En los días en que la UNAM enfrenta el enorme problema de validar o no los resultados del examen de ingreso a licenciaturas (que involucró a más de 150 mil sustentantes), resulta útil dar una ojeada a situaciones similares en otras latitudes. Una gran cantidad de literatura se acumula ya a ese respecto (sobre la inteligencia artificial), y que serviría para poner en guardia a instituciones de educación superior que empiezan a utilizarla. Aquí acudo a esa temática, partiendo de un largo y esclarecedor texto de El País.
El interrogante es mío; la frase del título es sólo una parte de un artículo publicado en El País (“La primera generación de graduados con ChatGPT abre un dilema”, L. E. Velasco, 20 de julio), referente al uso de ese chat y la inteligencia artificial generativa (IA) en las universidades españolas. El texto tiene un propósito específico: saber cuál es el efecto en la primera generación de graduados que pasaron en ese lapso por la utilización de tales tecnologías.
Dos hipótesis permiten encuadrar el texto. La primera indica que, si bien ambos instrumentos ayudaron en ciertos casos de manera notable en los estudios y deberes escolares, también el uso de aquellos “ha erosionado su forma de aprender y socializar”. Algunos datos al respecto, aplicables al caso español, son los siguientes: a) los jóvenes de 16-24 años, en un 75 por ciento, usan la IA “para cualquier finalidad”; b) en las universidades, los estudiantes las utilizan para resolver dudas (66), investigar o recabar información (48) y para redactar trabajos (45). Lo anterior se complementa con una encuesta elaborada por la Fundación Conocimiento y Desarrollo, en la que se concluye que un 89 por ciento de los estudiantes usan la IA “habitualmente”. El dato es coincidente con el de la plataforma educativa Chegg (de Estados Unidos), por la encuesta aplicada en 15 países a 12 mil estudiantes y donde el dato es muy similar: cuatro de cada cinco estudiantes “recurren a ella”.
La segunda hipótesis se enuncia así: “los alumnos sobresalen en los trabajos que hacen fuera del centro (educativo), pero cuando la evaluación es supervisada en el aula, las calificaciones se desploman”. La afirmación se refiere al estudio realizado en el prestigiado Center for Economic and Policy Research (CEPR), situado en los Estados Unidos, teniendo entre otros de sus miembros del Consejo a dos Premios Nobel: Robert Solow y Joseph Stiglitz.
Las afirmaciones del CEPR tienen un sustento sólido. Así, en China, durante dos años y medio, se dio seguimiento a 27 mil estudiantes de secundaria que empezaron a usar chatbots, produciéndose los siguientes efectos: aquellos que usaron el chat o la IA, al realizar libremente sus trabajos, incrementaron su calificación en un 18 por ciento, disminuyendo significativamente el tiempo empleado en un 30 por ciento. Empero, en los exámenes presenciales, sin el uso de esas tecnologías, las calificaciones bajaron en un 20 por ciento. El fenómeno, como se destaca en el artículo, es observable en ambientes distintos, algunos muy alejados, como sería el de las universidades españolas o el de las universidades de la Ivy League en los Estados Unidos (M. G. Pascual, El País, 28 de junio).
Además, la hipótesis sugiere, inequívocamente, el mal uso de las tecnologías como apropiación indebida de autorías y, por extensión, de calificaciones escolares. En el caso especial, y dentro de esa idea (¿certeza?), relativa a que se trata de tecnologías que permiten “burlar el control de los profesores”, las cosas llegan al extremo de que ciertos estudiantes usan un “humanizador de inteligencia artificial (para que) los textos sean menos robóticos”.
Particularmente, ocurre entre aquellos alumnos que tienen la capacidad de pagar una cuenta premium (alrededor de cien euros mensuales), la cual permite respuestas “más sofisticadas”. En ciertos ambientes (la Universidad de Navarra), el problema pareciera haberse desbordado, de tal modo que, a decir de varios profesores: “…los excelentes trabajos que reciben de los alumnos ya no reflejaban nada”.
En el mundo, como en España, el avance en esta materia ha sido tan vertiginoso (el chat y la IA) que ha afectado notablemente al sector editorial y a las instituciones de educación superior, sin una respuesta pertinente y adecuada por parte de la entidad correspondiente. Esto se refleja en el currículum, planes y programas de estudios, modelos académico y educativo. Así, la situación pareciera plantearse como un problema que enfrenta a unos alumnos (que hacen trampa) versus unos profesores (rigurosos) que intentan o quieren preservar la “calidad” de la enseñanza y el aprendizaje. Pero, como indica el autor del texto, esto último, paradójicamente, es una buena noticia. Dicha situación ha llevado a intentar una salida en ciertas universidades: no se trata, esencialmente, de “cómo detectar la copia, sino cómo rediseñar la enseñanza para blindar el aprendizaje”.
Algunos testimonios de alumnos y profesores resultan muy significativos, ya que resumen, en buena medida, ciertos problemas en el uso de estas tecnologías. Así, un exalumno recién egresado dice que: “el verdadero problema es que las universidades no se han volcado en alfabetizar a los alumnos en su uso ético y responsable”. Una profesora universitaria sostiene que, ante los problemas suscitados: “es primordial volver a situar a las aulas como protagonistas y priorizar todo lo que se puede supervisar”.
Quizás, el testimonio más revelador sea el del prestigiado profesor Roberto Serrano, con 34 años en la Universidad de Brown. Al alertar al decano y al rector sobre el mal uso de la IA en los trabajos escolares, recibió de ellos lo que calificó como una “respuesta fría”. Tuvo que acudir al Comité del Código Académico para que el caso fuese abordado, afirmando que situaciones como las de él y su curso se presentan, con distintos grados, en las siete restantes universidades que conforman la Ivy League (M. G. Pascual).
Dejemos que el propio profesor lo cuente: “Este semestre, probablemente atraídos por la forma de evaluación (tiempo ilimitado para el examen, en aula o fuera de ella, pero dentro del férreo código de ética de la institución, que incluye ‘no copiar’ para alumnos que se comprometen con su firma expresa), se matricularon 86 estudiantes, los resultados del examen parcial… fueron extraordinarios, con una nota media de 96 sobre 100. 40 estudiantes lograron una puntuación perfecta de 100… algunas respuestas contenían pasajes inusuales que coincidían con los resultados obtenidos al introducir las preguntas del examen en ChatGPT”.
Como complementa M. G. Pascual: “Serrano no anuló la validez del examen parcial, pero avisó a los alumnos que el examen final… sería presencial. Y que, si la distribución de notas (calificaciones) no era similar a la del parcial, entonces sólo se tendría en cuenta el final. La nota media cayó en picada, hasta un 48 sobre 100. De los 89 estudiantes que realizaron el parcial, sólo 59 se presentaron al final y, de los 27 que no se presentaron, 22 habían obtenido un 100 en el parcial”.
Epílogo
Como puede observarse, la IA introducida recientemente al mundo escolar ha venido mostrando dos caras. La positiva, con el enorme potencial de facilitar el aprendizaje y volver más asequible el acceso al conocimiento; una revolución, tan o más significativa de lo que en su tiempo fue la invención de la imprenta. Pero su lado negativo: la tradición de evaluar, como una etapa primordial de cualquier proceso educativo, ha entrado en crisis por las nuevas tecnologías. Lo de la UNAM es uno de los tantos casos presentados en el breve tiempo de la aparición de la IA. El desafío en ese terreno parece ser, reiterándolo: “Cómo rediseñar la enseñanza para blindar el aprendizaje”.