a los moldes de nuestra lengua, y en seguida difundir libros castellanos”. Y qué libros, qué títulos, qué cúspides de la cultura universal. Y sin ideologías bárbaras y fanáticas dizque de “izquierda”, porque incluso cuando un autor o una obra no eran de su preferencia, como en el caso de Shakespeare, Vasconcelos no se cerraba a sus propios gustos y lo publicaba: de los Evangelios, Romain Rolland, Homero, Plutarco, Plotino, Goethe, Eurípides, Tolstói, Ibsen, Calderón, Cervantes, Dante (“libros redentores”, los llamaba él), pasaba a “todos los aspectos más nobles del pensamiento humano”.
Y al recordar y al releer la obra humanista y fundadora de Vasconcelos, me llené de muina, esa muina que solía compartir con mi gran amigo Jorge Medina Viedas, porque a partir de lo que hoy han hecho con la educación, la cultura y los libros en México, en los que no cuentan ya ni el humanismo ni las humanidades y ni siquiera un mínimo de vergüenza y decoro, pensé que mi amigo hubiera podido rematar, de mal/buen humor, que sería imposible hallar a otro Vasconcelos para que, cuando llegara a las instituciones hoy destruidas (la SEP, el Fondo de Cultura Económica y otras tantas más) el funcionario valioso de un nuevo gobierno con concepción de Estado humanista, pudiera repetir lo que dijo Vasconcelos al asumir el cargo en la Universidad Nacional de México: “Llego con tristeza a este montón de ruinas”.
Hoy, la mayoría de las universidades, tanto públicas como privadas (incluida la UNAM) muestran una casi nula demanda en las carreras de humanidades y, en especial, de las licenciaturas y posgrados en letras, filosofía y arte. No creo que este problema se trate de una falta general de difusión para fortalecer la matrícula, pues casi todas las universidades en el país padecen lo mismo. Lo real es que la sociedad está siendo delineada, casi exclusivamente, dando privilegio a las carreras de ciencias y tecnologías en el enfoque STEM, que garantizan a los egresados altos salarios, aunque carezcan de la mínima preparación humanista: con instrucción, y hasta con amaestramiento, pero sin ilustración.
Incluso la inteligencia artificial, remedo de la inteligencia natural del ser humano, sabe qué pasará con una institución universitaria sin Humanidades. Explica Google IA: “Si las universidades abandonan las humanidades, se corre el riesgo de convertir la educación superior en una formación meramente técnica, donde se enseña el ‘cómo’ pero se ignora el ‘por qué’, y los efectos clave son: pérdida de pensamiento crítico, crisis de la democracia, innovación estéril y desconexión cultural”. Jorge Medina Viedas ya lo sabía.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, lexicógrafo y editor; también divulgador y promotor de la lectura. Es autor de "¡No valga la redundancia!" (2021), "El vicio de leer" (2022), "Más malas lenguas" (2023) y "Epitafios" (2024). Ha recibido el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura (2019), así como distinciones del INAH y del Gobierno de Quintana Roo (2024), y la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América (2025).
Columna Campus: "Fabulaciones"
- Juan Domingo Argüelles
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