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Los errores de José Revueltas

Leer a Revueltas aporta a nuestra autocrítica radical, al desencanto de sí mismo y a la práctica del ser

Nuestra muerte, se sabe, es nuestra hipótesis más segura; y sin embargo…como dijera Torri, amamos, odiamos y anhelamos como si fuéramos inmortales, como si alguien pudiera pararse junto a la ventana y observar las cosas como recién llegado de algún punto distante en el universo y, con esto, tuviera la facultad de evadir, el raciocinio; ese orgulloso dolor de muelas, esa resignación terrible de “pinche puta desdichada”, de la cual, no pudo escapar Lucrecia, atrapada en la novela de Revueltas.

Octavio pensaba por entonces: el hombre ha sido atado a sus paradigmas, por ello, a lo que apela Revueltas, es a un comunismo unánime de la conciencia, que al reflexionarlo, hace de nuestra actual civilización: un error. Quizá la razón acerca a la humanidad a su devastación y esto es una locura o un mal chiste. En fin, la gracia de estar vivo supone todos los estremecimientos, todas las posibilidades, todas las luchas.

“Hace mucho tiempo, le dice don Juan a Castaneda, cuando el hombre comprendió que sabía y quiso estar consciente de lo que sabía, perdió de vista aquello que sabía”. Así, las cosas, los objetos, sus relaciones, su semántica y su sentido, no pueden ser sino vaivenes racionalmente absurdos. Por su puesto que todavía así, se puede considerar “el pensamiento teórico como un ejercicio absoluto, la práctica del ser -como dice Jacobo en la novela- a su nivel más alto posible, al nivel de la acción casi pura.”

¡“Aclamad al Dios de Jacob”! La palabra es espíritu y el espíritu luz. Esa luz es energía que no se mueve, omnipresente, no se mueve porque está en todo, está en todas partes al mismo tiempo, omnisintiente, la palabra aún así, en el poema más alabado es pieza de lo vasto, pero emana de ahí, de lo enorme, del otro lado de lo inmenso, como diría Revueltas en “Los errores”.

Dicho de otra forma: una mueca sin mohína, tener la suerte del “Muñeco” y saber que la locura, quizá, no sea sino la sabiduría misma, que cansada de los oprobios del mundo, ha tomado la sabia resolución de volverse loca; tal vez de ahí emane la inercia, “la loca tarea de transformar el infierno mediante su propio combustible” y cada hombre desde su soberano fuego, aplaste sin reservas, su indiferencia reaccionaria, detenga el juicio y la adjetivación que lo precipita al mundo que lo absorbe.

“La historia – nos dice Revueltas- ha sido la historia del fuego contra el fuego; fuego como conciencia del sometimiento del infierno al hombre, contra el incendio y reducción a cenizas de lo humano. Queremos al hombre-llamarada en ardimiento infinito y no al infinito en ardimiento sin hombre”.

Pacheco, al prologar las obras de revueltas nos recuerda como escribir es estar solo, tal cómo se está cuando se enfrenta a la muerte. Leer a José Revueltas aporta a nuestra autocrítica radical, el desencanto de sí mismo, la práctica del ser, el anular el yo, y propiciar la conciencia de la caída, ¡el milagro de la resurrección!, el lugar impropio, equivoco hasta afirmar que verdad, justicia y realidad, por delirante que parezca, son de una vez y para siempre: lo mismo. La tarea de vivir a lo ancho, siempre se recordaba Octavio.

“Destino es carácter”, aseguraba Heráclito. “S es P”, ha dicho Derridá. Llegamos a la revolución de la conciencia. Ahora, la pelea es paz y el amor que por error nunca tuvo Lucrecia. Esa es la otra parte de lo inmenso, el otro lado de la noche, aunque “nuestra condición no sea humana», como ha dicho Paz, quien también nos convoca

 

“al reino de pronombres enlazados,

adonde yo soy tú somos nosotros”

Pareciera poético, pero es sistémico, es estructura no metáfora. La nada es la existencia vasta, interconectada, es la red en la que vivimos, decíamos al principio, pero ya vamos terminando. Asumirlo rompe patrones, escapa del “lugar equivoco”, del pasado que nos dicta el impulso hacia la ruina de la que venimos. Dice el adagio, ser feliz es sencillo, lo difícil es ser sencillo.

En unidad somos grandes y aún así, somos sólo una parte. Todos los días algo similar a  “un yo” nos hace buscar el equilibrio entre el destino letífico y el de Lucrecia, al pasar por el conticinio pensaba Octavio, del otro lado de la noche, del otro lado de lo inmenso. 

 

Acerca del autor

Héctor Martínez Rojas
PERIODISTA

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