Abogado y botánico, autor de la epístola de Melchor Ocampo y del tratado McLane-Ocampo, se trata sobre todo de un hombre complejo
Hoy hablaremos de un científico, un político, un huérfano y un patriota, pero, ante todo, un hombre complejo. Antes de fusilarlo, le preguntaron si quería confesarse, pero rechazó la oferta; de frente a sus verdugos (hoy sería ametralladora en mano) aseguró que podía ver la muerte. Sus leyes y sus reformas nos alcanzan y nos incumben tanto como los matrimonios civiles. Es pues un día como hoy, pero de 1861 cuando fue fusilado Melchor Ocampo, michoacano de luces esplendentes y de profundas oscuridades.
La tradicional epístola de Melchor Ocampo, ¿sabía usted, lector querido —acaso por la película “Huérfanos” de Guita Schyfter— que la redactó el hombre que jamás reconoció a su pareja amada como “esposa”?. Antes de juzgar, entendamos con pequeñas luces la vida robusta de un hombre de la Reforma, amante de la libertad y del paté.
Prohombre, patriota, reformista; es decir, en un tiempo en que el poder estaba concentrado en la Iglesia Católica, Ocampo invocó y reclamó, a la sazón de la herencia del renacimiento francés, el poder de las instituciones civiles. Nacer, casarse o morirse ya no iba a ser prerrogativa (en cuanto a su registro y constancia) de la Iglesia.
Decíamos, Ocampo creció en una hacienda cercana a Maravatío, Michoacán, como huérfano adoptado, pero la fortuna le dio la gracia de ser apadrinado por Ignacio Alas (secretario de Hacienda del México independiente) y Francisca Javiera Tapia, acomodada hacendada. Aunque tiempo después, descubrió que, en vez de padrinos, ellos habían sido sus padres, pero al ser producto de una aventura amorosa, jamás lo reconocieron como hijo sino como su ahijado.
Como se estilaba entre la época, Melchor Ocampo fue criado por una nana; el nombre de ella fue Ana María Escobar, con ella, años después tuvo una relación amorosa y cuatro hijas, las cuales, no reconoció sino hasta minutos antes de su muerte en su testamento, según nos cuenta el historiador José Manuel Villalpando. Claramente a Ana María Escobar, tampoco la reconoció como esposa.
Es decir, el autor que consideró al matrimonio como “el único medio moral de fundar la familia”, en vida jamás reconoció a su esposa ni a sus hijas. ¿Cómo sabemos esto? Pues antes de ser fusilado, Melchor Ocampo realizó su testamento donde reconoció como hijas legitimas a quienes tuvo con su —en otrora— nana, Ana María Escobar.
Según nos cuenta Ángel Pola, en un artículo publicado en 1906 en la revista “La enseñanza primaria” dirigida por el maestro Gregorio Torres Quintero, Melchor Ocampo fue llevado de Maravatío a Tepeji del Río para ser fusilado. Al preguntársele al Sr. Ocampo si se confesaba, contesto:
- Padre, estoy bien con Dios, y Él está bien conmigo
Leonardo Márquez, su captor y verdugo, de acuerdo con el relato de Pola, “formó cuadro a la tropa y señaló a Ocampo su lugar. Firme e imperturbable lo ocupó, distribuyendo entre sus ejecutores algunas prendas. Al vendársele, habló:
- Puedo ver la muerte
Ocampo murió creyendo fielmente que había servido cabalmente al país. Se le reclama la firma de un acuerdo que nunca entró en vigor, el famoso tratado McLane-Ocampo. El cual, como sabemos, es el primer precedente de un tratado de libre comercio entre México y Estados Unidos.
Recordemos que después de la independencia, el poder quedó concentrado en la Iglesia y fue con las leyes de Reforma impulsadas —entre otros ilustres— por Juárez y Melchor Ocampo cuando México consolidó su soberanía. Ocampo vivió en una época convulsa, marcada entre otras cosas por la invasión de EU y Francia. En este contexto los mejores hijos de la patria emergieron para defender nuestra dignidad y soberanía.
Fue abogado sí, pero también botánico, estudioso de los recursos naturales de su entorno en su estado natal, llevó sus aprendizajes de la ciencia aplicada al campo. Se sabe que estudió materias como geografía, química, física y ciencias naturales, pero además su hambre y gusto por el saber lo llevaron a reunir una de las bibliotecas más reconocidas del siglo XIX en nuestro país. Fue gobernador de su estado entre 1846 y 1848, así como ministro de Gobernación y de Relaciones Exteriores.
Literalmente su corazón, lo resguarda la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, casa de estudios que también abriga su biblioteca. Entregado a su destino y a su tiempo, valgan estas inacabadas líneas para recordar la vida de este hombre complejo, comprometido con el porvenir y el desarrollo de nuestra patria.

Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
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