Los tres doctorados del gobernador García

¿Son los grados universitarios los nuevos títulos nobiliarios entre las nuevas elites políticas y de negocios?

El doctorado otorgado por la UANL se suma a otros por parte del Tec de Monterrey y la ITAC Universidad.

Una nota de MILENIO publicada hace un par de semanas (17/09/2022), fue titulada así: “Entrega UANL doctorado a Samuel García como Doctor en Derecho Constitucional y Gobernabilidad”. Se refería al actual gobernador de Nuevo León, exsenador (2018-2020) y exdiputado local (2015-2018) por el partido Movimiento Ciudadano. La noticia tiene su interés, no sólo por la figura del gobernador sino por la trayectoria que representa. Que un joven político (34 años) destaque por sus méritos personales, partidistas o académicos, por su origen social o sus recursos económicos, forma parte de los mecanismos de acceso a las nuevas élites políticas mexicanas.

Según la nota, es la tercera ocasión en que García obtiene un doctorado. El primero lo obtuvo como “Doctor en Política Pública y Administración Pública” por la Escuela de Gobierno y Administración Pública del Tec de Monterrey, institución de la cual también egresó como estudiante de preparatoria, de la licenciatura en derecho, y de la maestría en derecho público. Posteriormente, realizó un segundo doctorado en “Derecho fiscal” en el “ITAC Universidad”, una pequeña escuela privada de Monterrey que cerró sus puertas reales y virtuales en algún momento del año 2020 (según se lee en Google, se describe como “escuela del sector privado, de nivel educativo medio superior y de turno vespertino”, que ofrece “títulos electrónicos” en 20 carreras de licenciatura y programas de posgrado). El tercer doctorado es el que le otorgó la UANL en ceremonia solemne con togas y birretes celebrada el pasado 14 de septiembre.

Suponiendo que el Dr. García se tituló de la licenciatura a los 23 años de edad y de la maestría a los 25, eso significa que obtuvo su primer doctorado a los 28 o 29 años, el segundo a los 31 o 32, y el tercero a los 34. Esa trayectoria lineal, sin pausas pero sin prisas (que pudo combinarse de acuerdo a las características de los tres programas doctorales que cursó con éxito en un lapso de sólo 5 o 6 años), la hizo además cuando era, simultáneamente, diputado local en Nuevo León a los 28 años, y luego senador de la república a los 31.Todo eso lo hizo, según sus propias palabras, “por su pasión por el estudio y análisis de las diferentes constituciones”, pero también para “resolver tantos problemas que hay en la sociedad”.

Esa trayectoria y motivaciones ilustran las prácticas, expectativas y creencias de algunos grupos de la clase política surgida durante los años de la alternancia mexicana. Con títulos de licenciaturas, maestrías y doctorados, navegando entre las aguas turbias de los puestos políticos, pero también entre las aguas lodosas del mundo de los negocios, combinan la escolarización avanzada con las hechuras políticas partidistas. Suelen estar muy bien relacionados con figuras, personajes y personajillos de ambos mundos, se mueven con fluidez entre las redes sociales, son famosos, influencers, ídolos de los whitexicans, tienen miles de seguidores, cultivan con esmero nuevas amistades, se toman fotos abrazando niños de algún orfanato en la mañana de un domingo cualquiera. Son individuos que se consideran a sí mismos y por otros como exitosos, ejemplos vivos de que “si se quiere se puede”, presumen capacidad, responsabilidad y compasión por el prójimo.

El gobernador García desafía la distinción canónica entre el político y el científico, entre el académico y el gobernante, entre el poder y el saber. Actúa al mismo tiempo combinando la ética de la responsabilidad y la ética de la verdad, con la objetividad del estudioso y la ambición del político. Como otros en el pasado remoto o reciente, esa trayectoria supone que una mayor escolaridad significa una mejor calidad de la política, por lo que se cree que individuos con mayores niveles académicos serán mejores ciudadanos y políticos más honrados, responsables y eficientes, puesto que son capaces de conocer mejor la realidad de las cosas públicas, sus causas y soluciones. Es la reencarnación del viejo mito del ciudadano bueno y del político virtuoso.

Que las universidades públicas o privadas y los partidos políticos contemporáneos sean los espacios institucionales donde se forjan ese tipo de trayectorias tiene también su interés. Ahí se desarrollan rutinas predecibles y prácticas oportunistas, donde el plagio y las complicidades suelen ser monedas de uso ocasional, según sea el caso y las circunstancias. Maestrías y doctorados al vapor, que favorecen accesos, tránsitos y egresos eficientes para mejorar los indicadores de éxito escolar y los desempeños académicos de las instituciones, donde los doctorados han dejado de ser espacios tradicionales de formación para la investigación (cultivo y producción de nuevo conocimiento), para convertirse en maquinarias organizadas de distribución de certificados y diplomas a los que suelen atribuirse propiedades (casi) mágicas. Son programas apoyados por burocracias eficientes y un profesorado flexible, a veces con doctorados y todas las medallas imaginables de la república de los académicos, que dispensan tratos especiales a estudiantes que incrementen el prestigio de sus programas e instituciones. Son los componentes que configuran el orden académico-institucional en el cual algunos obtienen tres o cuatro licenciaturas, maestrías o doctorados como insignias certificadas de sus pasiones, intereses y saberes.

Se trata de un juego bastante popular entre las nuevas elites políticas y de los negocios. Es el juego de la acumulación de títulos nobiliarios representados por los doctorados universitarios, la obtención de papeles para enmarcarse y mostrarse en las paredes de las oficinas de políticos, empresarios y funcionarios públicos. Es un juego que implica pérdidas (relativas) para la legitimidad de la vida académica y sus rutinas —seminarios, lecturas, discusión, reflexiones solitarias y a veces colectivas—, y ganancias (también relativas) para quienes ven en las universidades sólo como espacios pragmáticos de legitimación de sus propios cálculos políticos y personales. El Doctor-Gobernador García (el orden de los títulos no altera el producto) es el fruto exótico de este juego de espejos. Es una de las figuras de cera exhibidas en el gran museo de nuestras perplejidades políticas contemporáneas.

Sobre la firma
Investigador del Cucea Universidad de Guadalajara | Web

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