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Jorge Carpizo en la Memoria

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Recordamos al gran jurista y ex rector de la UNAM con un texto publicado ante su fallecimiento

(Nota: Al cumplirse diez años de su fallecimiento, el pasado 4 de abril, el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM organizó un homenaje a su anterior director, Jorge Carpizo. Este se realizó en varias mesas de trabajo, con destacados ponentes que resaltaron la figura y el ejemplo de dicho personaje. Sumándome a ese reconocimiento, en este espacio se consigna un texto escrito diez años atrás).

Lo conocí en Tepic, en una Asamblea de la ANUIES, en 1972. Eran los tiempos en que el gobierno de Nuevo León había desatado una ofensiva contra la universidad de ese estado, promulgando al vapor una nueva Ley Orgánica e impuesto a un rector, militar de carrera. La UNAM se convirtió en una de las más firmes defensoras de la autonomía vulnerada. Su rector, Pablo González Casanova, y su abogado general, Jorge Carpizo, argumentaron intensamente para que la Asamblea condenara el hecho, inclinando la balanza política para que el Presidente de la República asumiera una posición que, con el costo de la renuncia del gobernador Elizondo, volviera las cosas a su sitio.

Aquel adusto abogado general, de 27 años, empezaba a hacer historia en la vida universitaria del país. Unas cuantas semanas más tarde sería la UNAM la que tendría problemas. Una “huelga loca” conducida por dos siniestros personajes que gozaban del beneplácito gubernamental, más un sindicato en ciernes a quien le beneficiaba la situación, paralizó a la institución por dos meses. Se buscaba la renuncia del Dr. Pablo González Casanova y sólo cuando se obtuvo cesó la ocupación. En la primera fila de quien defendió a la UNAM de aquella agresión estaba ya Jorge Carpizo.

Catorce años más tarde, cuando ya despachaba como rector, lo empecé a tratar. Recién habían pasado los días del conflicto surgido por Fortaleza y Debilidad, aquél diagnóstico que —como dijera en días pasados Juan Ramón de la Fuente—“había puesto el dedo en la llaga” en los males de la Universidad. El problema de ahí surgido, transformado en movimiento estudiantil, no era el diagnóstico, sino la media docena de medidas para su inmediata implantación que lo acompañaban, entre ellas, la limitación del pase automático ó la modificación del reglamento de pagos. No obstante la severidad del movimiento y su cercanía temporal, el chicharrón en salsa verde que se servía en el piso once de la Torre de Rectoría, y del que su anfitrión se jactaba, sólo llevó la charla por otros cauces. . . no se trataba de hablar de asuntos internos.

En 1990, recién fundada la Comisión Nacional de Derechos Humanos, escribí un artículo en que la calificaba como un “vulnerable remedio supremo”. Circunstancia que sirvió para comentar las características de ese organismo y que su titular, Jorge Carpizo, le diese una cátedra al respecto al bisoño editorialista. Con la marca de la casa, todo eso aconteció en el comedor de la CNDH con parecido menú.

Durante su paso por gobernación lo visité dos o tres veces, en los meses previos a la elección federal de 1994. Como responsable de la política interior y, por añadidura, cabeza del IFE de la época, Carpizo tenía una especial preocupación sobre el papel y circunstancias que estarían presentes en las casas de estudios durante ese proceso. Eran los días en que tenía un conflicto legal con un conocido columnista sobre una temática que resultaba novedosa: el narcoperiodismo.

En 1996, en su época de embajador en Francia, hizo el honor de acompañar a una delegación de Anuies a la firma de compromisos con una agencia del gobierno francés. La ceremonia, verificada en una de las sedes históricas de La Sorbona, transcurrió con el protocolo de ese tipo de actos. Sin embargo, y fuera del programa anunciado, el funcionario responsable le impuso una condecoración o reconocimiento al embajador mexicano (¿La medalla Henri Capitant?). Según recuerdo, le dio mucho gusto. pero decía, una y otra vez, que era una sorpresa, no se lo habían avisado.

Desde semanas atrás tenía pensado invitarle para la presentación de un libro sobre la UNAM. Pero,“como se viene la muerte tan callando”, me enteré de su fallecimiento fuera del país, al abrir la página electrónica del Milenio el sábado 31.

Al paso de los días, y con los muchos artículos y comentarios que sobre él se han escrito, caigo en la cuenta de lo que posiblemente fue la gran paradoja de su vida: amó a la UNAM con intensidad y fue ahí donde tuvo, probablemente, su gran contrariedad. Las reformas por él planteadas, “de obvia resolución”, fueron vistas por el movimiento estudiantil como un gran atentado a la institución. Con mucho realismo, dio marcha atrás en su propósito y, posiblemente —como dice Ciro Murayama—“antepuso la responsabilidad política a la convicción personal”.

Abril 8, 2012

Carlos Pallán
Ex secretario general ejecutivo de la Anuies | capafi2@ hotmail.com

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