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Los errores de José Revueltas

En esta novela se concentra la madurez intelectual, filosófica y literaria del escritor duranguense.

(Primera de dos partes)

Nada es por sí mismo, todo es relativo. El gran error es lo contrario. Solo Dios es en sí mismo. La existencia, la creación con toda su magnitud son fenómenos que no pueden permanecer aislados, porque Todo depende de Todo. La nada es la existencia vasta, interconectada, es la red en la que vivimos. Esa interdependencia es el vacío del Buda. Su comprensión, asimilación y entendimiento es lo que nos ilumina, reflexionaba Octavio al pasar por el meridiano de Los errores, por alguna razón la novela de Revueltas lo había llevado a esos linderos de conticinio sin ripios.   

Aunque la verdad sea dicha, Octavio más bien se sentía como licántropo con laptop y licenciatura, lotófago con gafas de sol y premoniciones acuosas, bípedo ante la volatilidad del enigma: ser o no ser. Fluido ancestral, soplo de fuego. Revueltas coincide conmigo en que sólo existe el presente -se decía en soliloquio Octavio-, un presente más perpetuo que constante, un presente palpable, principio único; representante irredimible al interior de la nada, unánime. De verdad que, debería abandonarme, a pesar de los ensayos y del frio. Acechar el viento, emprender el vuelo. Tomar conciencia: del silencio se nace, en el silencio se termina; al final, todo inicia.

En el fondo, lo único que le importaba a Octavio -si es que algo le importaba- era el vacío, el silencio, las dimensiones de la Jaiba y las de la Magnífica, por supuesto, la inmortalidad del cangrejo, el paso de piscis a acuario, el trasfondo de las jícaras, el aroma de la hierba, y la utilidad de los vanos para establecer quicios, además que dieran las cuatro y terminaran de pagar la quincena, para así poder escribir, escribir sin detenerse, hasta lograr un movimiento puro, un sigilo impenetrable. Casi desesperado y aturdido por una tormentosa lucidez que a él le caracteriza, apuntaba:
A mí que nada me interesa, sino el precio de las palabras, la solvencia moral; el tener que cobrar a los ancianos, a las mujeres, a los enfermos, padres de familia y personas en general… los intereses. Los intereses, que no son los réditos, ni la suma porcentual que se le añade a una cantidad una vez prestada. ¡No! Los intereses son las cosas que realmente nos importan en este mundo. Es la deuda que se contrae por abandono a los excesos, a los espejismos; y ajenos a nosotros mismos, así, atender los “imprevistos”, las cosas que siempre pasan, “¡siempre!”, más allá de la gratuidad de nuestra vida. El desastre de un pariente, la pandemia, los caprichos de la reina, un “accidente” (entrecomillaba nuevamente) en el auto que nos hace esclavos de Pemex y del tránsito que desata el calentamiento en el clima. Y sin embargo, los intereses no son, tan sólo, las cosas que nos mueven, son también, las cosas que hacemos por cumplirlas: nuestro mentir abstracto, pletórico, la esclerosis rubicunda, el error que se repite: letra a letra, se repite, la neurosis colectiva, los vicios que nos circundan; la soberbia que nos emplea, el orgullo que nos ampara, la miseria que nos vanagloria, la vanagloria que nos endroga. Los intereses son las cosas que nos importan, ¡sí!, y a mí que nada me incumbe, sino el precio de las palabras, tener que cobrarlos hasta poseer, el valor de una letra… me resulta algo tan propio… como el hielo a punto de derretirse.

A su lado, una hormiga, observaba Octavio: ¡tiene una dimensión perfecta!, ¡dispositivos impecables!, ¿dónde cabe entonces nuestra grandeza, nuestra diferencia, la elocuencia que nos pondera?, hijos del agua; el humano, consideraba Octavio, como la hormiga, por el agua subsisten, por el vacío se llenan. Por lo pronto, ambos eran seres parasitarios, vivían a costa de ese jardín -junto a la rampa- donde desfilaban todo el día burócratas que simulan, el Estado lo simulan, deben hasta la náusea de su última juerga, y caminan tan dueños de sí, como si la democracia de verdad funcionara, como si no estuviéramos en guerra; sin embargo, al “razonarlo”, Octavio sentía que estaba libre de esta relación, que la casta no lo definía.

“Una singularidad andante”, decía Paz: “el artista es el incomprendido, el parásito, el excéntrico; vive en un grupo cerrado y aún el barrio que habita con sus congéneres, es un lugar equívoco; lo miran con desconfianza el burgués, el proletario y el profesor. El revolucionario [en cambio], es el perseguido por todas las policías, el hombre sin pasaporte y con mil nombres, denunciado por la prensa y reclamado por el juez: todo es legítimo para neutralizarlo.” ¡Claro! “Un lugar equivoco” -según, Los errores- es lógicamente más revolucionario que un lugar común, y Revueltas, como se sabe, solía frecuentar los penales con una vehemencia tan propia de los de su especie, que se podría asegurar que en su obra confluye el arte, la revolución y su vida. 

¡Todo converge! En Revueltas todo se entremezcla, su narrativa es el testimonio insigne del viejo principio anaxagórico: «Todo tiene que ver con Todo, nada puede permanecer aislado», de ese modo encontramos “una lucidez torturante, como la que tienen las ratas de la cárcel”. El comunismo sin credo, el aire sin tierra; son como una catástrofe sin heridos, una civilización sin ruinas donde se yergue la realidad imaginable: un mundo que no existe. ¡Error, el error! “El hombre es un ser erróneo… [por supuesto tiene la facultad de errar, si a eso se le puede llamar facultad]… un ser que no termina de establecerse del todo en ninguna parte: aquí radica precisamente su condición revolucionaria y trágica, inapacible”.

Los errores, José Revueltas escribe: inapacible en vez de impasible, seguramente ebrio, de adjetivos y de tinto. Luego: un ser que no termina de establecerse del todo en ninguna parte… ¿desde cuándo?… Si desde que se es, se ha establecido para sí, desde sí, en sí, etc. Aquí Revueltas hace de lado a Sartre, pero tampoco pasa mucho; nombres, cifras, Sartre, Revueltas, los errores, el desencanto, el desasosiego, ser un error y seguir existiendo. Tal vez por ello, el acierto, lo encontramos al principio; cuando las cosas se vuelven autónomas e impersonales: “Igual que a través de un estado de sordera en la que también se ha perdido el tacto… absuelto de antemano por aquella irrealidad blanca e inexorable en la que existía esa amnesia del futuro que sin duda debe sobrevenirles a los condenados a muerte… puros de tanto pensar que nos son ellos mismos”.

Acerca del autor

Héctor Martínez Rojas
PERIODISTA

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