Lo he dicho y lo he escrito múltiples veces (en conferencias, diarios, suplementos y libros). Lo digo otra vez: el fracaso de la cultura y el libro se debe, sobre todo a que no tiene forma de competir, como incentivo, ni siquiera en lo modélico de los cultos. Hablamos del libro, y de la cultura del libro, desde las alturas angélicas, y evangélicas, como blindaje del mal, y la realidad nos desmiente. Muchas de las personas que se dedican a la cultura y al libro (que la pregonan, que los escriben, que los editan y que aseguran que leer siempre nos mejora, moralmente) son ejemplos perfectos del fracaso cultural y ético de sus prédicas. Viéndolas hablar y actuar, en incongruencia absoluta con lo que dicen y lo que hacen, ¿a quién le daría ganas de emularlas de no ser a otras personas con las mismas pretensiones?
Mi infancia no sólo fue de pobreza, sino al borde de la miseria. Mis padres apenas estudiaron el nivel primario, se esforzaron por alimentar a seis hijos, pero sabían que el libro y la cultura, y especialmente la universidad, eran tablas de salvación, en ese naufragio, para la movilidad social. Y en ello pusieron sus afanes. En casa no había biblioteca, pero mis padres, que sabían que los libros son necesarios, compraban, a crédito, las enciclopedias que pasaban vendiendo casa por casa, generalmente acompañadas de algunas antologías clásicas, de regalo, de prosa y poesía. Y había en mi madre y en mi padre una certeza pedagógica y filosófica sin que jamás hayan puesto un pie en la universidad: una cosa es la educación (como la entiende la gente llana), que también se llama cortesía, respeto y noción de jerarquía, y otra muy distinta la escolarización, por muy baja o alta que fuese. Sabían, porque los observaban, que había profesores, maestros, licenciados, gente de formación profesional que eran maleducados, egoístas, inciviles, patanes, desvergonzados, inmorales, deshonestos, ruines, ególatras, impiadosos, mezquinos y todo los demás. Por ello siempre nos formaron en una educación integral aparejada con la escolarización.
Mis pobres, pero buenos e inteligentes padres (que trabajaron en mil cosas y que hicieron trabajar a sus hijos pequeños en otras tantas a costa de las vacaciones escolares), eran cultos, piadosos, empáticos sin jamás haber leído a Platón, Aristóteles, Eurípides, Cervantes, Dante, etcétera. Y, al final de sus vidas no estuvo mal lo que consiguieron: una trabajadora administrativa en una universidad, dos profesoras que fueron directoras de planteles educativos, un juez de lo familiar, una jueza del ámbito penal y un loco al que le dio por estudiar letras en la UNAM, porque amaba los libros y la lectura y que, después de ser obrero, fue corrector de pruebas, reportero, editor, director editorial y fundador de revistas y autor de más de cincuenta libros de los géneros poético, ensayístico y lexicográfico. Especialista en cultura escrita. Por ello, no cabe duda de que lo que les faltó a muchas personas del ámbito de la cultura y el libro es haber pasado por la pobreza, y no lo digo con resentimiento hacia ellas, sino con compasión. La pobreza les hubiera enseñado empatía.
Entre quienes se dedican a la cultura, y especialmente al ámbito de la cadena del libro (ya sea que los lean, los escriban, los corrijan, los traduzcan, los editen, los distribuyan, los vendan), abundan los carentes de empatía y buenas maneras (la antigua bonhomía), los patanes y patanas sin respeto alguno por los demás, que equivocaron su vocación al ocuparse del libro, más que nada porque, como objeto noble, éste los dota, ante quienes no son buenos observadores, de una inmerecida nobleza. Patanes y patanas hay y los conozco (los he tratado, los he padecido, me han asombrado, y hasta me han ofendido) que creen que porque se manejan en la cultura editorial son superiores no sólo intelectual sino moralmente.
Hay gente dedicada a la cultura libresca que aún no entiende qué significa la virtud. Se pregunta Andre Compte-Sponville, en ese libro imprescindible que es su Pequeño tratado de las grandes virtudes: “¿Qué es una virtud? Es una fuerza que actúa, o que puede actuar. Así, la virtud de una planta (o de un medicamento) es sanar; la de un cuchillo, cortar, y la de un ser humano, la voluntad de actuar humanamente. Esos ejemplos, que nos legaron los griegos, dicen lo esencial: la virtud es una fuerza específica. La virtud del euforbio no es la de la cicuta, la virtud del cuchillo no es igual a la del azadón, la virtud del humano no es la del tigre o la serpiente. La virtud de un ser es lo que constituye su valor, es decir, su excelencia particular: el buen cuchillo corta bien, el buen remedio sana, el buen veneno mata…”
Virtud sin necesidad de libros
Hablar o escribir sobre las virtudes no nos vuelve virtuosos. El intelecto y la humildad se elevan cuando el primero se vuelve humildad intelectual, y la segunda, humildad moral, virtudes que nos hacen más humanos. Los pretenciosos creen que son mejores intelectual y moralmente porque han leído más o mejores libros que sus vecinos, aunque la biblioteca personal no sea prueba de mejoría humana. Muy a cuento viene la pregunta, nada retórica, de Comte-Sponville: “¿Cómo podría un libro hacer las veces de la vida?”. La presuntuosidad de una persona que se siente superior, intelectual, moral y éticamente porque se dedica a la cultura y al libro, sólo puede conducir a la mentira. Hay gente que nunca ha leído un libro y puede ser inteligente, moral, ética, empática y solidaria, y hay gente que ha leído, escrito, publicado o editado muchos que carece incluso hasta de la elemental cortesía.
Entre las grandes virtudes (fidelidad, prudencia, temperancia, coraje, justicia generosidad, compasión, misericordia, gratitud, humildad, simplicidad, tolerancia, pureza, dulzura, buena fe, humor y amor), que examina Comte-Sponville en su Pequeño tratado, inicia con la cortesía, pero aclara que, aun siendo la primera de las virtudes y el origen de todas, también es la más pobre. ¿Por qué? “Porque la cortesía se burla de la moral, y la moral de la cortesía. Un nazi cortés no modifica en nada el horror del nazismo”. Y, sin embargo, “la cortesía lleva o puede llevar a la moral”. Por ello, concluye el gran pensador francés con lo que a mi madre y a mi padre les resultaba indiscutible, pese a no haber pisado las aulas universitarias ni haber leído a Spinoza: “los padres lo saben, y es lo que llaman educar a los niños”. No confunden escolarización con educación, y ello sin haber leído a Kant, quien escribió: “el ser humano sólo puede ser más humano mediante la educación”.
En cultura libresca hemos errado el rumbo y también lo hemos cerrado, a partir de creencias beatas (como muy bien las define Gabriel Zaid) sobre los poderes de la letra impresa. Queremos convencer a los demás de que leer y escribir libros, dedicarnos a la cadena productiva del proceso editorial, nos mejora moral e intelectualmente en automático, pese a las evidencias de mezquindad que podemos hallar en muchas personas librescas.
Recuerdo a Beatriz Gutiérrez Müller afirmar una retahíla de lugares comunes y creencias cursis sobre la lectura, en el mitin organizado en Mocorito, Sinaloa, para lanzar la inexistente Estrategia Nacional de Lectura: “un libro puede ser un camino para ser mejores personas. La lectura despierta la conciencia, la imaginación […]. La lectura es un vehículo para la paz. Nadie que está leyendo está pegando, pateando o agrediendo a alguien”. Y miro la foto de conjunto de quienes estaban en el presídium, entre ellos, lectores y autores de libros y uno que otro acusado de corrupción y complicidad con el crimen organizado, cuyo lugar no era el presídium, sino el presidio. Ahí está la razón del fracaso de la cultura y el libro en México. La mentira por encima de todo, la ausencia modélica de quienes afirman que los libros nos mejoran y nos blindan contra la agresión. Y así queremos que la gente crea que leer es “un camino para ser mejores personas”. Sin dar prueba de ello. ¡Cuánta hipocresía!

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, lexicógrafo y editor; también divulgador y promotor de la lectura. Es autor de "¡No valga la redundancia!" (2021), "El vicio de leer" (2022), "Más malas lenguas" (2023) y "Epitafios" (2024). Ha recibido el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura (2019), así como distinciones del INAH y del Gobierno de Quintana Roo (2024), y la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América (2025).
Columna Campus: "Fabulaciones"
- Juan Domingo Argüelles
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