Entre la literatura y el cine: En el centenario de Pier Paolo Pasolini

Personaje polifacético y controvertido, crítico e incendiario, fue además de director cinematográfico, actor, periodista, dramaturgo, pintor y activista político.

En su plenitud creativa, condensó su talentos poético, visual y dramático en Pajaritos y pajarracos, de 1966, considerada por muchos su obra maestra.

El sui generis talento y la inagotable creatividad de Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922- Lacio, 1975) se apagaron un frío 2 de noviembre de 1975 cuando, tras el estreno de su última película Saló o los 120 días de Sodoma y en circunstancias hasta la fecha no del todo esclarecidas, fue brutalmente asesinado. Murió en su plenitud creativa, a los cincuenta y tres años de edad, y en una época en que todavía tenía sentido defender causas de una utopía que, como tantas otras, las propias estulticia y ambición humanas se han encargado de llevar al fracaso y sepultar.

Un personaje casi del Renacimiento, polifacético y controvertido, crítico e incendiario, fue además actor, periodista, dramaturgo, pintor y activista político. A los diecinieve años publicó su primera colección de poemas que apreciaron personajes como el crítico Gianfranco Contini y el poeta Alfonso Gatto, como sucedió también con su temprana obra plástica. De aguda formación literaria y un lector voraz, fue director en jefe de la revista II Setaccio, hasta que se conflictuó con el director que comulgaba con el régimen fascista. Consciente de que los buenos viajes ilustran, su primera visita a Alemania le permitiría entrar en contacto con prestigiados intelectuales que lo incentivaron a abrir los sentidos y reconocer el estatus todavía provinciano de ciertas regiones de Italia, confirmando y ampliando sus propias ideas y postura políticas.

Prisionero de la Wehrmacht alemana, después de escapar se unió con un grupo de jóvenes fanáticos del lenguaje friuliano que, en medio de los bombardeos aliados, se reunieron en torno a la publicación clandestina Stroligùt di cà da l’aga, por la época en que ya trabajaba su tesis sobre Giovanni Pascoli. Sensible autor de La mejor juventud, /i>Las cenizas de Gramsci (en torno a uno de sus personajes de cabecera y Premio Viareggio) y Poesía en forma de rosa, de igual modo lo fue de los incómodos también poemarios El ruiseñor de la Iglesia católica y La religión de mi tiempo, como punta de lanza de una postura que se recrudecería en su libro de ensayos Pasión e ideología. Un intelectual de su tiempo, no menos valiosos son sus textos Sobre la poesía dialectal, La poesía popular italiana y Escritos corsarios, o sus antologías Poesía dialectal del siglo XX y Antología de la poesía popular, donde se perfilan sus no menos sabias dotes filológicas.

Como narrador, nos legó las ya muy visuales y cinematográficas novelas Muchachos de la calle, Una vida violenta y Mujeres de Roma, y como dramatugo, Orgía y su ulterior Calderón. Su obra poética, igual que la ensayística y la periodística, polemiza con el marxismo oficial y el catolicismo, a los que llamaba “las dos iglesias” y les reprochaba no entender la cultura de sus propias bases proletarias y campesinas. Visionario, juzgaba asimismo que el sistema cultural dominante, sobre todo a través de la televisión, creaba un modelo unificador que destruía las culturas más ingenuas y valiosas de las tradiciones populares. En 2010 salió a la luz el capítulo perdido de su más ambiciosa novela Petróleo, donde el no menos agudo periodista escribe alrededor de varios escandalosos asesinatos cometidos desde la década de los sesenta, cuando comenzó a escribirla, incluido el del presidente de la petrolera ENI, Enrico Mattei, en 1962, en un accidente aéreo envuelto en el misterio, como el propio asesinato del autor trece años después.

Su carrera cinematográfica inició en la década de los sesenta, influido por los propios personajes de la Commedia dell’arte y algunos de los más críticos autores del Neorrealismo, tras la construcción de un estilo narrativo y visual en el que predominan el patetismo y la ironía. Así se muestra desde su debutante Accattone donde inicia su muy fructífera relación personal y profesional con Franco Citti, uno de sus actores fetiche, otrora su alumno. Su primer gran éxito Mamma Roma reafirma esta primera etapa, con una Anna Magnani ya como primerísima actriz. El multicitado El Evangelio según San Mateo implica ya una vuelta radical de tuerca (ateo recalcitrante, ya había sido antes condenado a cuatro meses de prisión por sus posiciones anticlericales en el filme Ro.Go.Pa.G.), si bien no traiciona sus obsesiones personales ni las constantes de su poética al presentar el pasaje bíblico en una lectura consecuente con su postura ideológica. El propio director de L’Osservatore Romano, Giovanni Maria Vian, la ha considerado “una de las más bellas cintas jamás rodadas sobre la vida de Jesucristo”.

En plenitud creativa, Pajaritos y pajarracos, de 1966, es considerada por muchos críticos como su obra maestra, donde mejor se condensan su talentos poético, visual y dramático. Parábola política y humanística, inmortalizó al entrañable actor cómico Totó en una inolvidable creación, y es una película donde la música es protagonista desde que arranca la cinta. Después de un Edipo Rey donde pareciera no alcanzó a penetrar como pretendía en la tragedia de Sófocles, vino su ya obra de culto Teorema, de 1968, su consagración internacional y quizá su obra más citada, con magnánimos trabajos de Terence Stamp y Laura Betti protagonizando una historia sórdido-sensual que levantó ámpulas en su tiempo. Enseguida vendrían su no menos cruda y polémica Pocilga, y su personal Medea, a partir del clásico de Eurípides, con “La Divina” Maria Callas en el reparto.

Los década posterior arrancaría con la llamada Trilogía de la vida, compuesta por El Decamerón, Los cuentos de Canterbury y Las mil y una noches, los tres títulos presentes y protagonistas en los festivales de Cannes, Berlín y Venecia. El inicio de la última etapa creativa de Pasolini, supuso lecturas más libres y menos narcisitas de sus pasiones literarias. En 1971 apareció Los cuentos de Pasolini, de Sergio Citti, que aprovechaba el gran éxito del cineasta ––ya una auténtica leyenda viviente–– y de su otro actor fetiche Ninetto Davoli. Su ulterior y testamentaria Saló o los 120 días de Sodoma llamó la atención además por su no menos irreverente tono autocrítico, en derredor de la personalidad y la obra de otro de sus escritores de cabecera, el Marqués de Sade, donde la libertad y la imaginación creativas rompen todos los posibles prejuicios y fronteras convencionales entre decantación lírica, erotismo, pornografía y provocación.

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