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Prohibir libros: ignorar en lugar de saber

Imponer qué es lo que la gente puede o no leer es el principio del autoritarismo y la derrota de la cultura

Antes únicamente ocurría en los países llamados socialistas o comunistas, gobernados dictatorial o autocráticamente siguiendo una línea ideológica “anticapitalista”. Hoy ocurre incluso en las democracias, con esos a los que Tzvetan Todorov denominó, con acierto, “los enemigos íntimos de la democracia”. Estos enemigos íntimos de la democracia gozan de la libertad, son libres de pensar y de hacer, pero hay libertades (en particular, las de los otros) que no les gustan, y exigen que se anulen.

Sucede con el arte pictórico, con la música, con las representaciones teatrales, con el lenguaje y ahora también con los libros. Colectivos, es decir, individuos organizados, exigen, por ejemplo, que una exposición de Balthus sea cancelada, en un museo, porque atenta contra la “moral pública”; hay quienes han pedido y hasta han propuesto iniciativas de ley para prohibir los narcocorridos; hay también los que encuentran escandalosas, para su “moral”, ciertas escenificaciones teatrales y exigen que se cancelen, y los hay también que conminan a las academias de las diversas lenguas a que cercenen ciertos términos en los diccionarios porque no se adecuan a sus conceptos de sexo o de género.

Pues bien, ahora la Asociación Estadounidense de Bibliotecas, de acuerdo con un despacho informativo de la agencia de noticias AP, reportó que, en 2020, los “lectores” (uso las comillas porque ni siquiera creo que sean lectores) exigieron eliminar de los acervos de las bibliotecas públicas 270 libros que la “comunidad” (¿cuál comunidad?) rechaza por “no reflejar los valores sociales” (¿cuáles valores?) y ser inconvenientes en un sentido político, social, psicológico, etcétera.

Estos colectivos o grupos de presión anticulturales son cada vez más reaccionarios, aunque pretendan navegar con las banderas revolucionarias antirracistas y de igualdad. Prohibir libros es similar a quemarlos. Sacarlos de las bibliotecas, porque no poseen un discurso acorde con lo que yo (determinado lector) creo y suscribo, es una idiotez. Las cosas hay que decirlas como son. Por ello, la Coalición Nacional contra la Censura, en Estados Unidos, criticó la decisión de algunas bibliotecas de retirar algunos de los libros impugnados. El argumento de esta coalición es irrebatible: “Prohibir libros no borra ideas racistas ni previene incidentes racistas”. La violencia de la prohibición de libros, en los países democráticos, ha llegado al extremo de no poder realizar la presentación de un libro porque, ¡otra vez!, “la comunidad” rechaza los valores que dicho libro contiene. En lugar de asistir a la presentación del libro y ahí exponer, racionalmente, sus puntos de vista o sus refutaciones, exigen a las autoridades que cancelen la actividad, amenazando acciones violentas si no se procede en consecuencia.

Todo esto es parte de los enemigos íntimos de la democracia, a los que se refiere Todorov, que desean que sólo sus “ideas” prevalezcan, que no hay diálogo, que no exista el debate, que todos estén mudos ante un solo discurso moral, político, social, cultural, estético, etcétera, apoyados por el poder que prefiere cancelar presentaciones de libros o retirar volúmenes de las bibliotecas, “para evitar confrontaciones violentas”. En lugar de brindar seguridad a las expresiones plurales, la autoridad cede ante el chantaje de los impugnadores conculca las libertades. “Es que son muy violentos”, argumentan. Pues si lo son, ¡que paguen por esa violencia!, de acuerdo con lo que establecen los códigos de la civilidad y la legalidad.

No importa mucho saber cuáles son los libros impugnados; es irrelevante que sean estos o aquellos. ¡Ningún libro debe prohibirse, porque, en una democracia, todos tenemos derecho a leerlo o no leerlo!, y si alguien nos quiere obligar a su lectura, hay mecanismos legales para oponernos a ese acto de fuerza. Sin embargo, en la lista de los 270 libros impugnados en Estados Unidos y de los que se exigió, y se sigue exigiendo, su descarte en las bibliotecas públicas, están, por ejemplo: Ojos azules, de Toni Morrison; Matar a un ruiseñor, de Harper Lee; George, de Alex Gino; Stamped: el racismo, el antirracismo y tú, de Ibram X. Kendi y Jason Reynolds; Chicos típicamente americanos, también de Reynolds; El odio que das, de Angie Thomas; De ratones y hombres, de John Steinbeck; ¡Habla!, de Laurie Halse Anderson; El diario completamente verídico de un indio a tiempo parcial, de Sherman Alexie, y Algo pasa en mi ciudad: un relato sobre la injusticia y el racismo, de Marianne Celano, Marietta Collins y Ann Hazzard.

Desde hace ya dos o tres años, estos mismos “lectores” piden la cabeza de Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell, y La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe. El argumento, señor juez, es que en el primer libro “la relación entre amos y esclavos es representada de una forma idealizada” y, en el segundo, se muestra “la bondad y la humildad de Tom, junto a la santa inocencia de personajes infantiles y hombres blancos de bien” (frases tomadas de la Wikipedia). Es imposible que haya hombres blancos de bien en una sociedad esclavista, aunque sean excepcionales. ¡Por eso deben salir de las bibliotecas! Estos colectivos impugnadores de libros van cada vez más lejos. Habrían condenado a cadena perpetua a Flaubert, por Madame Bovary, y a Baudelaire, por Las flores del mal.

Ya sean de derechas o de izquierdas (términos que ya no tienen ningún significado preciso), los colectivos prohibicionistas están por todos lados. Hay que prohibir esto, hay que prohibir aquello; hay que eliminar tales y cuales palabras del diccionario; hay que condenar, con el código penal, las letras de los narcocorridos y el reguetón; hay que censurar exposiciones de arte; hay que sacar de las bibliotecas los libros que no nos gustan o que contienen ideas que nos ponen en entredicho. Y esto ocurre porque hay libertad para hacerlo; es decir, incluso los colectivos extremistas tienen libertad, en una democracia, para expresarse. Para lo que no tienen libertad es para imponer, a la fuerza, sus gustos, ideas, ideologías y estéticas a los demás.

Queda claro que en Cuba nadie encontrará un libro, de libre circulación, que se refiere críticamente al castrismo o al socialismo cubano; en cambio, en las democracias, por muy imperfectas que sean, la libertad está por encima de la censura, y solamente por este gran loco social resultan ridículos los individuos y colectivos prohibicionistas. En el ideal de John Stuart Mill (que el ideal perfecto del liberalismo), todo ciudadano tiene derecho a hacer con su persona lo que se le pegue la gana en tanto no afecte a los demás. Si usted no quiere leer a Sade, no lo lee, y punto, pero no exige que se haga una pira con todos los libros de Sade y que se prohíba su lectura.

Si no quiere leer el Corán, no lo lea; si no quiere leer la Biblia, no la lea; si no quiere leer el Libro del Mormón, no lo lea. Pero el hecho de que usted se impida esas lecturas, no le da derecho a exigir que se prohíban a los demás. Siempre será mejor el conocimiento que la ignorancia, así se trate de Mi lucha, de Hitler, que del Libro rojo, de Mao o el Diario del “Che” Guevara. Prohibir es el principio del autoritarismo y la derrota de la cultura cuyo soporte es el diálogo de los que no se dejan uniformar. Basta que alguien exija al poder que elimine una libertad (por ejemplo, pero ni más ni menos, la libertad de cuestionar al poder), que prohíba un derecho (el derecho de saber, por ejemplo) para entender que hay personas dispuestas a ceder sus libertades, y las de los demás, a una simple Idea de Felicidad que, por supuesto, es únicamente la suya.

Acerca del autor

Juan Domingo Argüelles
Fabulaciones

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018), Escribir y leer en la universidad (ANUIES, 2019), La prodigiosa vida del libro en papel: Leer y escribir en la modernidad digital (Cal y Arena/UNAM, 2020) y ¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español (Océano, 2021). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

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JUEVES 22 JUL

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