Las memorias son el rastro neurobiológico de nuestras vidas y pueden ser implícitas o explícitas
Aprender y memorizar no son lo mismo. El aprendizaje ocurre cuando tus emociones, tus pensamientos o tu conducta han cambiado tras haber vivido una experiencia determinada. La memoria, por su parte, es el almacenamiento de lo aprendido, listo para ser recuperado en minutos, meses o años después.
La memoria es el cofre sagrado donde yacen los tesoros o la basura colectados del pasado, listos para ser desenterrados en los eventos por venir. Cada memoria es un fragmento neurobiológico de tu historia, un destello de tu viaje en el tiempo, desde lejanas épocas de infancia hasta los instantes fugaces de una mirada romántica en el transporte público. La memoria es tu máquina del tiempo, atando el pasado al presente con hebras de conocimiento.
Un tipo de memoria es la explícita, un portal a tu pasado que se abre con voluntad y plena consciencia. Gracias a ella, puedes revivir los sutiles detalles del desayuno de ayer, el tierno instante de tu primer beso en la secundaria, o incluso el brusco encuentro con aquel bache que destrozó la llanta de tu auto hace unas semanas. El cerebro resguarda esas memorias en neurocircuitos de la corteza cerebral, potenciados molecularmente en la sinapsis gracias a las repeticiones o con las emociones intensas que causaron.
En el futuro, cuando te encuentres ante una situación similar, tu cerebro reconocerá las señales del contexto y desatará los neurocircuitos explícitos, permitiéndote narrar con meticulosidad lo acontecido, recalibrar y tomar decisiones conscientes en el presente. ¿Cómo evitarías el malestar digestivo si no aprendiste de tus anteriores errores? ¿Cómo alcanzarías la excelencia en el arte del beso sin el valioso consejo de experiencias pasadas? Y, ¿cómo sortearías el obstáculo del bache sin el mapa trazado por la memoria espacial? Lamentablemente, la memoria explícita se debilita con la demencia y es un reto médico lograr extenderla con integridad lo más posible.
El otro tipo es la memoria implícita. Esta es un sendero secreto hacia lo más profundo de la subcorteza cerebral, donde el pasado se desvela de manera subconsciente e involuntaria. Esta no se puede desentrañar con palabras ni se puede narrar con facilidad. Es una esencia sutil o a veces explosiva, que se expresa en “saber hacerlo” o con emociones disfrazadas de corazonadas, presentimientos, vibras o deseos que se adquieren por la asociación en contingencia y contigüidad. ¿Podrías aprender a montar en bicicleta simplemente escuchando una explicación teórica? ¿Recuerdas cómo surgió tu miedo escénico o tus celos? ¿Acaso ahora te ilusionan más los juegos de azar? O ¿buscas pareja con características parecidas?
Las memorias son el rastro neurobiológico de tu vida. Desde el momento de tu nacimiento, o quizá antes, desde que iniciaste la relación fisiológica con tu madre, los olores, los besos suaves, los sonidos y los tonos, son las experiencias que has tenido con el mundo que han contribuido a la formación de conexiones entre neuronas, miles de ellas, que movilizaron receptores a su superficie para captar mejor el mensaje químico de otra neurona, y cuando sea requerido, puedan generar potenciales de acción conjuntos, decenas de años después, que te recordarán a ese primer beso o a esa humillación de la adolescencia.
¡Aquí es donde la trama se vuelve cautivadora! Las memorias implícitas, son involuntarias y pasan por invisibles a tu consciencia, pero pueden moldear sutilmente tus acciones, predisponiéndote a ser amable, seguro y optimista, o tal vez arrogante, celoso, perfeccionista, inseguro y narcisista. En las etapas tempranas de nuestro desarrollo como la infancia y en los momentos de nuestras primeras experiencias emocionales como en la adolescencia, somos especialmente susceptibles a la cristalización de estas memorias ocultas, las cuales pueden emerger mucho tiempo después, tal vez cuando nos convertimos en padres, o cuando nos embarcamos en nuevas relaciones amorosas o nos enfrentamos a un nuevo jefe. Afortunadamente, las memorias implícitas también pueden modificarse cuando las hacemos conscientes y trabajamos en ellas.
¡Oh, los aromas, las melodías y los paisajes! Todos ellos son poderosos catalizadores de recuerdos, tanto explícitos como implícitos. La melancolía que se despierta al saborear las galletas de la abuela, la canción que evoca el recuerdo, o las parejas que buscamos, reminiscentes de figuras que nos cuidaron en la infancia o de los grandes encuentros de pasión. Como dijera Mixtli, el personaje Azteca de Gary Jennings: “De todo lo que he poseído en mi vida, sólo me quedan mis recuerdos. En verdad, pienso que los recuerdos son el único tesoro verdadero que cualquier ser humano tiene la esperanza de poseer para siempre”. Y como dicen por ahí: “tú eres tus memorias”. Indiscutible verdad.

Genaro A. Coria-Avila
Instituto de Investigaciones Cerebrales / Universidad Veracruzana /
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