Vivimos en una época en que ni a las élites les interesa defender su identidad hablando o escribiendo con claridad
Ha comenzado a circular mi último libro (y esto puede ser literal: ¡el último y nos vamos!), con el cual cierro la trilogía de mi ejercicio lexicográfico básico o elemental. Apareció bajo el sello de Editorial Océano de México, que es mi casa editora desde hace 23 años y en donde he publicado quince títulos sobre cultura escrita y poesía mexicana.
Aunque ya había publicado, con otros sellos editoriales, los volúmenes Pelos en la lengua: Disparatorio esencial de la Real Academia Española (Ediciones del Ermitaño, 2013) y El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), el proyecto que le presenté a Rogelio Villarreal Cueva, director general de Océano, fue recibido con la confianza y generosidad que le caracterizan. Comencé con Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas, en 2018; seguí con ¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español, en 2021, y ahora, en 2023, he puesto fin a la trilogía con Más malas lenguas.
Estos libros están animados por el propósito de servir como referencia a las pocas personas que realmente se preocupan por mejorar su lengua hablada y escrita; esas pocas que pueden ser ocho mil o diez mil (no son más mis lectores, y esto lo sé por el monto de mis regalías): en realidad, casi nadie (pero un casi nadie que valoro) entre los casi quinientos millones de hablantes nativos del español. En estos volúmenes (dos mil quinientas páginas suman los cinco) enfatizo que esos pocos son los lectores que me interesan y que los demás pueden hacer la meme tranquilos, deshaciendo la lengua como se les dé la gana. Para ellos no publico ni muchos menos escribo. Sé que hay lectores sensatos e interesados en cuidar el patrimonio lingüístico (ya dije que son poquísimos) y sé también que los lectores precarios y un sector numeroso de gente educada carecen del mínimo interés por expresarse de la mejor manera y enriquecer el idioma al tiempo que lo preservan. Y conste que no me refiero ni a los analfabetos ni a los semialfabetizados, libres ellos de toda culpa. En varios países, los ciudadanos están conscientes de su identidad entre otras cosas por el idioma; no tanto en México, por cierto, donde cada vez el español se torna más político y vociferante que dialógico, lo mismo que en España, Argentina, Chile, Colombia, Uruguay, etcétera.
Pero éste no es únicamente un problema del español. Casi todas las lenguas hoy, y desde hace años, están amenazadas por la presión política de toda índole, olvidando que los idiomas siguen su propio curso de evolución y revolución y que no se rigen por los caprichos de nadie. Por ello, entre los epígrafes con los que saludo, desde la primera página, a mis lectores de Más malas lenguas, destaco la reflexión del gran poeta, ensayista y narrador alemán Gottfried Benn (1886-1956), quien se refirió a esto (¡y desde hace cuánto tiempo!):
“La lengua convencional, la coloquial, está hogaño del todo vacía de sustancia y consistencia antropológica. ¿Le queda acaso alguna autoridad? ¿Tiene la lengua algún carácter dialógico en sentido metafísico? Me parece que ella es puro desecho y chachareo agotado. Todo se dirige al vacío. […] Se puede incluso afirmar que la lengua ha devenido puramente política: no alcanza jamás profundidad humana”.
Hay quienes creen que la lengua debe cambiar para todos (y todas), sólo porque a ciertos sectores empoderados le da por decidir cómo deben hablar y escribir los demás, sin preocuparles la lógica y la economía de toda lengua, su capacidad expresiva que no sólo es comunicativa sino también estética, y tantas cosas más. Otros, o los mismos, exigen que se eliminen ciertos términos en los diccionarios, únicamente porque no les gustan o porque, según dicen, les ofenden. ¡Y hay populismos que lo hacen ley! ¡Como si el diccionario tuviera la culpa del uso generalizado! Lo que hace bueno a un diccionario es, sobre todo, incluir los términos vivos de la lengua para guiar al hablante y al que escribe.
En este punto, sólo hay que precisar lo siguiente: la ley puede determinar cierto uso del idioma en sus formularios y formatos, casi siempre con un lenguaje jergal (esto es, político, administrativo y burocrático); pero, en cuanto al idioma universal, en cuanto a lo que digan y dejen de decir las personas y en cuanto a lo que escriban y dejen de escribir, ¡nada tiene que hacer la ley!: por ello existe la libertad de expresión y la libertad de prensa. La única norma válida para el idioma, la que la rige, sin discusión, es la que marca el uso generalizado de los hablantes; por ello, lo que antes fue un barbarismo (por ejemplo, el adjetivo “abusado”, con las acepciones de “listo”, “hábil”, “sagaz”, “despierto”) llegó a convertirse en un mexicanismo, válido únicamente para México, como es obvio; no para Colombia ni para España ni para Argentina, países, entre otros, donde “abusado” (y su femenino “abusada”) se aplica únicamente a la persona que ha sufrido “abuso”. Así de claro.
A decir de Michel Serres, filósofo francés fallecido en 2019, autor de Los cinco sentidos: Ciencia, poesía y filosofía del cuerpo, “vivimos hoy una crisis aguda de las lenguas. Antaño consideradas como tesoros, caen en desestima, cada cual saquea la suya, como se hace con la tierra. Nuestros ancestros campesinos, de quienes a veces encontramos cartas, se expresaban con más elegancia y claridad que la clase dominante de hoy en día”. No tengo la menor duda al respecto. Pero cuando esto lo escribe un francés y cuando es justamente Francia una de las naciones que más protege su lengua como patrimonio cultural, debemos preocuparnos aún más por el idioma.
La destrucción de la sintaxis
En cuanto a México, el autodidacto Juan José Arreola (1918-2001) no lo pudo decir mejor: “No me asusta la inclusión de palabras extranjeras en el habla cotidiana ni su aceptación en las páginas del diccionario. Lo que en realidad me espanta es la destrucción continua de la armonía, de la melodía de la frase castellana. Esto es, el trastorno de la estructura sintáctica que nos lleva, a través del galimatías, a verdaderos trastornos espirituales. Sobre todo, cuando nos los administran diariamente y con tal intensidad los periódicos, el radio y la televisión. ¡Cuántas calcas del inglés mal traducido se repiten oralmente y por escrito!”. Y conste que al autor de La feria ya no le tocó presenciar el auge de las redes sociales de internet con su anglicismo patológico.
¿A quién le importa hoy que se extienda la metástasis anglófila y anglicista en el español, como consecuencia del uso del inglés como lengua franca? A muy poca gente; esa que se niega a decir y escribir followers en lugar de “seguidores”, newsletter en lugar de “boletín”, masterclass en lugar de “clase magistral”, crowdfunding en lugar de “financiación colectiva”, timing en lugar de “plazo” o “cronometraje”. Y ya abundan los que, con la venia de la Real Academia Española, dicen y escriben “portable” en lugar de “portátil”: del inglés portable, ¡cuya traducción al español es “portátil”! Como muy bien nos lo advirtió Jorge Luis Borges, “el español es un idioma arduo, especialmente para los españoles”, y como lo avisó en su momento Paul Groussac, “el de la Real Academia Española [es] ese asombroso diccionario del que cada nueva edición hace añorar la anterior”. Fue así como llegamos al hoy famosísimo “aperturar”, en lugar del castizo “abrir”. Y hoy “se aperturan” cuentas, pero también puertas, ventanas y hasta bocas. ¡Es cuando no quedamos con la boca aperturada!

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, lexicógrafo y editor; también divulgador y promotor de la lectura. Es autor de "¡No valga la redundancia!" (2021), "El vicio de leer" (2022), "Más malas lenguas" (2023) y "Epitafios" (2024). Ha recibido el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura (2019), así como distinciones del INAH y del Gobierno de Quintana Roo (2024), y la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América (2025).
Columna Campus: "Fabulaciones"
- Juan Domingo Argüelles
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