En la infancia temprana, el juego no es un simple pasatiempo; es el lenguaje y la actividad más importante a través de la cual niñas y niños construyen su comprensión del mundo, se expresan y, sobre todo, aprenden a regular sus emociones. Lejos de la creencia común, el juego no es sólo una actividad para pasar el tiempo; por el contrario, el juego libre constituye un espacio de vital importancia para el desarrollo integral de niños y niñas, en el que se entrelazan cuerpo, mente, vínculos y experiencias afectivas.
Cuando un niño o niña juega, no solo corre, imagina, crea o se divierte, también está desarrollando habilidades fundamentales para la vida. En cada escena recreada, en cada interacción con otros, en cada espacio en donde sus sentidos se permiten explorar con materiales y objetos diversos, se ponen en marcha procesos que fortalecen habilidades en todas las áreas de desarrollo. La frustración de perder, la alegría al lograr enfrentar un nuevo reto, la incertidumbre ante lo desconocido o el miedo vivido en una experiencia de juego simbólico son experiencias que, sostenidas y acompañadas por adultos cercanos, afectivos y sensibles, permiten al niño identificar, expresar y gestionar sus emociones en un entorno seguro.
La sociedad actual demanda cada vez con mayor intensidad niños y niñas autoregulados, incluso desde edades muy tempranas; sin embargo, esta capacidad de regulación no emerge de manera mágica ni automática, por el contrario, constituye un proceso neurobiológico y de aprendizaje que se construye con el tiempo y que requiere inevitablemente de la presencia de adultos cercanos, disponibles, accesibles y autoregulados, dando lugar con ello a lo que hoy se conoce como coregulación. Durante los primeros años de vida, el sistema nervioso del niño es aún inmaduro, por lo cual depende profundamente del adulto para organizarse. Desde la investigación, en los últimos años ha ido emergiendo un concepto denominado “cerebro parental”, el cual hace alusión a la capacidad del adulto para ofrecer presencia, sensibilidad y contención emocional, jugando así un papel fundamental como regulador externo. Un adulto disponible, calmado y sintonizado actúa como un verdadero marcapasos emocional, ayudando al niño a transitar sus estados internos.
En este proceso, la sincronía relacional adquiere un papel fundamental. Cuando un adulto se involucra en el juego desde la atención compartida, la mirada, el tono de voz y la reciprocidad emocional, se genera una especie de danza, en la que ambos cerebros comienzan a conectarse. Esta sintonía no es solo metafórica; investigaciones recientes han demostrado que, en contextos de interacción sensible, se produce una sincronización en la actividad cerebral entre cuidadores e hijos. Es en este encuentro donde el niño no solo se siente visto y comprendido, sino también organizado internamente.
El juego se convierte así en un puente entre la experiencia y la regulación emocional. A través de él, el niño o la niña puede expresar lo que aún no puede poner en palabras y en donde el acompañamiento de el/la adulta tiene el poder de brindar validación y un espacio seguro donde estas emociones pueden desplegarse y encontrar sentido.
Es importante subrayar que no todos los tipos de juego tienen el mismo efecto. El juego libre, espontáneo y motivado principalmente por los intereses del niño o niña es especialmente potente, ya que responde de manera directa a sus necesidades internas. En contraste, un juego excesivamente estructurado o dirigido por los y las adultas puede limitar la expresión emocional y con ello el desarrollo de habilidades de autorregulación. La clave está en encontrar un equilibrio donde el adulto esté presente como base segura, pero permita al niño liderar la experiencia.
Aunado a lo anterior, el juego constituye un espacio único para fortalecer los vínculos afectivos con nuestro hijo o hija. Es en estos momentos de conexión placentera que se construyen experiencias de reciprocidad y confianza que alimentarán el desarrollo socioemocional a lo largo de toda la vida, y que se establecerán como importantes factores de protección para la salud mental de ese menor. Un niño o niña que aprende a través del juego, que sus emociones son válidas, que pueden ser compartidas y que existe un otro disponible para acompañarlas, es un niño que está sentando la base sobre la cual, con el tiempo, podrá desarrollar estrategias de autorregulación más autónomas y, desde ahí, se está también cimentando su salud emocional.
En un contexto social en donde cada vez hay menos espacios y oportunidades para el juego libre y de exploración, y en donde las demandas externas tienden a acelerar los procesos de aprendizaje formal desde edades muy tempranas, recuperar el valor del juego es una necesidad urgente. Jugar no es perder el tiempo, es invertir en la arquitectura emocional para nuestras infancias. Es en ese espacio aparentemente simple donde se tejen habilidades esenciales para la vida, como lo son la empatía, la tolerancia a la frustración, la flexibilidad y la capacidad de estar con uno mismo y con otros.
Promover el juego en la infancia temprana implica también acompañar a los adultos en el desarrollo de su propia regulación emocional. Un cuidador que logra reconocerse, calmarse y sintonizar con el niño o niña está ofreciendo mucho más que tiempo de juego; está modelando, en vivo, cómo habitar el mundo emocional.
Así, jugar se transforma en un acto profundamente relacional. Un acto donde dos sistemas nerviosos se encuentran, se conectan y se organizan mutuamente. Un acto donde el niño no solo juega, sino que aprende, siente, se vincula y, poco a poco, comienza a regularse.

Rebeca Casillas Ortega
Profesora de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud del Tecnológico de Monterrey
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