“¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí?, preguntó Jesús.”
“La primera contribución que podemos hacer a una civilización más humana es prestar atención a nuestras palabras. Desarmemos las palabras y contribuiremos a desarmar la tierra”. El mensaje de Magnifica Humanitas es profundamente humano y humanista, pero sobre todo es un mensaje de paz.
“La paz comienza por cada uno de nosotros, por el modo en el que miramos a los demás, escuchamos a los demás, hablamos de los demás; y, en este sentido, el modo en que comunicamos tiene una importancia fundamental; debemos decir ‘no’ a la guerra de las palabras y de las imágenes, debemos rechazar el paradigma de la guerra”, aseguró en su encíclica el Papa León XIV.
Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, sitúa a la humanidad en el minuto más reciente de la historia, pero expone el devenir de la doctrina cristiana, a la primera Revolución Industrial; desde entonces, la concentración de la riqueza y el conocimiento se ha consolidado en pocas manos, pero nunca como antes en grupos tan cerrados y, sobre todo, aún desregularizados por el Estado.
Durante su presentación en el Vaticano, la semana pasada, la profesora Anna Rowlands, de la Universidad de Durham, del Reino Unido, señaló cómo esta encíclica: “expone a los falsos ídolos, los papas han enseñado que no seremos salvados por el mercado, ni por las fuerzas de la historia, ni por el Estado-nación. El Papa León XIV advierte que tampoco seremos salvados por la IA, ni por sus transhumanismos”.
Más bien parece todo lo contrario y esas son las alertas. El pasado martes 2 de junio, la presidenta Claudia Sheinbaum, durante la conferencia mañanera, reconoció que se tiene que avanzar en una regulación hacia estas tecnologías, pero no sin antes deliberar en un debate nacional.
La manera en la cual influyen los medios masivos de comunicación es conocida y reconocida desde la Escuela de Frankfurt. Capturar la atención, regular el criterio de las ciudadanías, data de mediados del siglo pasado, pero ahora estas nuevas tecnologías parecen tener la capacidad de hacer ese trabajo de una forma aún más refinada y, con la peculiaridad de que pueden extraer los datos de sus audiencias.
¿Evolución predecible o primado negativo?
En 1999, tener un teléfono celular era muy costoso, internet era rudimentario y, al menos en México, el correo electrónico se empezaba a popularizar. Ese año se estrenó una icónica película estelarizada por Keanu Reeves: Matrix. En los primeros minutos de la película, cuando se presenta el argumento, el personaje Morfeo le explica a Neo:
«Sabemos con certeza que, en algún momento de los primeros años del siglo XXI, toda la humanidad estaba unida en celebración. Nos maravillábamos de nuestra propia grandeza cuando dimos nacimiento a la IA.»
«Una conciencia singular que dio origen a toda una raza de máquinas. No sabemos quién atacó primero, si nosotros o ellas. Pero sí sabemos que fuimos nosotros quienes oscurecimos el cielo…», dice Morfeo.
Tal como comentamos en la entrega anterior, el cardenal Pietro Parolin —al comentar esta encíclica— señaló que la confianza en la tecnología está sustituyendo a la fe. Es como decía Morfeo: fuimos nosotros quienes oscurecimos el cielo.
Lo sobresaliente de Magnifica Humanitas es que suprime la ficción y habla de forma transparente: no estamos frente a una pelea entre robots y humanos. Los robots son controlados por humanos. No hay pelea ahí; lo que hay son intereses de ese grupo reducido que controla nuestros datos.
En el código de la Matrix se puede ubicar a una persona y saber qué está haciendo.
Actualmente, a través de nuestros dispositivos celulares, se sabe a qué hora despertamos con regularidad, quiénes forman parte de nuestro círculo social, cuáles son nuestros principales intereses, en dónde están nuestros afectos.
Con base en lo anterior, se advierte que —permítaseme la metáfora— la Matrix podría absorbernos (léase aislarnos, hacernos completamente dependientes). Las dinámicas sociales ya han cambiado y seguirán cambiando. La advertencia aquí es que, al vivir en sistemas tecnológicos tan envolventes, la realidad se difumine.
Pongamos por caso las campañas mediáticas basadas en calumnias. Cuando una campaña de este tipo se sostiene por varios años, no sólo puede llegar a convencer a una determinada audiencia, también puede llegar a hacer dudar a quien la padece. Decía el propagandista del nazismo Joseph Goebbels: “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”, pero no; es todo lo contrario: la verdad se extravía, la realidad se pierde.
La IA podría convertirse en una infraestructura invisible capaz de influir en la sociedad y de imponer, indirectamente, determinadas visiones del mundo que, además, estarían concentradas en pocas manos.
El Papa puso los puntos sobre las íes: “en este tiempo, la justicia social debe confrontarse también con el ambiente creado por las tecnologías digitales”. Porque el problema también es este, la IA “hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más se necesita”.
Aquí vale la pena destacar la potencia del humanismo cristiano. Desde el magnífico sermón de las bienaventuranzas en el monte Korazim, hace más de dos mil años, sus herederos han puesto en perspectiva los nuevos retos de la humanidad. Por contraste.
En alguna ocasión, el espléndido poeta José Emilio Pacheco, durante una conferencia que ofreció en la UNAM, decía en respuesta a las preguntas del auditorio: “a mí no me pregunten consejos para la vida, yo vengo de un mundo que ya no existe”.
Esta encíclica del Papa León XIV habla de Beethoven, de Tolkien, de Hannah Arendt, de Viktor Frankl; es una Iglesia atenta a su tiempo. El mensaje de Magnifica Humanitas también es una pregunta: ¿qué tenemos que hacer para soltar nuestros errores y maldades, en cambio, dejar a las nuevas generaciones una tierra limpia para la labranza?
“Un orden social justo en la era digital es aquel que garantiza a todos un acceso igualitario a las oportunidades, protege a los más pequeños y a los más frágiles, se opone al odio y a la desinformación, y somete a control público el uso de los datos y de las tecnologías, de modo que el criterio no sea sólo el beneficio, sino la dignidad de cada persona y el bien de los pueblos”.
Nos toca reconocer, encontrar y construir el verbo de nuestro tiempo: la paz y la justicia, siempre ajenas a la cultura del like, pero atentas a los alcances de cualquier algoritmo.

Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
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