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1 de septiembre de 2026
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Neurociencia para vivir mejor: El dolor por perder a alguien

Una noche de 1991, Jaak Panksepp recibió una llamada urgente del hospital local solicitando su presencia. Al llegar, los médicos le confirmaron una devastadora noticia que cambiaría su vida para siempre: su hija Tiina había muerto en un accidente automovilístico junto con otros tres adolescentes. El vehículo en el que viajaban fue impactado esa noche por el carro de un hombre apodado Suds, quien conducía completamente alcoholizado mientras huía a toda velocidad de una patrulla sin sirenas ni torretas encendidas. Suds, recién divorciado, estaba angustiado y enojado porque su exesposa no le permitía ver a sus hijos en un día festivo, y había pasado la tarde bebiendo.

La pérdida de un neurocirujano lo llevó a entender mejor la función de la tristeza y su relación con la muerte de los seres queridos

Jaak Panksepp sugirió la la existencia de un circuito cerebral al que llamó PÁNICO/DUELO.

Una noche de 1991, Jaak Panksepp recibió una llamada urgente del hospital local solicitando su presencia. Al llegar, los médicos le confirmaron una devastadora noticia que cambiaría su vida para siempre: su hija Tiina había muerto en un accidente automovilístico junto con otros tres adolescentes. El vehículo en el que viajaban fue impactado esa noche por el carro de un hombre apodado Suds, quien conducía completamente alcoholizado mientras huía a toda velocidad de una patrulla sin sirenas ni torretas encendidas. Suds, recién divorciado, estaba angustiado y enojado porque su exesposa no le permitía ver a sus hijos en un día festivo, y había pasado la tarde bebiendo.

Jaak lloró esa noche como nunca desde su infancia. Sintió rabia hacia Suds, hacia el policía inepto que llevó a cabo una persecución defectuosa, y hacia el hospital por guardar confidencialmente los datos del nivel de alcohol en sangre de Suds. La muerte de su hija lo sumió en una tristeza extrema, que con el tiempo se convirtió en depresión y desesperanza, dejándolo sin propósito durante mucho tiempo. Solo con la ayuda de medicamentos antidepresivos y el apoyo de quienes lo cuidaban y amaban, pudo sanar gradualmente del dolor.

Lo intrigante es que Jaak Panksepp, siendo un destacado neurocientífico especializado en el estudio de las emociones, había dedicado muchos años a investigar el neurocircuito de la tristeza causada por la separación en animales. No fue sino hasta mucho después de la tragedia que pudo compartir esta historia en su libro ffective Neuroscience, explicando la neurociencia detrás de la tristeza y del dolor que resultan de la pérdida de un ser querido.

Sabemos que las emociones funcionan como señales que emergen del procesamiento de información y que impulsan o frenan nuestras conductas. Algunas emociones, como la euforia, se sienten bien para impulsarnos hacia el contacto con aquellos estímulos que podrían ser beneficiosos para sobrevivir o reproducirnos. Otras emociones, como la ira o el miedo, se sienten mal porque señalan que enfrentamos estímulos desventajosos y nos impulsan a luchar o huir de ellos. Pero, ¿cuál es el beneficio biológico de experimentar tristeza en nuestra vida, y por qué nuestro cerebro tiene neurocircuitos que generan este dolor emocional?

Jaak sugirió que entender la función de la tristeza requería explorar sus manifestaciones en otros seres vivos. Por ejemplo, destacó la importancia de observar la conducta de los animales jóvenes que al ser separados de sus madres emiten vocalizaciones de angustia. Más tarde, en el laboratorio, Jaak descubrió que al estimular eléctricamente estructuras cerebrales específicas en cobayos se producían estas vocalizaciones desesperadas, para después alcanzar una calma anhedónica de rendición, lo que sugería la existencia de un neurocircuito al que llamó PÁNICO/DUELO.

Las estructuras cerebrales estimuladas incluían la corteza del cíngulo anterior, el septum ventral, el área preóptica dorsal, el tálamo dorsomedial y la sustancia gris periacueductal. Tiempo después de que Jaak compartiera sus hallazgos sobre mamíferos y aves, Antonio Damasio aportó datos de imagenología funcional en humanos expuestos a situaciones emocionalmente tristes, encontrando una notable similitud en la activación cerebral. Específicamente, que la activación de esas estructuras subcorticales intermedias generaban sentimientos de pérdida, soledad, angustia y pánico, con una urgencia por el reencuentro social.

Si la tristeza surge de manera similar cuando el neurocircuito PÁNICO/DUELO se activa por separamos de nuestros seres queridos o por salirnos de nuestra zona de confort, entonces parece funcionar como una señal aversiva para indicarnos que somos seres sociales y necesitamos de otros con quien tenemos un vínculo afectivo. Por ejemplo, las vocalizaciones de angustia en animales separados tienen una función útil en la naturaleza porque facilitan el reencuentro social con la madre.

El neurocircuito también se activa en respuesta a la exclusión social, al igual que ante el dolor físico. Por esta razón, decimos que sentimos dolor al perder a alguien o al sentirnos excluidos de un grupo que nos importa. Curiosamente, en esa región existen analgésicos naturales como los opioides endógenos que calman el dolor y que se activan con el contacto social. De hecho, Jaak observó que las vocalizaciones de angustia disminuían notablemente en animales separados de la madre al recibir pequeñas dosis de opioides artificiales, como si al activarse los opioides los animales dejaran de sentir el dolor de la separación.

Por lo anterior se ha explicado que las personas con vínculos afectivos débiles en la infancia tienen mayor susceptibilidad a desarrollar adicciones a drogas que activan artificialmente los opioides, como la morfina, la heroína o el fentanilo. Como si los opioides artificiales suplieran la estimulación que de manera natural habría ocurrido con los vínculos afectivos de los padres y de la familia. En cierto sentido, el dolor que sentimos al perder a alguien a quien amamos, por separación o por muerte, se asemeja a un síndrome de abstinencia de opioides, aunque el neurocircuito se modula también con otras sustancias como las hormonas del estrés, la oxitocina y la serotonina.

Podemos decir que el potencial de experimentar tristeza lo tenemos todos y surge como un dolor afectivo resultado de cambios neuroquímicos que señalan la ausencia de alguien importante o la salida de nuestra zona de confort, recordándonos que somos una especie social que se beneficia de los vínculos afectivos.

Esto debería fomentar nuestra empatía hacia las personas que han experimentado el dolor por la pérdida de un ser querido, y también nos debería hacer pensar, pues probablemente lo que dicen por ahí sea verdad: “para entender el amor, primero hay que entender la angustia”, aunque como dijo Buda: “el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”. Indiscutible verdad.

Genaro A. Coria-Avila
gcoria@uv.mx |  + posts

Instituto de Investigaciones Cerebrales / Universidad Veracruzana /

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