La Pandemia: Lecturas y Recuerdos / XI

Carlos Pallán
Ex secretario general ejecutivo de la Anuies | capafi2@ hotmail.com | + posts

El llamado “Voltaire Mexicano” consolidó su militancia en temas como su preocupación por los pueblos originarios, la defensa de la mujer y la educación.

En sus 58 años de vida Ignacio Ramírez se asemeja a un torbellino. Sus gustos, causas y lealtades de juventud, cuando empieza a utilizar el seudónimo de El Nigromante, no sólo permanecen a lo largo de los años sino que se acendran y diversifican. El prematuro polígrafo se consolida (ensayos políticos, obras de teatro, estudios lingüísticos, historia, entre otros), sus inclinaciones políticas se combinan ahora con los puestos desempeñados en bien de la República (constituyente, juez, tres veces ministro de los gobiernos de Juárez y Díaz, diputado, ministro y presidente de la Suprema Corte de Justicia), cultiva sus dotes de educador (profesor de la Escuela Nacional Preparatoria, director del Instituto Literario de Toluca, autor de libros de texto). Para estas líneas, tres de sus facetas son muy destacables: su preocupación por los pueblos originarios, la defensa de la mujer y la educación. Todo esto combinado con su militancia política, entre otras, su oposición a Juárez desde la propia trinchera liberal (desde el fin de la Intervención Francesa) y . . . porqué no, todavía su último y famoso romance.

Con relación a lo primero, los pueblos originarios, Ramírez critica el sistema político de la época: “la democracia, en México, es sólo aparente”. Fundaba su aseveración en el hecho de que de los tres millones de eventuales votantes en el país, dos millones no tenían voluntad propia, ya que, en su inmensa mayoría, formaban parte de aquél 60% de la población nacional de “linaje indígena”.

Se refería con ello a los mexicanos encuadrados en relaciones sociales en las cuales los papeles desempeñados eran de amos y dependientes; aquellos que viven en villas y rancherías en calidad de domésticos, manejados por mayordomos; aquellos que no tienen bienes, “que les está prohibida la agricultura si no es en beneficio de los amos”; aquellos en los que el administrador deposita en la urna los votos de ellos y “el colegio electoral rara vez nota que se usurpa su nombre para el nombramiento de sus representantes”. Además,  como afirmaba, frente al gobierno el mexicano que vive en esas condiciones todavía paga contribuciones, es reclutado por el ejército, presta trabajos forzados porque se lo pide el ministerio de fomento, y algunas otras obligaciones más. Frente a esta situación ¿Para qué tanta reforma? se pregunta el Nigromante en varios de sus escritos de 1868, a un año de la República Restaurada. En 50 años de vida independiente, y no obstante las “varias Constituciones reconociendo la igualdad . . . los indígenas no se desprenden enteramente de la antigua y funesta tutela”. De ahí el poder que Ramírez le confiere a la educación, reconociendo que el gobierno “nunca había motivado (a los indígenas) a instruirse”.

En lo que corresponde a la mujer, Ramírez puede considerarse como un adelantado a su tiempo. Criticaba que aquella no tuviese reconocida su condición de ciudadana, y que, inclusive, se le esclavizara. Incorporaba esa situación entre los llamados “prejuicios de la desigualdad social”, atreviéndose a predecir: “si igualada la mujer con el hombre duplicará las riquezas y los placeres y borrará la mitad de los delitos”. Consecuente con todo esto llegaba hasta el terreno práctico y urgente: el divorcio. Se refería a encabezar una iniciativa en ese terreno en su calidad de legislador, pero –dicho con sorna–  con la plena conciencia del “grande escándalo que va a levantar . . . entre las cortesanas de alto tono y los más ejemplares de los varones sufridos”.

En su faceta de educador, su pensar y hacer son tan avanzados que Carlos Monsiváis afirma que “Ramírez anticipa . . . la modernidad todavía requerida más de un siglo después”. Congruente con ello, después de la Guerra de Reforma, cuando Juárez lo nombra ministro de justicia e instrucción pública, le dedica buena parte de su tiempo a este último ramo. Así: a) renueva el plan de estudios y la estructura educativa del país, todo esto supervisado por su ministerio; b) dispuso la venta de varias propiedades de la iglesia, destinándolas a las tareas educativas; c) propuso que varios de los impuestos se destinaran a esa función al igual que se estableciese una lotería nacional cuyos beneficios servirían al mismo propósito; d) en Puebla, convirtió la catedral en biblioteca, estableciendo en sus torres un observatorio astronómico y metereológico; e) en la ciudad de México, crea la biblioteca Nacional y establece una galería de pintura; f) destina un mes del calendario escolar a las actividades cívicas, con exposiciones y festivales.

Pero además, su condición de jurista la aprovecha para impulsar la promulgación de varias disposiciones jurídicas en pro de la educación. Entre ellas redacta la Ley de Instrucción Pública para el Distrito Federal y Territorios de 1861, primera disposición en su tipo en que el Estado mexicano asume derechos y obligaciones en la materia, Entre los principales aspectos ahí contenidos están” a)  la apertura de escuelas para niños de ambos sexos; b) auxiliar a escuelas sostenidas por sociedades de beneficencia a fin de que se sujetaran al plan de estudios oficial; c) el gobierno enviaría profesorado de educación primaria a estados y aldeas en donde no hubiere escuelas; d) la capacitación de los profesores debería estar centralizada “y el curso de sus estudios debería orientarse hacia un nuevo modelo de educación”; e) habría nuevos planes de estudios en primaria, y la secundaria sería especializada a partir de la creación de nuevos centros de instrucción; f) se fundarían escuelas de artesanos, agricultura, comercio y bellas artes; g) fuera de esta ley todavía el ministro Ramírez  moderniza los estudios en las escuelas de jurisprudencia, medicina y minería. Establece, además, el Instituto para la enseñanza de sordomudos.

A todo lo anterior habría que sumar lo que se contiene en el tomo VI de sus obras completas, donde se identifican, entre otros textos: a) sus estudios pedagógicos (educación indígena, de la mujer, en los municipios), textos escolares (libro progresivo para la enseñanza primaria, geografía del estado de Guanajuato), lingüística (estudio de los idiomas mexicanos: tolteca, azteca, maya). Aparte de todo esto fue un profesor de literatura en la Escuela Nacional Preparatoria y director del Instituto Literario de Toluca, donde renovó la enseñanza correspondiente.

Un año después de haber enviudado, el deseo o la pasión – o ambos—aparecen intensamente en el Nigromante. Aún ejercía su ministerio en la Suprema Corte de Justicia, pero continuaba con su forma de ser de toda la vida, entre ellas las de opositor a Díaz, no obstante haber formado parte de los redactores del Plan de la Noria como del de Tuxtepec. En alguna de las tertulias literarias de la época empezó a tratar a Rosario de la Peña (aquella mujer de leyenda que ya arrastraba la fama de ser la causante del suicidio de Manuel Acuña y a quien más tarde le atribuirían romances con José Martí y Manuel M. Flores). David Maciel califica de “amor otoñal” el que ambos sostuvieron brevemente. Ella tenía 26 años, él 55 (fuera de los parámetros reconocidos todavía como deseables, cien años después, por el gran José José). A ella dedicó una buena parte de sus versos, deslumbrado por su belleza y forma de ser: “la admiran los nocturnos luminares / le sonríen los montes y los mares / y es un rival del sol . . .”.

Quienes lo honraban llamándole el “Voltaire Mexicano” olvidaban que, a diferencia del francés — epítome de una vida intelectual prodigiosa— , el Nigromante había sido un hombre de acción y no sólo por los puestos desempeñados. A sus 45 años se alistó en el Batallón Hidalgo, aquél que se formó con voluntarios para la defensa de la Ciudad de México ante el acoso de las fuerzas del mariscal Bazaine.

Tres días antes de su muerte, aún como ministro de la Corte, sale a dar un paseo en la Plaza de la Constitución (Zócalo) – quizá presintiendo que sería su última última vez-. Camina y observa intensamente el entorno de lo que constituía el corazón del país por el cual había hecho tanto. Retorna a la SCJ, se siente mal, lo llevan a su casa, falleciendo el 15 de junio de 1879. Estaba próximo a cumplir los 61 años. Se apagaba la llama que ardía en el pecho de este mexicano de excepción.

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Colofón: Las obras completas de Ignacio Ramírez fueron editadas por el Centro de Investigación Científica Jorge L. Tamayo, transformado desde 1999 en el Centro Geo, integrado al Conacyt y especializado en Ciencias de la Información Geoespacial. Antes de esa fecha, el Centro fundado por el Ingeniero Tamayo se dedicó, entre otras actividades, a reunir todos  los textos de Benito Juárez difundiéndolos a través de varios volúmenes e inclusive en CD-ROM. Pero también al rescate y difusión de la obra de varios mexicanos ilustres, como es el caso de Ignacio Ramírez (siete tomos), o la colección de libros,  en torno a México y la paz  (tres tomos), Pedro Santacilia (dos tomos), Realidades y proyecciones de México  (J. L. Tamayo, tres tomos), entre muchos otros. El ingeniero Tamayo dedicó buena parte de su vida, entre sus muchas y fértiles actividades, a este Centro, siendo continuado en la tarea por doña Marta López Portillo Vda. de Tamayo. Lo realizado por ambos tiene un valor imperecedero para las nuevas generaciones de mexicanos.

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