Página en blanco (II)

En su poesía “La vida es un camino” Enrique González Martínez nos presenta dos formas de enfrentarse al mundo

El silencio. Primicia inmaculada, cumbre del verso, hondo arraigo de la voz. ¿Qué sucede tras la palabra lucero, llaga de la nada? Hoy soñé que me moría -recordaba Borges en una entrevista- y tenía una gran sensación de alivio, me desperté de ese sueño… francamente feliz. Al hombre, la muerte como el silencio, parecen dotarlos de sentido, de arraigo y de origen en este mundo… pleno en el vacío.

Reclama desde lo profundo nuestro poeta Enrique González Martínez: «¡Haz que la vida alcance la excelsitud del sueño!» Esto, aplicado a la vida práctica, ¿podría ser otra cosa, que dormir exhausto? «Más alto que la vida va el ensueño» continúa el autor de Lirismos: «¿Lo muerto vive, lo pasado dura?» Si vivo sueño, vivo soñando el sueño que vivo, todos los días despertando. Una pausa. Reconsideremos a Reyes -cuando presenta Los senderos ocultos- el «acto poético», nos dice, es vértice de lo íntimo, «eje de la vida interior» presencia ante las cosas, actitud frente al mundo. La inmensidad, es una dimensión íntima, ha dicho Baudelaire.

El problema es socrático, en verdad, ¿lo mejor para el hombre, es, por ejemplo, cumplir todas las pasiones del alma? Con las pasiones llegan las ilusiones, con las ilusiones, los vicios; tenemos que examinar las cosas y reconocer, entonces, la ocupación de contemplar el absoluto, sin quedar inerte. Reconsiderar al poeta y su oficio.

«El máximo de ellos -de los poetas, ha dicho Nervo, apropósito de Parábolas de EGM- será para cada uno de nosotros aquel que haya acertado a formular con mayor sagacidad y precisión nuestros estados de conciencia». ¿Qué es el mundo sino un estado de conciencia? Incluso el pecado, se dice, es un «estado de conciencia» que nos ata a reinos inferiores.

Lo que acontece, acontece para sí, para el Yo lírico, en la incansable búsqueda de lo idéntico… de la identidad misma. Situación frente al mundo. Veamos aquí la parábola que nos propone nuestro poeta. «La vida es un camino», con un mismo destino, «concierto de aromas», viaje bello, desierto florido, «alma de las rosas», palabras encontradas en el camino.

La vida es un camino…

Sobre rápido tren va un peregrino

salvando montes; otro va despacio

y a pie; siente la hierba, ve el espacio…

Y ambos siguen idéntico destino.

A los frívolos ojos del primero

pasa el desfile raudo de las cosas

que se velan y esfuman. El viajero

segundo bebe el alma de las rosas

y escucha las palabras del sendero.

(«Parábola del camino»)

¡Qué estado de conciencia, más tierno y más sincero! El poeta que mira la vida en el camino. La vida como un río que copia, con luces de milagro el paisaje, apreciaba Urbina. González Martínez nos presenta dos formas de enfrentarse al mundo. Aquí, lo que se bifurca, no es el camino, sino la manera de andarlo. Aunque «ambos siguen idéntico destino», ante los ojos frívolos del primer viajero: «pasa el desfile raudo de las cosas/ que se velan y esfuman»; el segundo viajero, en cambio, «bebe el alma de las rosas/ y escucha las palabras del sendero». La segunda, la del «prudente», es la actitud frente al mundo -estado de conciencia- propia del poeta, que, «como Ulises: hizo un bello viaje». Va a pie y despacio, se detiene para sentir la hierba y:

reposa bajo el ala

de un gran ensueño.

La postura del primer viajero, es la común: la mecánica. La fácil y rápida perspectiva de la burguesía industrializada que, donde hay vida que resplandece, sólo puede mirar panorama; por ello: «su espíritu desnudo/ de toda adoración se encuentra mudo». No así el poeta, quien «guarda los encantos del paisaje/ Y los hombres lo cercan, porque vino/ a traer una nueva en su lenguaje». 

Si consideramos que lenguaje es mundo, que en la Palabra… Todo subsiste: es, fue y será -a un mismo tiempo- como nos recuerda Mallarmé: “Yo fui la hora que debe purificarme”. El poeta, entonces, «crea fuera del mundo que existe el que debería existir». «Parábola del camino» como “Página en blanco” son entonces película y paisaje, pasos entrecruzados, frescor de hierba y aroma vibrante en el camino probable del hombre; como la «Filosofía que sueña», según concluye Nervo.

Héctor Martínez Rojas
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