Llegará el fin de este convulso 2026 y, en medio de todos los resúmenes y análisis del año, una sola imagen bastará para comprender la realidad de América Latina: un mapa coloreado principalmente de azul. El mapa no define del todo el presente de la región, pero sí ofrece una imagen muy elocuente de su presente y, sobre todo, de su futuro. La derecha ha vuelto a instalarse, con aparente contundencia, en los gobiernos de países como Argentina, Chile y Colombia. Pero esa contundencia es solo aparente porque su uniformidad descansa sobre victorias estrechas y electorados partidos casi por la mitad. Es decir: el resurgimiento de la derecha es frecuente, mas no hegemónico.
Y si de imágenes elocuentes hablamos, hay una segunda que se superpone al mapa: la del lenguaje. La uniformidad de la región no se agota en el color de sus gobiernos; se replica también en la forma de sus campañas y discursos, que comparten un mismo repertorio de palabras. Tanto es así que los lugares comunes de la pandemia (resiliencia, asintomático, aislamiento) han sido reemplazados por los de esta nueva etapa: polarización, radicalización y outsider.
Entonces la región no sólo ha virado hacia la derecha, con plena conciencia del antagonismo que la define. Los resultados recientes reflejan una retórica del antagonismo, que poco o nada le interesa el consenso. La derecha gana no porque sea unificadora, al contrario, busca profundizar el conflicto político como una forma de validarse. Es así que el lenguaje cambió para convertirse en vector de una simbología: La batalla cultural. La paradoja está en que ese discurso de la batalla cultural nace con el fortalecimiento de la izquierda a principios del siglo XXI. La derecha siguió el ejemplo y construyó su discurso a partir de una memoria (bastante tergiversada), de un pasado ideal donde los valores no estaban en amenaza y los roles eran claramente definidos. De esta manera, la derecha gana con su propio discurso de una batalla cultural, y su victoria se traduce en una extrema polarización y en la consolidación de una identidad propia. A mayor antagonismo, más nítida es su identidad.
Así que poco importan conceptos como legitimidad, institucionalidad o consensos cuando el discurso es antagónico y por ende emocional. En Colombia, la ciudadanía no está interesada en la regla fiscal o la edad de jubilación, sino en volver a una (de nuevo tergiversada) condición de seguridad y sometimiento de los grupos armados. En Perú pareciera haberse ignorado la inestabilidad crónica y el retorno al bicameralismo; lo que moviliza es otra cosa: la seguridad ciudadana como eje del debate, con una denuncia de extorsión cada 19 minutos. En El Salvador, poco importa la concentración de poderes o el régimen de excepción que suspende garantías y debido proceso; el discurso que mantiene a Bukele con amplios índices de favorabilidad es la apreciación de una seguridad recuperada.
Pero esta construcción de identidad no ocurre en abstracto: el discurso de la batalla cultural se materializa en una redefinición de la historia. Los nuevos líderes en la región se caracterizan por relativizar o reinterpretar los procesos de transición en la región. En Chile, Kast reivindica la figura de Augusto Pinochet, al menos a través de su modelo económico; Bolsonaro conmemoró el golpe militar como una revolución; Milei ha cuestionado el número desaparecidos de la dictadura; Bukele declaró sobre el caso El Mozote que la guerra y los Acuerdos de Paz fueron «una farsa», una negociación entre dos cúpulas; y en Colombia De la Espriella señaló que la Jurisdicción Especial para la Paz no produjo justicia sino impunidad, un tribunal para «lavarle las manos» a las FARC y perseguir «a los héroes de la patria».
Es claro el rasgo común detrás de estos discursos: todos buscan (pre)legitimar las herramientas autoritarias de las que quieren valerse en sus gobiernos (estado de excepción, mano dura, militarización). Si el discurso logra instalar la idea de que los derechos humanos son un fraude partidista, suspender garantías deja de ser polémico. Por otro lado, también resulta evidente la intención de polarizar. La referencia a ese pasado reinterpretado se transforma en un eje de lealtad, y codificar al adversario como representante del terrorismo (recordemos los distintos epítetos usados en campaña: «traición a la patria», «castrochavismo» etc.) lo deslegitima en bloque. Es así que, si la memoria genera un sentido de pertenencia y energiza la ciudadanía, reinterpretarla ayuda a movilizar el discurso. Aún cuando vaya claramente en contra de la justicia.
Este es the new normal en América Latina: una reinterpretación del poder que no busca consensos, sino divisiones. En una época de amplio acceso a la información, el pasado es revisado y replanteado para un fin político. No se trata de romantizar una época anterior, se trata de redefinirla para revivir descontentos de antaño. En América Latina la derecha no gana por hegemonía, no le interesa. Gana por culpar a la izquierda de todo lo que esté mal. ¿y el centro? El centro ahora es casi invisible.
Lucas Martínez Villalba Mejía
Profesor de la Escuela de Ciencias Sociales y Gobierno del Tecnológico de Monterrey
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