Para los toltecas este concepto, el lugar que todo lo sabe, el negro y el rojo, representa el saber que sobrepasa la comprensión ordinaria
Luego de la Conquista, quisieron hacernos creer que éramos bárbaros sin valor, ni civilización. Tribus en taparrabos con una férrea superstición al sol; como si los griegos no le rindieran culto a Apolo o los egipcios a Ra. Caníbales adoradores de la sangre, pero nunca fue así. El culto a Huitzilopochtli era casi exclusivo de los mexicas, no así de los demás pueblos del Anáhuac.
La toltequeidad cubría culturalmente a Mesoamérica, Quetzalcóatl era la representación de la divinidad más concurrida, las peregrinaciones a Cholula —donde se le rendía culto a la serpiente emplumada— eran las más nutridas. De esta toltequeidad emanan conceptos como In Tloque In Nahuaque que, ya vimos aquí, como ahora veremos In Tlilli In Tlapalli.
El color negro y rojo, símbolo del saber, los nahuas le decían: Tlilli in Tlapalli, pero también, valga el difrasismo: un lugar que todo lo sabe. Una esencia que es fundamento y sustento de la existencia. Esta idea, no es aislada; nuevamente nos sorprendemos al encontrar paralelismos entre las culturas.
En la tradición judeocristiana, en Proverbios 8:23-30, sobre la sabiduría, leemos:
“Eternamente tuve el principado, desde el principio,
Antes de la tierra.
Antes de los abismos fui engendrada;
Antes que fuesen las fuentes de las muchas aguas.
Antes que los montes fuesen formados,
Antes de los collados, ya había sido yo engendrada […]
Con él estaba yo ordenándolo todo,
Y era su delicia de día en día,
Teniendo solaz delante de él en todo tiempo.”
Sobre In Tlilli In Tlapalli, León Portilla nos alumbra: “a través de toda la mitología y el simbolismo náhuatl, la yuxtaposición de estos colores, negro y rojo, obscuridad y luz, evoca la idea del saber que sobrepasa la comprensión ordinaria. Así, se atribuye por excelencia al tlamatini la posesión de esta sabiduría, cuando expresamente se afirma que «de él son el color negro y rojo» (tlile, llapale) y más simbólicamente aún, se añade que él mismo es «tinta negra y roja, escritura y sabiduría”.
Portilla, en la cita anterior, utiliza un concepto fundamental para la filosofía nahua: “tlamatini”. «Predestinados a saber», a los tlamatinime, que en náhuatl quiere decir los conocedores de cosas: del cielo y de la región de los muertos, Sahagún los llamó filósofos, comparándolos con los sabios griegos.
Nuestros Pitágoras, nuestro Tales o Sócrates, Anaximandro, Diógenes, nuestros Epicuro, en el mundo mesoamericano se les conocía como “Tlamatinime”. Para subrayar (léase el sarcasmo) la barbarie de estos pueblos, veamos cuál era su paideía, su logos.
Nuevamente nos da luz León Portilla “el estudio de las ideas más elevadas de los tlamatinime, preocupados directamente, en su calidad de maestros, del problema del albedrío humano. Repetiremos para esto, una vez más, que entre sus varias misiones se menciona expresamente la de ‘humanizar el querer de la gente’» .
¡Barbaros! “humanizar el querer”; más bien estoicos, budistas; domar, domesticar el deseo. “Esto sólo nos habla ya de que juzgaban los tlamatinime que era posible influir por la educación en el querer o albedrío del hombre”, apunta el autor de La visión de los vencidos y agrega: “De otra manera resultaría absurdo pretender humanizarlo. Se admite, por tanto, que la educación que lleva, como hemos visto, a la formación de un rostro y un corazón, se dirige asimismo a dar un sentido humano al querer, liberándolo de cualquier ciego fatalismo.”
Aquí hemos dicho: Alcanzar y mantener un comportamiento impecable era el fin último de la pedagogía tolteca, de la cual abrevaron los mexicas al fundar México Tenochtitlán, este concepto ha sobrevivido por cientos de años a través del difrasismo nahua “in ixtli in yolotl” que literalmente alude al rostro y al corazón, pero que en el sentido figurado subraya más bien la personalidad (el ser, el sentido, la visión, la faz) con la que asumimos lo que llamamos vida.
Llegar a la ataraxia por el poder, el poder personal: conquistar la serenidad, cultivar la dicha. Portilla dice: “La forma de lograrlo: enseñando a la gente a amonestarse o controlarse a sí misma. He aquí lo que transcribimos ya al ocuparnos de la figura del sabio:
Maestro de la verdad,
no deja de amonestar …
les abre los oídos, los ilumina
gracias a él la gente humaniza su querer
y recibe una estricta enseñanza …”
Mo-notza: «amonestarse a sí mismo», pero también “se llama a sí mismo»;
«entra dentro de sí»; «se sobrepone a sí mismo»; «llega el dominio de sí
mismo … «, explica Portilla en su gran Filosofía nahua.
De lo anterior, “parece seguirse que atribuían los nahuas la posibilidad de modificar su propio destino a un cierto control personal, resultado de llamarse a sí mismo en el interior de la conciencia”.
Como sabemos, los mesoamericanos, crearon calendarios muy exactos. A cada día le atribuían una energía específica. En maya se le dice Kin, en náhuatl, Tonal. Los movimientos estelares estaban calculados, la vida de los hombres debía seguir un patrón como los astros: todos tienen un destino.
A pesar de esas fuerzas esenciales, el destino, para los pueblos del Anahuac, es moldeable; de ahí el valor de los tlamatinime, quienes resguardan la tinta roja y negra: In Tlilli In Tlapalli.
“Aparece también aquí el sabio como guía, como persona que muestra el camino a los otros… Aplican su luz sobre el mundo, sobre lo que existe […] y osadamente tratan de inquirir también acerca de ‘lo que nos sobrepasa, la región de los muertos’”. Hats aquí estos breves trazos inacabados sobre nuestro pasado original y arcano.
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