Aparte de hablar, hablar y hablar, qué hace un (o una) gobernante que imita a un profesor, un pedagogo, un publicista, un opinante o un periodista radiofónico, televisivo y de internet. Cultiva la incongruencia, ya que sus palabras pesan más que sus acciones. Como todo abusador de la oralidad, es un verboso, un palabrero, un charlatán, y su objetivo es manipular la verdad. En 1989, el poeta Guillermo Fernández expresó lo siguiente (sin haber vivido las “mañaneras”): “Todos los días, a ocho columnas, las declaraciones de los presidentes, como si fueran dioses y dijeran grandes cosas”.
La idea de que la palabra hablada sana o enferma a quienes se dirige o interpela es una tergiversación engañosa, o por lo menos pretenciosa, próxima a la mentira, como afirma el filósofo Harry G. Frankfurt en esa breve obra maestra que lleva por título On Bullshit: sobre la manipulación de la verdad (Princeton University Press, 2005). Es el principio de la charlatanería (bullshit), a propósito de la cual el autor concluye: “La palabra shit (‘mierda’) en el equivalente inglés bullshit indica que un excremento no es un objeto de diseño ni trabajo sistemático; simplemente se deja salir o se echa. Puede que tenga una forma más o menos coherente o puede que no, pero lo que es seguro es que en ningún caso ha sido ‘trabajado’”. De ahí la expresión “hablar basura”, “vender humo” y, literalmente, “hablar mierda”.
Por su abundancia, el abuso del discurso oral se convierte, cada vez más, en un problema social, educativo e intelectual, pues la “democratización” de los medios digitales permite que todo el mundo hable al mismo tiempo, aunque el 90 por ciento ( estudiado y comprobado por expertos) sólo sea ruido. Sucede también con la palabra escrita. Cualquiera publica un libro: lo único que necesita es éxito en la paparrucha digital, pues, por muy tonto que sea un internauta puede conseguir aprobación masiva (por millones) de quienes se identifican con lo que haya echado o dejado salir. Lo decisivo está en el gran número de “vistas” y “likes”. El parroquiano, que les arrebata la palabra a sus contertulios, es un economista; el taxista, que entabla conversación top secret con los pasajeros, es un politólogo y un filósofo, y el internauta, en general, es un experto en todo, lo mismo en teorías de la conspiración que en soluciones para evitar la inflación, la corrupción y la violencia estructural.
Soñábamos con la democratización digital, para dar voz a quienes no la tenían, y lo que se “democratizó” es el rollo, la cháchara, la ocurrencia, la ignorancia que, por lo demás, son las formas mayormente vistas y escuchadas. Le dio visibilidad impensable, diría Umberto Eco, al “tonto del pueblo” y al pervertido que antes sólo disponían de la escucha y vista de tres o cuatro locos. Como en el tango “Cambalache” (1934), de Enrique Santos Discépolo (Buenos Aires, 1901-1951): “¡Todo es igual! ¡Nada es mejor! / Lo mismo un burro que un gran profesor. / No hay aplazaos ni escalafón, / los ignorantes nos han igualao. / Si uno vive en la impostura / y otro roba en su ambición, / da lo mismo que sea cura, / colchonero, Rey de Bastos, / caradura o polizón. // No pienses más; sentate a un lao, / que a nadie importa si naciste honrao… / Es lo mismo el que labura / noche y día como un buey, / que el que vive de los otros, / que el que mata, que el que cura, / o está fuera de la ley”.
Alguien que ha trabajado arduamente y ha conseguido una gran experiencia en su ciencia, necesaria y legítima, hoy está al ras con quienes no saben nada de nada, pero igual preconizan con verdades como puños y polemizan sobre lo que les salga del forro. Y, para la audiencia necia de internet, no es fácil distinguir entre la verdad y la mentira, entre el bullshit y la certidumbre científica. Ambas cosas le parecen lo mismo y, aún peor, le resulta más convincente lo estúpido, por la misma razón de que lo más democráticamente repartido entre los seres humanos no es la inteligencia, sino su contrario. Un gran neurólogo y psiquiatra, preparado y capaz, como lo fue el español Carlos Castilla del Pino (1922-2009), admitía con entera sinceridad que todo el conocimiento psiquiátrico es teórico, respecto de la depresión, si el profesional que atiende a un paciente jamás ha padecido depresión y, en especial, depresión grave. Ejemplificaba con el dentista, que sólo puede saber con exactitud qué tan severo es el dolor de muelas producto de un absceso si él ya ha pasado por esa experiencia. Y no se diga ya de la parturienta respecto del o la gineco-obstetra, esta última que, pese a ser mujer, jamás ha dado a luz y no conoce, sino en teoría, los umbrales del dolor de parto.
Mentir para manipular la verdad
¿Y qué decir del bullshit de los políticos que, para halagar a sus audiencias y a su fanaticada, gritan en el mitin que el pueblo es más sabio que cualquier doctor o que cualquier gobernante o funcionario? Viles y hábiles como son, no renuncian a sus cargos para entregarlos a un campesino, a un obrero, a una mucama. Es obvio que lo dicen de dientes para afuera, a fin de manipular la verdad: lo dejan salir, lo echan, lo expulsan. Este manta es propio de los gobiernos populistas de izquierda, incluido el de México. Pero aun admitiendo que hay suficientes pruebas para demostrar que, como suele decirse en la academia, “el doctorado no quita lo tarado”, o al menos no en todos los casos, Jorge Luis Borges tiene una explicación más certera: “Sé harto bien que los políticos son hombres [y mujeres] que han contraído el hábito de prometer, el hábito de sonreír, el hábito de sobornar, el hábito de estar de acuerdo con cualquier auditorio y el hábito de la profusa popularidad. […] Un político [mujer o varón] está buscando siempre electores y dice lo que esperan que diga. En el caso de un discurso político los que opinan son los oyentes, más que el orador. El orador es una especie de espejo o eco de lo que los demás piensan. Si no es así, fracasa”.
No hay duda: el discurso favorito de la gente es el político, porque todo el mundo es un animal político (zoon politikon, acuñado por Aristóteles), sin necesidad de ir a la escuela o de aprender algo complejo al respecto. En esta materia, todos se sienten no sólo con el derecho de pontificar, sino también con la autoridad de la sabiduría estratégica y de gobernanza. Y lo que, por siglos, se ha llamado “izquierda” tiene la mejor propaganda del mundo, aunque haya demostrado una y otra vez las peores acciones por “el bien del pueblo”. De ahí el dicho no exento de cínica verdad: “Si a los quince años no eres de izquierda, no tienes corazón, pero si, a los treinta, lo sigues siendo, lo que no tienes es cerebro”.
En Impromptus (1996), André Comte-Sponville (1952) dice algo más sensato: “Sé muy bien que mucha gente honesta es de derechas, y hay en la izquierda (sobre todo cuando está en el poder) tantos crápulas como en otras partes. Dos períodos de gobiernos socialistas en Francia ilustran esto con claridad y tristemente”. ¿Qué es un discurso embustero frente a un acto dañino? Podríamos decir que nada, pero mentiríamos: es bullshit, ya que ese discurso no cumple las acciones éticas que pregona, en nombre de la soberanía y el patriotismo, último refugio de los canallas, como bien lo dijo Samuel Johnson (1709-1784). No pasará mucho tiempo en que el denominado lenguaje incluyente (o más bien influyente) llame matria a la patria, y el “matriotismo” se imponga por decreto (justamente, como no evolucionan las lenguas por uso y naturaleza). Más bullshit, para sentir santidad ante el espejo.
Las acciones también pueden justificarse con discursos incongruentes. Por ejemplo, prohibir las corridas de toros con el argumento de que se mata con crueldad a seis toros de lidia, y, a la vez, justificar el asesinato, la masacre de más de 14 mil perros en situación de calle. Esto es México, y los políticos y las políticas (hay que ser inclusivos) justifican con palabras sus atroces acciones desde el fuero y el poder. Bullshit y más bullshit. Esto tenemos.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, lexicógrafo y editor; también divulgador y promotor de la lectura. Es autor de "¡No valga la redundancia!" (2021), "El vicio de leer" (2022), "Más malas lenguas" (2023) y "Epitafios" (2024). Ha recibido el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura (2019), así como distinciones del INAH y del Gobierno de Quintana Roo (2024), y la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América (2025).
Columna Campus: "Fabulaciones"
- Juan Domingo Argüelles
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