Ignacio Ramírez, el renacentista

Ignacio Ramírez fue una persona “adelantada a su tiempo”. “El Nigromante”, defendió los derechos de la mujer como de los pueblos indígenas en el siglo XIX y le debemos, entre otras cosas, el impulso a la educación pública mexicana.

Un personaje polifacético, un ideólogo, pero también un hombre de acción, el pensamiento de Ignacio Ramírez llega a ser sublime cuando afirma como “en las naciones civilizadas la fuerza se convierte en sabiduría y la hermosura en amor”.

El 22 de junio de 1818, nació el filósofo, escritor, ocultista, naturalista, educador y científico Ignacio Ramírez, un renacentista en toda la extensión del término, a quien le debemos entre otras cosas el impulso a la educación pública mexicana.

Es un lugar común decir que algunas personas son “adelantadas a su tiempo”, pero en el caso de nuestro personaje de hoy, con el breve esbozo que haremos, quedará constancia de que “El Nigromante”, Ignacio Ramírez fue uno de ellos, por la defensa de los derechos de la mujer como de los pueblos indígenas ¡en el siglo XIX!

“La mujer, desde que ha asaltado todos los ramos de la instrucción, se ha hecho de nuestras más poderosas armas”, sostenía el Nigromante, fiel defensor de la igualdad de las capacidades entre hombres y mujeres en un artículo periodístico donde reflexiona sobre “La Internacional de París”.

Pero todavía más, cuando Ignacio Ramírez, expone sobre los planes de estudios en la prensa de la época, señala: “en la enseñanza primaria y general, las naciones antiguas que han merecido el renombre de clásicas son un modelo que a toda costa debemos imitar perfeccionándolo con las luces de nuestro siglo y con las aplicaciones que demanda la actual emancipación de las mujeres”.

En cuanto al indigenismo tan denostado hace 200 años, Ramírez como voz en el desierto, clamaba por: “dotar, en la capital de la República, (de) un establecimiento exclusivamente encargado de recopilar, explicar y publicar los vestigios anteriores a la conquista de América; la sabiduría nacional debe levantarse sobre una base indígena”, pugnaba.

Y todavía más, contrario a la castellanización que impulsaba la época con respecto a la población indígena; Ramírez sostuvo que: “los indígenas no llegarán a una verdadera civilización, sino cultivándoles la inteligencia por medio del instrumento natural del idioma en que piensan y viven”, o sea educación sí, pero en su idioma.

Cómo sabemos, la nigromancia, de donde toma su sobrenombre Ignacio Ramírez, es la habilidad de adivinar el futuro mediante la lectura de las vísceras de los animales, por ello, Ignacio Ramírez fue un ocultista, como Madero espiritista. Pero bueno, a nuestro personaje de hoy también se le conoció como el “Voltaire mexicano”.

Quizá su frase y deseo influyó para granjearse ese mote: “Perdóneseme si yo deseo para cada uno de los hombres que sea un Voltaire”. En esta ocasión no haremos alusión a su frase más famosa que se mece entre la leyenda y el mito, sobre aquello de que “No hay Dios, los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos”, la cual pronunció -despertando el asombro de todos – cuando ingresó a la Academia de Letrán.

Es justo reconocer que, Vasconcelos en su campaña por la educación pública, abrevó entre otros, de Ignacio Ramírez, sobre todo su postura sobre los libros, pues el Nigromante, consideraba que había que multiplicar las bibliotecas -100 años después, en la épica Vasconcelista, seguía sin haber bibliotecas bien abastecidas en todo el país- para que el estudio no tropezara por la falta de libros.

El Nigromante pues, fue un progresista de cepa, pero además de esos progresistas necesarios, indispensables, de los que saben hacer autocrítica; para muestra, veamos cómo se refiere al Segundo Imperio de México: “Maximiliano, rompiendo la clausura de los colegios, hizo por la educación de la juventud más que nosotros por la dignidad humana rompiendo la clausura de las monjas”.

La Historia, como paradoja de la vida, hizo de lo más útil para la educación pública en México la exclaustración de las monjas, pues el ex Convento de la Encarnación del Divino Verbo, donde se enclaustraban monjas dominicas, sirvió primero como escuela y en 1921 como sede de la Secretaría de Educación Pública (SEP) configurada por el oaxaqueño José Vasconcelos.

Un personaje polifacético, un ideólogo, pero también un hombre de acción, el pensamiento de Ignacio Ramírez llega a ser sublime cuando afirma como “en las naciones civilizadas la fuerza se convierte en sabiduría y la hermosura en amor”.

Llega a ser inspirador cuando categórico asegura como: “en sus poetas, en sus oradores y sabios, (México) ha visto brillar su propia inteligencia, y ha querido conservar su esplendor, fijándolo sobre la libertad de la enseñanza y sobre la libertad de la prensa”. Sin duda, una mente esplendente, legado de nuestra Matria-Patria.

Acerca del autor
Héctor Martínez Rojas
PERIODISTA

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