Eufemismos, mentiras y “travesuras” políticas

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Políticos, funcionarios y medios desfiguran el idioma en un intento de ocultar graves faltas

En su origen, el eufemismo tiene un propósito cordial de atenuar la rudeza o crudeza de una palabra o expresión que pudiera herir susceptibilidades. Con tal propósito, hasta hace poco, correspondía a una especie de “mentira piadosa”, con uso excepcional, hasta que se convirtió en un hábito para mentir y para deformar la realidad.

Del latín euphemismus, y éste del griego euph?mismós, el sustantivo masculino “eufemismo” tiene la siguiente definición en el diccionario académico: “Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”. Mucho mejor es la definición de María Moliner, en el Diccionario de uso del español: “Expresión con que se sustituye otra que se considera demasiado violenta, grosera, malsonante o proscrita por algún motivo”. Ejemplo: Son unos jijos, en lugar de Son unos hijos de la chingada.

Pero el eufemismo y las inflexiones eufemísticas, que se caracterizaban por ser excepcionales (las más de las veces obligadas por el tabú), se han convertido hoy en formas habituales de la falsedad y la mentira, especialmente en los ámbitos económico y político, en los cuales el uso de la mentira y la falsedad es cosa de todos los días. Así, al “despido masivo de trabajadores” se le dice “ajuste de personal”, y al “aumento de impuestos” se le denomina “ajuste presupuestal”. Más que eufemismos son burdas mentiras cuyo propósito no es evitar que los afectados se sientan heridos, sino proteger la “honorabilidad” de quienes los afectan, dañan o perjudican.

Este tipo burdo de eufemismo no tiene el propósito de atenuar algo en beneficio de los ofendidos o afectados, sino que sirve para falsear la realidad en beneficio de quienes realizan la afectación, y, por todo lo dicho, ha dejado de ser un eufemismo en su sentido original, para convertirse en descarada mentira de “bribones”, y ésta es una voz eufemística en lugar del vocablo que mejor le parezca al lector para referirse a tales individuos que ya ni la burla perdonan.

Decir que un “anciano” es una “persona de la tercera edad” o un “adulto en plenitud” son formas eufemísticas bobas o bastante torpes, porque el sustantivo “anciano” (e incluso “viejo”) tiene una nobleza de milenios y no corresponde a ningún tabú. Si hay “niños” y hay “jóvenes”, también hay “adultos” y “ancianos”. ¿Cuál es el problema? Sin embargo, los torcidos eufemismos de la economía y la política son peores. Una de estas descaradas mentiras es llamar “travesura” al “fraude” o al “delito”. En México ya es habitual, y, con ello, se altera el recto sentido de las palabras, y se abona el suelo no sólo para la corrupción política, sino también para la corrupción lingüística. Veamos por qué.

Delito, no travesura
El sustantivo femenino “travesura” posee tres acepciones en el DRAE: “Acción maligna e ingeniosa y de poca importancia, especialmente hecha por niños”, “acción y efecto de travesear” y “viveza y sutileza de ingenio para conocer las cosas y discurrir en ellas”. Ejemplos: Los niños siempre andan haciendo travesuras; En la edad infantil, todo es travesear. Resulta obvio que ni en la economía ni en la política (ámbitos en los que no participan realmente los niños) se realizan “travesuras” (“acciones de poca importancia”), sino otro tipo de acciones muy lejos de ellas: cosas graves que, cuando se apartan de la ley, no pueden ser sino “fraudes” u otro tipo de delito. Torcer la ley o pretender torcerla no es, jamás, una “travesura”. Los niños, generalmente, no se ocupan de estas cosas: sus “travesuras” (auténticas “travesuras”) pueden ser romper los cristales de la casa vecina a pedradas o pelotazos, o perseguir al gato para tirarle del rabo.

Los adultos, en cambio, cuando tuercen la ley, o se afanan en torcerla, no cometen “travesuras”, sino faltas más o menos graves que se tipifican según el código penal. El sustantivo masculino “delito” significa “culpa, quebrantamiento de la ley” (DRAE), y a quien comete un delito no se le dice “travieso”, sino “delincuente”, y se le castiga de acuerdo con la gravedad del delito cometido. El sustantivo masculino “fraude” (del latín fraus, fraudis) designa un tipo de delito que el diccionario académico define del siguiente modo: “Acción contraria a la verdad y a la rectitud, que perjudica a la persona contra quien se comete” y “acto tendente a eludir una disposición legal en perjuicio del Estado o de terceros”.

Por ello es grave que, contra la semántica y contra la lógica del idioma, denominar eufemísticamente, “travesura” al “fraude” que, en su definición, conlleva un “delito” y no una “acción maligna e ingeniosa y de poca importancia, especialmente hecha por niños”. Lo que asombra (aunque en México ya no debería asombrarnos nada) es que los propios representantes de la autoridad hablen de “travesuras” para referirse a acciones que están muy lejos de equipararse con las “travesuras”. Así, en la revista mexicana Proceso, leemos que “en una entrevista el consejero del INE [Instituto Nacional Electoral] José Roberto Ruiz Saldaña, el único que votó contra la sanción por no encontrar elementos documentales fehacientes de que se cometió fraude a la ley, dice que pudieron haber existido ‘travesuras’ en el proceso de investigación”. ¿“Travesuras”? Individuos muy lejos de la infancia, adultos y viejos, transgreden la ley, ya sea para beneficiarse ellos o beneficiar y perjudicar a otros, y resulta que lo que hacen son “travesuras”, es decir “acciones de poca importancia”. ¡Ah, qué traviesos estos redomados bribones!

Siendo así, estos políticos y funcionarios deberían mejor ponerse a jugar a la matatena o a las escondidas, y hacer “travesuras” (trampas, ventajas, etcétera) mientras juegan, pero no deberían estar ni en puestos ni en instituciones del ámbito público. Y deberían tener siempre a la mano un diccionario de la lengua española ante de abrir la boca. Llamarlos “bribones” es utilizar un eufemismo. Los políticos no son “traviesos”, sino “aviesos”, y el adjetivo “avieso” (del latín aversus, “desviado, torcido”) significa “torcido o fuera de regla” y “malo o mal inclinado”. Por ello, casi siempre, la expresión “político honrado” es un oxímoron.

Cuando Jaime Rodríguez Calderón, mejor conocido como “El Bronco” (hoy en la cárcel), fue acusado de incluir firmas falsas para lograr el número de apoyos ciudadanos que necesitaba para ser candidato sin partido a la presidencia de México, dio una conferencia de prensa y afirmó lo que recogieron los medios impresos y electrónicos, entre ellos el diario Reforma: “Firmas falsas, travesura no fraude: Bronco”. Se trata de una falta de respeto a la inteligencia de los lectores. El tal Bronco puede decir lo que quiera, pero, si las firmas son falsas, hay fraude, no travesura. Usar el eufemismo para delinquir se ha vuelto costumbre en el idioma porque también se ha convertido en hábito en la realidad.

En el motor de búsqueda de Google aparecen 105,000 resultados de la expresión “travesuras de la política”, y entre estos más de cien mil resultados están los siguientes ejemplos: “firmas falsas no son fraude, son una travesura”, “firmas apócrifas son una travesura”, “no hay fraude, sino travesuras, dice El Bronco”, “el periodo de elecciones trae consigo travesuras políticas”, “mucha libertad para travesuras políticas”, “cómplices de algunas travesuras políticas”, “estas recientes travesuras políticas”, “volverán a las travesuras políticas” (no llamemos “travesuras” a los delitos), “sigue con sus travesuras políticas”, etcétera. Si el idioma se usa para mentir, hasta un asesinato puede llamarse “travesura”. Estamos en un momento en que el idioma ha sido desfigurado por la política.

Acerca del autor
Juan Domingo Argüelles
Fabulaciones

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018), Escribir y leer en la universidad (ANUIES, 2019), La prodigiosa vida del libro en papel: Leer y escribir en la modernidad digital (Cal y Arena/UNAM, 2020) y ¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español (Océano, 2021). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

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