Es fundamental conocer hacia atrás y revalorizar las distintas culturas Anahuacas
Era de madrugada, lloviznaba y en el ambiente se suspendía, fría, la neblina. Los caballos iban cargados con el oro saqueado en nombre de un Rey que no tenía -en ese momento- la menor idea de lo que estaba pasando.
Los soldados, picados por la avaricia, también iban cargados como mulas; por eso se ahogaron en el sepulcro de los que no tienen memoria. Intentaron escapar, pero llevaban consigo más de lo que podían cargar. Pueden decir que fue una flecha o una piedra, quizá la asfixia de no poder respirar, pero lo que los mató fue su codicia.
La madrugada del 30 de junio de 1520 sucedió lo que todo mexica quería que pasara desde que los invasores llegaron a estas tierras. 13 meses después, el 13 de agosto de 1521, toda Tenochtitlán sucumbiría. Pedro de Alvarado, uno de los capitanes de mayor relevancia en el ejército de Hernán Cortés -el más güero de ellos, los indígenas le decían Tonatiuh, pues comparaban sus cabellos rubios con los rayos del sol- fue quizá el principal causante de aquel episodio de la Historia.
El sol lloraba
No podemos asegurar si lloraron de alegría por haber conservado la vida, por escapar de aquel purgatorio que fue la calzada de Tacuba. No sabemos si lloraron por qué no pudieron robar todo el oro que querían. No sabemos si lloraron por sus muertos o por el peso de la culpa.
Meses antes, al mando de Pedro de Alvarado -Cortés había salido de Tenochtitlán para combatir al ejército de Pánfilo Narváez- los españoles despilfarraron sangre indígena en una masacre similar a la que ejecutaron en Cholula. Sin piedad y sin sentido.
Bernal Díaz del Castillo confiesa que Cortés, Alvarado y los demás capitanes cuando vieron que no venían más soldados mexicas, “les saltaron las lágrimas de los ojos”. Esto a nosotros nos parece, cinco siglos después, de lo más relevante, no importa que en 1521 los españoles hubiesen matado de viruela y de hambre a los mexicas.
La llamada “noche triste” es estampa y vanidad del imaginario mexicano. Los historiadores, arqueólogos y antropólogos coinciden que fue en lo que hoy es el cruce entre avenida Hidalgo y Paseo de la Reforma donde el ejército al mando de Cuitláhuac pudo levantar su orgullo bélico y por fin menguar a los invasores españoles.
Hoy todo ha cambiado, esta tierra es global, en lo que en otros tiempos fue la gran Tenochtitlán, capital del imperio Anáhuac, se hace arte y se hacen negocios que no tienen nada que ver con la historia y cultura mexica, ni con la española. Hoy somos un hibrido, somos mestizos, nuestros abuelos pertenecen a ambos bandos.
Pero algo que considero indispensable es rescatar la memoria. Para los mexicanos que no conocemos nuestra historia, es muy fácil pensar que los mexicas fueron el pináculo de la civilización precolombina y nada más alejado de ello.
Es fundamental conocer hacia atrás y revalorizar las distintas culturas Anahuacas, las cuales, de acuerdo con distintas perspectivas históricas forman parte de las civilizaciones más antiguas del orbe, como los asiáticos, los egipcios o los sumerios. Emanamos de una real y verdadera Cultura Madre.
Los mexicas adoraban a Huitzilopochtli, por ejemplo, pero los toltecas a Quetzalcóatl. ¿Y sabemos quienes fueron los toltecas? ¿Conocemos su filosofía y sus ambiciones? ¿Podríamos hacer un paralelismo entre el Kundalini asiático y el arquetipo del Quetzalcóatl mesoamericano?
Los tiempos de retorno a lo arcano, plantearán preguntas que sembrarán de novedad nuestro porvenir. Es curioso, pero un día como hoy, también falleció José Vasconcelos, quien consideraba a Quetzalcóatl, por ejemplo, ante todo como un “educador”, un maestro pues, como un Buda.
En México estamos acostumbrados a celebrar batallas ganadas, aunque hayamos perdido la guerra, Puebla y Tacuba son grandes ejemplos. Es apremiante que esta costumbre se invierta, celebremos guerras ganadas, aunque nos haya costado perder la más vergonzante de las batallas.
Después de la larga noche de los 500 años, ese oro perdido importa tanto como el fango, pero nuestra dignidad como pueblo, nuestro espíritu como nación es y será nuestra verdadera divisa, es el vuelo del águila devorando calamidades como si fuera una rica botana: es la sangre de guerreras y guerreros que han logrado la Conquista de su Ser.

Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
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