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Escritores, lectores y dos ejemplos de honestidad

Ser lector no nos convierte en virtuosos, así como escribir un libro no nos hace eternos

Burgueses y proletarios

Divertida y sarcástica es la anécdota de Borges acerca de las convicciones políticas “de izquierda” de ciertas personas acomodadas que no hallan contradicción entre sus dichos y sus actos. La recoge Adolfo Bioy Casares en el gran diario Borges (Destino, Barcelona, 2006) que se publicó póstumamente. Escribe Bioy, en ese maravilloso y enorme libro: “Xul [Solar] le contó que un día volvía de no sé dónde en el coche de [Cayetano] Córdova Iturburu. Discutieron. Córdova se disgustó; dijo que Xul tenía ideas burguesas, y lo hizo bajar. El proletario siguió en su automóvil, y el burgués se quedó a pie. ‘Con una valijita, tuve que caminarme dos leguas’, dijo Xul”. Conozco proletarios así: de automóvil y hasta de chofer, con comodidades más confortables que las de cualquier “burgués” medio: radicales hasta la pared de enfrente en su discurso político “de izquierda”, pero incapaces de darse siquiera cuenta de sus escandalosas incongruencias: acusan de “burgueses” a los peatones, en tanto que ellos se “ennoblecen” con ideas (¡pero sólo con ideas!) “proletarias”. Algunos de ellos son clasistas entre los clasistas, aunque presuman y se asuman “izquierdistas”: justamente como ese Córdova Iturburu (concuñado del “Che” Guevara) que bajó de su automóvil al verdadero proletario, y peatón, porque no podía soportar sus “ideas burguesas”.

Sembrar fuera del surco

Hay gente que escribe en vano. Su obra será olvidada: nadie se acordará de ella poquísimo tiempo después de muerto el autor. Asimismo, hay gente que lee en vano: que simple y sencillamente pasa página tras página de un libro y de dos y de tres, y de veinte y de cientos, y no sucede nada que altere su sensibilidad ni modifique sus fanatismos. Es más, mientras más lee, más fanática se vuelve. Pero ¿a quién se le puede prohibir que escriba y a quién impedir que lea? ¡Nada más libre que la escritura y la lectura!, hasta que llegan los tiranos, ya sean políticos o culturales, y dictan, establecen, qué se puede escribir y qué no, y qué se debe leer y qué no para ser perfectos ciudadanos. Entre los peores prohibicionistas y autorizadores están los “culturales” que, por lo general, ni siquiera son cultos (aunque escriban y lean libros). Escriben porque tienen manos; leen porque tienen ojos. Pero entre ellos es frecuente escuchar y observar que reniegan de la cultura, de la imaginación, del placer, de la inteligencia, del saber, del gozo del conocimiento. Son lectores y pueden ser escritores y a la vez fanáticos delirantes. Paul Groussac nos recuerda que “delirar”, según su etimología, significa “sembrar fuera del surco”; es decir, “delirar” implica la dirección errada del cultivo, ni más ni menos que la dirección equivocada del hecho de cultivar y cultivarse, pues siempre se espera que, de la lectura de libros, y aun de su escritura, surjan individuos libres de prejuicios, ataduras, fundamentalismos, dogmatismos, etcétera: seres transformados por la letra en personas, precisamente, más “cultivadas”. La historia nos demuestra que ese es sólo un ideal: algo a lo que siempre debemos aspirar, pero algo también que no siempre se cumple, y cuando se produce el fracaso en el cultivo de la letra, éste no es culpa de los libros, y a veces ni siquiera de los autores, sino de los lectores que no saben leer por sí mismos, sino encaminados por alguien que no sólo les fija la lectura sino también el único camino (fuera del surco) en el que deben arrojar sus semillas. Esos son los “delirantes”.

Libros para comentarse

Hay momentos de decadencia en la literatura (los ha habido en todas las épocas) cuando quien escribe y publica libros (esto es, los “autores”) lanza productos que no son para leerse, sino para comentarse y para “situar” a sus autores entre la crítica autoritativa ya sea periodística o académica. En lo último que piensan estos autores es en que sus libros vayan a leerse con emoción o con felicidad. No son libros para lectores, son libros para comentaristas, y parte de la bibliografía que hay que acumular para que el prestigio crezca. Y no es extraño que estos libros, algunos francamente ilegibles, ganen premios. Son esos libros que se programan con el auxilio de un esquema meticuloso pero desapasionado; libros que ni siquiera exigen el gusto de la escritura. Son más famosos que leídos, y sus autores llegan a ser considerados hasta “estilistas”, sustantivo éste más adecuado a las profesiones de la moda y la peluquería que al oficio de escritor. De pronto un “crítico” establece que, con su nuevo libro (cuyo título se olvida en un instante, o en dos segundos), el autor da muestras de originalidad y de ser “dueño de una voz” (esta ridiculez es de lo más frecuente), como también suele escribirse en las actas del jurado que premia cosas que merecen ser definidas así: incomprensiblemente. Si alguien no es dueño de una voz, tal vez lo sea de sus zapatos. Hay lectores que se tragan estas cosas, y a veces pueden ser muchos, pero ya pasado un tiempo, ni siquiera largo, nadie se acuerda de ellas ni mucho menos del dueño de la voz.

Lecciones de honestidad

Tiene toda la razón Gabriel Zaid: “Hay más gente honesta de lo que se supone”. Aquí y en todo lugar; hoy y en todo tiempo. Estas dos anécdotas tan parecidas, y tan distantes en el tiempo, lo prueban y lo ilustran fehacientemente.

En Francia: “La camarera del pequeño restaurante del muelle, en el que cené anoche, me dijo:

“—¿No se ha equivocado el señor?

“Y, en efecto, sin prestar demasiada atención al cambio que me devolvía, le estaba dejando como propina una de las nuevas monedas de diez francos, que tomaba por una moneda de dos francos. Yo no me habría dado cuenta si ella no me hubiera advertido; y nada la empujaba a hacerlo, nada más que ese sentimiento de honestidad que me parece siempre sorprendente, admirable”. (André Gide, Diario, 14 de abril de 1933.)

En México: “Cuando salieron los billetes de mil pesos, pedí uno por curiosidad. Lo traje en la cartera inútilmente. Entonces era mucho dinero, y no lo aceptaban al pagar. Un día desapareció. ¿Robado? Imposible: se hubiesen llevado la cartera. En un café que frecuentaba, la dueña salió a preguntarme: ¿No se le ha perdido algo? Yo creí dejar de propina un billete de veinte, y el de mil se parecía. Comprendiendo mi error, lo guardó para devolvérmelo. Hay más gente honesta de lo que se supone”. (Gabriel Zaid, Letras Libres, junio de 2021.)

Acerca del autor

Juan Domingo Argüelles
Fabulaciones

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018), Escribir y leer en la universidad (ANUIES, 2019), La prodigiosa vida del libro en papel: Leer y escribir en la modernidad digital (Cal y Arena/UNAM, 2020) y ¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español (Océano, 2021). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

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