En el pasado, los embusteros sabían mentir, mientras que en la actualidad intentan engañarnos con un renombre artificial
La decadencia de la mentira se intitula un magistral diálogo ensayístico de Oscar Wilde: obra maestra del irlandés que Jorge Luis Borges incluyó, junto con otros diálogos y ensayos, en uno de los tomos de su Biblioteca Personal. Reproduzco el enfático elogio del argentino sobre el dublinés: “Su obra no ha envejecido; pudo haber sido escrita esta mañana”. En dicho diálogo hay muchas cosas que ignoran (porque no han leído a Wilde) aquellos (escritores o no) que han sumido a la mentira misma en una terrible decadencia, merced a sus ignorancias, arrogancias, vanidades, narcisismos… Antes, hasta para mentir había ciertas reglas inviolables. ¡Hasta los mentirosos eran menos papanatas! ¡Sabían mentir!
Lo acabo de comprobar con desazón. Leo un libro de esos muy celebrados y encumbrados por la publicidad de hoy (méxico-gringo-europea) y por la memez lectora. Uno de esos libracos de los que se dicen que, desde no sé quién (¿Chéjov?) y desde no sé cuándo (¿hace un siglo?), no se había escrito algo tan portentoso (¡versallesco adjetivo!). Comienzo, avanzo a trompicones, maldigo, sigo leyendo, vuelvo a maldecir y la cosa no fluye sino hacia la fosa séptica literaria. Me obligo a terminarlo. Lo hago con un abatimiento y una vergüenza de mí mismo, por tan sádica disciplina, ¡y termino odiándome! ¿Por qué demonios, tú, tarúpido, tenías que perder tu tiempo en esta porquería? ¿Quién te obligó, aparte de tu morbo y de tu prurito de “no ignorar”? ¡Bruto!, le digo al bruto que soy y que, a su provecta edad y mucho antes, prometió ya no leer zonceras. Me increpo: tonto, ganso, memo, lelo, zopenco, mequetrefe, zascandil, bobo, tarambana, burro de dos patas… ¡Habiendo tantos libros buenos, desperdicias tres días en leer esta nadería!… y sólo por estar al día, ¡so bruto!
Canonizados fast track
Antes, para canonizar a un escritor, tenían que pasar cien años o más. Hoy esto se consigue en un minuto: esos sesenta segundos de “profundísima” lectura de la cuarta de forros del libro exitoso que “la está rompiendo”. A los avorazados que se precipitan sobre las mesas de novedades, los “libros del momento” los atrapan, y los publicistas triunfan cuando esos lectores creen de veras que el Jabón Foca elimina hasta los pecados, del mismo modo que el Libro Equis, irrefutablemente, nos hace olvidar la ya anticuada y porosa universalidad.
Lord “X”
Escucho disertar, con gran petulancia, a un “crítico” que se merienda a todos y que luego se monda los dientes con el último huesito. Y viene a mi memoria este párrafo del Tendajón mixto (1989), de Ricardo Garibay. Léanlo, escúchenlo: “Graham Greene tiene este cuento inquietante (cito de memoria): ‘Los miembros del Club Y, en Londres, reciben una carta, de uno de ellos: Lord X suplica su presencia, tal día a tal hora, en el salón de actos del Club. Lord X hará una demostración extraordinaria’. Llega el día. Los socios acuden. Lord X se presenta pálido verdoso y cubriéndose la nariz con un pañuelo intensamente perfumado. Y comienza su demostración. Durante media hora trata de hilar una frase a propósito de la independencia del espíritu en relación con el cuerpo. Frase loca. Nunca comienza a derechas y nunca termina. Lord X vuelve y revuelve sin lograr aclararse. De pronto deja caer el pañuelo y se queda quieto. Un hedor extraño invade el salón. Murmullos. Alarma. Sube un médico. ‘Este hombre está muerto —anuncia—. Este hombre está muerto desde hace ocho días’. Y concluye Greene a la manera lamentable de Hawthorne en su diario literario: ‘Por donde se demuestra que el espíritu, sin el cuerpo como habitación y soporte, es un mero balbuceo’”.
“Me está naciendo un poema”
Poeta malo, malísimo, pretencioso y cursi (lo cual ya es redundante), de pronto ponía los ojos en blanco, interrumpía lo que estaba conversando o, más bien, monologando y anunciaba, como en trance: “Me está naciendo un poema”, y entrecerraba los ojos y ponía cara de moribundo. En el corrillo, le echábamos carrilla: “¡Ya lo sospechábamos! Ahora lo comprobamos. Tú no escribes tus poemas. Los encargas. ¿Quién ‘te está haciendo un poema’?”. Ofendido, Baúl (llamémosle Baúl) pausaba palabra por palabra, sílaba por sílaba y sentenciaba: “Me-es-tá-na-cien-do-un-poe-ma”. “¡Ah!, los pares”, añadía otro, tan oportuno como todos en el corrillo. “Y también los nones”, decía yo, con boba ironía, sólo para no quedarme callado. Baúl nos miraba, con asco, perdonándonos la vida. Sacaba una libretita muy ajada de su también ajado bolsillo y comenzaba a escribir otro más de sus insoportables poemas. ¡Parturiento el hombre! Luego de ocho minutos de anotaciones y cavilaciones, regresaba a la conversación o, más exactamente, a su monólogo del yo, yo, yo, yo, yo. Previsiblemente, a Baúl lo conocíamos como “El Yoyo”. Todo lo que no fuera él mismo le importaba un pepino. Ya murió. Hace años. Le debemos muchos momentos de regocijo y quizá hasta un Homenaje Nacional en el Palacio de Bellas Artes.
El sastre sastreado
Sartor Resartus (“El sastre sastreado” o “El sastre remendado”) es obra de Carlyle. Pero no hablaré de ella. Mi anécdota es tabasqueña. Gobernador priista. Hombre culto, historiador, cuando los políticos leían. En las giras por los municipios y los pueblos de su tierra le entregaban papelitos, cartas, peticiones de trabajo y recogía, de viva voz, las demandas, súplicas e inconformidades de la gente. Miraba, atento, a sus interlocutores. Los escuchaba con paciencia. “Señor gobernador, no nos dan las ayudas que usted nos prometió”, “señor gobernador, todo se lo quedan los mismos de siempre”, “señor gobernador, sigo con mi problema”, “señor gobernador, no nos atienden, y cuando usted se vaya será lo mismo”. Un ayudante, su secretario o su achichincle apuntaba todo, recogía las cartas y los papelitos, y el gobernador, muy atento les decía a sus gobernados: “Tomaremos medidas”. Que esto, que aquello. “Tomaremos medidas”. Que ya no puedo más. “Tomaremos medidas”. Y caminaba lentamente para dirigirse a la camioneta que ya estaba por arrancar. Un guarura bastante guasón y comunicativo, simpatiquísimo él, casi antiguarura por ser tan excepcional entre los guaruras, me dijo, malicioso, bajando la voz: “¿Sabe cómo le dicen al Preciso?”. Le respondí que no (ni lo sospechaba), y me lo rebeló, pelando los dientes cariados: “¡El Sastre!”. No pude evitar la carcajada. Explicó, por si las dudas: “¡Se la pasa tomando medidas!”. “¡Qué mala es la gente!, ¿verdad?”, acotó. Siempre sospeché que el perfecto alias se lo puso él.
Desánimo y orgullo
“Nada se parece tanto al orgullo como el desánimo”. ¿Quién lo dijo? Lo he olvidado. Así que me voy a internet y gugleo: “Nada se parece tanto al orgullo como el desánimo”. Está en el Diario de Henri-Frédéric Amiel, escritor suizo que se hubiera perdido para la literatura de no ser por su Diario. Y hoy he sentido lo que él sintió. Mi desánimo se parece cada vez más al orgullo: el orgullo de saber que tengo razón al experimentar este desánimo. Y que, a pesar de tener razón, esto de nada me sirve en un país donde los canallas triunfan.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, lexicógrafo y editor; también divulgador y promotor de la lectura. Es autor de "¡No valga la redundancia!" (2021), "El vicio de leer" (2022), "Más malas lenguas" (2023) y "Epitafios" (2024). Ha recibido el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura (2019), así como distinciones del INAH y del Gobierno de Quintana Roo (2024), y la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América (2025).
Columna Campus: "Fabulaciones"
- Juan Domingo Argüelles
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