En La llama doble, Octavio Paz aborda el amor erótico y sexuado que busca la trascendencia y plenitud
Amar al viento como el viento ama a la montaña, amar al pez, amar el mar, amar el cielo y sucumbir enamorado por el crepúsculo. Amor amar que, el amor lo es todo; otoño y primavera; médano casado con la sal y el muérdago de los besos de los amantes que se quedan y de los que se van.
“En los muelles prados, mugiendo, la vaca llama al toro”, asegura el poeta Ovidio en su Ars amatoria. Amar es volver al origen y llegar al destino, en un instante que se advierte eterno y se dispersa efímero, al otro instante. Amar es saborear la vida, acercarse a la fuente; descubrirse, ante el infinito, insignificante y también omnipotente. En fin, que éste es nuestro tema de hoy.
“El fuego original y primordial, la sexualidad, levanta la llama roja del erotismo y ésta, a su vez, sostiene y alza otra llama, azul y trémula: la del amor. Erotismo y amor: la llama doble de la vida” escribe Octavio Paz en su ensayo del mismo nombre: La llama doble.
“Enamorado de la geometría
un gavilán dibuja un círculo”.
La llama doble, emana como reflexión de un ejercicio poético anterior: “Carta de creencia”, de éste, extraemos los versos anteriores, exactos y bellos como la palabra álgebra, diría Fernando del Paso, a través de su personaje Palinuro quien, estaba enamorado de su prima Estefanía.
Si los límites del pensamiento son los límites del lenguaje, aquí aseguramos que los límites del amor son los límites del infinito, su espejo, de donde emana y se nutre, acaba y vuelve a brotar como trémulo pétalo en primavera.
El amor humano también es erótico y es sexuado, desde el eros griego hasta la mística oriental, Paz muestra cómo el amor ha sido interpretado y expresado de maneras variadas, pero siempre con un elemento común de búsqueda de trascendencia y plenitud.
“En su raíz el erotismo es sexo, naturaleza; por ser una creación y por sus funciones en la sociedad, es cultura. Uno de los fines del erotismo es domar al sexo e insertarlo en la sociedad. Sin sexo no hay sociedad pues no hay procreación; pero el sexo también amenaza a la sociedad. Como el dios Pan, es creación y destrucción”, continúa nuestro poeta criado en Mixcoac, al calor del fruto de la Revolución.
Amar es pelear la guerra que ya está ganada. Amar es elegir a la mano invisible que guía nuestro destino; o como dijera Cortázar en Rayuela:
“Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio.»
Amar es la contradicción del Aleph, Paz lo dice de este modo: “La idea de encuentro exige, a su vez, dos condiciones contradictorias: la atracción que experimentan los amantes es involuntaria, nace de un magnetismo secreto y todopoderoso; al mismo tiempo, es una elección”.
Amar es reconciliar a los contrarios, es bondadoso y misericordioso como un Dios; es la huella del agua que pule la piedra dentro del río. “El término ‘amor cortés’ refleja la distinción medieval entre corte y villa”; sigue Paz en su Llama doble.
“No el amor villano — copulación y procreación— sino un sentimiento elevado, propio de las cortes señoriales. Los poetas no lo llamaron ‘amor cortés’; usaron otra expresión: fin’amors, es decir, amor purificado, refinado. Un amor que no tenía por fin ni el mero placer carnal ni la reproducción. Una ascética y una estética”.
Amar, como dice la canción es conquistar a la güera del pan, como dice -en despecho- la voz popular, aquí te estuvieras columpiando, pero estas son tan sólo leves formas mundanas, inacabadas, tropezadas, de una energía que todo lo imanta.
Paz sugiere que el amor, en su forma más elevada, puede llevarnos más allá de nosotros mismos y conectarnos con algo más grande que nuestra propia individualidad. Es en la figura, en el tacto y en el contacto, en la presencia y en la ausencia, en la emoción, en el pensamiento y en el recuerdo del ser amado, donde encontramos evidencias de la eternidad. Por mucho, el amor, es más poderoso que la muerte.
El amor, amor, amor del bueno, incluye a nuestro prójimo como hermano. No sé pueden amar los amantes como dos fugitivos contra el mundo; esa pasión es llamarada que, sin oxígeno, se extingue. En ese orden de ideas, no sólo se ama al semejante, también se ama al diferente, a las otras especies, a los otros árboles, a los otros ríos.
En palabras de don Juan Matus, según Castaneda, “la predilección de los guerreros, [es] esta tierra, este mundo, para un guerrero no puede haber un amor más grande”. Mateo 22 asegura, amar, es cumplir la Ley entera.
Siguiendo con don Juan, “un guerrero siempre está alegre porque su amor es inalterable y su ser amado, la tierra, lo abraza y le regala cosas inconcebibles. La tristeza pertenece sólo a esos que odian al mismo ser que les da asilo”.

Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
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