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La quema de la correspondencia: Roberto Ransom y su poética

El escritor entrega en esta obra una suma de saberes y sentires estrechamente vinculados con lecturas y experiencias de años escabrosos

Conozco al valioso escritor y académico Roberto Ransom desde hace un poco más de veinte años, cuando iniciados el milenio y la nueva centuria decidimos probar suerte ––huyendo del mundanal ruido y la inseguridad–– en esta generosa tierra del Septentrión que es Chihuahua. De donde son nuestras respectivas compañeras de vida Rosy y Susana, en el exilio voluntario descubrimos otras querencias y pasiones compartidas como el teatro y la buena música, y escritores y lecturas de formación recíproca, y la exquisita comida y el buen vino, y en esa misma ruta anímica, al paso de los años sufrimos juntos por igual la prematura y dolorosa muerte, en el siempre sinuoso correr de la existencia donde igual encontramos asideros y complicidades, de nuestros muy dilectos Almita Montemayor, Enrique Servín y Rogelio Treviño. Valoro también al humano sensible y leal, virtud no menor en estos agoreros tiempos en que la amistad suele valer algo así como qual una piuma al vento, parafraseando al Verdi de Rigoletto (no me canso de citar a mi querido y admirado Fernando Vallejo, quien bien afirma que “[…] quien ha traicionado la amistad, lo ha perdido todo y ya no le queda nada […]”), y a ambos nos une además el amor por las demás especies nuestros hermanos y los perros forman parte sustantiva de nuestras familias.

Todavía estando en Chihuahua, antes de volver nosotros a la Ciudad de México hacia el 2008, me tocó la dramática e inesperada experiencia del ahogamiento del más chico de sus dos hijos varones que afortunadamente no acabó en tragedia, y escasos años después, ya con la presencia dominante del crimen organizado y la violencia en su punto más álgido, cuando el Estado mexicano había decidido librar una desquiciada batalla con terribles repercusiones para la sociedad de a pie, el secuestro de su hija ––con pistola en mano–– por robarle el auto. También a la distancia supe y sentí cómo la aguda sensibilidad de Roberto y su otrora fortaleza a prueba de todo se habían venido abajo tras la sumaria adversidad de varios años aciagos, como les sucedió a tantos otros mexicanos ––y en concreto chihuahuenses–– agazapados bajo un miedo y una histeria sin precedentes, y cómo sólo el apoyo de sus seres más queridos y cercanos le habían ayudado a emerger como ave Fénix de ese oscuro abismo que traen consigo la depresión y la desesperanza. Roberto siempre ha sido un ser creyente (en mi ya obseso escepticismo, ¡no sé qué habría yo hecho entonces!), y sé que ese honesto apego suyo de igual modo contribuyó a sacarlo a flote.

Entusiasta lector de otros valiosos textos de este dotado y culto polígrafo (recuerdo con placer, por ejemplo, sus novelas Te guardaré la espalda y Los días sin Bárbara que gozosamente me tocó editar, o su hermoso libro sobre Graham Greene en México La casa desertada que me descubrió otros horizontes sobre un escritor que ambos admiramos), me ha obsequiado ahora su variopinto La quema de la correspondencia, no menos hondo y hermoso libro que en su atinado subtítulo Poética (2010-2013) ya condensa lo que Roberto ha pretendido expresar a través de él, a decir, una suma de saberes y sentires estrechamente vinculados con sus lecturas y experiencias de esos años escabrosos, o incluso de otros tiempos para entonces idos o posteriores, pero que igual trascendieron en su experiencia como ser humano y como creador en permanente efervescencia.

Seductor y sabio misceláneo que igual nos recuerda a aquellos grandes viajeros de lengua inglesa del siglo XVIII como el irlandés Laurence Sterne, Roberto Ransom también nos revela aquí su no menos palpitante ascendencia céltica, que reconocemos ha influido de igual modo en su sensibilidad, en su peculiar humor, en la construcción de una poética personal que igual ha contribuido a forjar no sólo su personal estilo de escritura sino su visión del mundo y de la vida. Bien escribió Borges que él se entendía mejor y se ufanaba más por lo que había leído que por lo que había escrito, y en esta Quema de la correspondencia igual rinde su creador tributo a varios de los autores y textos con los cuales se ha formarlo, y por ende a descifrar lo acontecido y a entenderse también él mejor a la distancia, ya con mayor perspectiva, porque la lectura y la escritura son igualmente catárticas en su esencia, toda vez que el arte y su creador pretenden obsesivamente volver al orden lo que es caos.

La quema de la correspondencia (Vía Áurea Editorial, Letras del Alba, 2021) reúne textos diversos de un inquieto escritor siempre en constante búsqueda, ya sea como narrador, como ensayista, como poeta más ocasional, como viajero atento y observador crítico, como agudo lector de la literatura desde adentro y desde afuera, en un saludable eclecticismo que nos viene a confirmar una vez más que los géneros literarios son espacios nominales que más bien abonan a la historiografía y la crítica literarias. Se trata de uno de esos libros escritos desde lo más hondo ser y en muy diversos planos de la conciencia, con la voluntad y el juicio como atentos vigías, de frente a una realidad y un mundo alterados ––¡he aquí al visionario e implacable Kapuściński de su iluminado Ébano que el autor cita y describe con pasión!–– que al creador sólo le queda interpretar con indignación e ironía, siempre con la intención de que la utopía se convierta en verdad práctica. Al fin de cuenta, “el reino sólo es de este mundo”, como bien escribió Carpentier. Por lo demás, este bello y aleccionador texto, o mejor sería decir sumario de textos colindantes, es una clara constancia de que su hacedor, Roberto Ransom, tiene todavía mucho por delante que decir.

Acerca del autor

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Mario Saavedra
Escritor, periodista, editor

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