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En el centenario luctuoso de Marcel Proust: Una filosofía hecha obra de arte

Escritor nato y erudito, con En busca del tiempo perdido dio vida a un acto sublime de libertad creadora

Autor de la revolucionaria novela-río por antonomasia En busca del tiempo perdido, Marcel Proust (París, 1871-1922) apeló a una intuición tan certera como la “linterna mágica” evocada en su obra maestra, y lo hizo muy por encima de cuanto hayan podido aprehender sus sentidos a flor de piel. Dada su condición enfermiza que le prohibió frecuentar los salones y ambientes aristocráticos de su época, pudo en cambio percatarse de las cosas por medio de revistas, correspondencia, fotografías y experiencias propias almacenadas en la memoria, bodega y expediente por antonomasia de los recuerdos.

Talento e inteligencia le permitieron describir con mayor exactitud lo que ningún otro hubiera podido hacer incluso viviendo noche y día en los ambientes novelados por el autor de A la recherche du temps perdu. Dotado novelista de los claroscuros, de tiempo completo, Proust representa al escritor nato, con la erudición y el olfato de un lector voraz. Esteta capaz de convertir en arte cuanto se propuso, con su obra maestra construyó una de las más sorprendentes odiseas novelísticas modernas, esquema ambicioso pero perfectamente acabado, colosal catedral gótica de un mundo aristocrático francés decadente y en vías de extinción.

Escrita a partir de 1903, En busca del tiempo perdido representa una enorme pintura moral de los abismos y aberraciones de la sociedad francesa de la época, analizando con exacerbadas precisión y meticulosidad todo aquel complejo de haceres y de cosas ––sólo en apariencia insignificantes–– que le preocupaban y obsesionaban, con la concreción propia de un investigador y al margen de los convencionalismos de las técnicas narrativas al uso. Novela culminante de una construcción estética ––y metafísica–– de vida, no tiene principio ni fin, pareciéndonos en ocasiones atemporal e infinita, continuo análisis de fenómenos, hechos y sentimientos del espíritu humano, de la mano de una aguda y sensible inteligencia que profundiza hasta crueldad.

Proust coincidió con Bergson ––asistió a un curso donde se encontró con los poetas Antonio Machado y T. S. Eliot–– al hacerse de los medios necesarios, de toda una serie de sensaciones perfectamente estructuradas, para reconquistar un pasado por medio de influencias perdidas. El tiempo no resulta ser aquí más que invención convencional del hombre, y lo que en verdad importa son los actos realizados y las imágenes conservadas. Una sensación, o serie de sensaciones, actúa como motor impulsor de recuerdos; la mente no almacena hechos concretos, sino que éstos se reviven gracias a actos sensibles parcial o completamente idénticos a los experimentados en el pasado. El novelista parte de una realidad descompuesta y sin tiempo preciso, para entonces crear un bosquejo infinito en el cual cualquiera de nosotros lectores puede proyectarse en determinado momento. ¿Quién no ha amado alguna vez a una pequeña Odette como Carlos Swann, o deseado enfermizamente a otra Albertina como el Proust novelado?

Frases musicales tomadas de Vinteuil (Saint-Saëns), la rica y profunda prosa de Bergotte (Anatole France), los trazos y coloridos excelsos de Elstir (fusión de varios impresionistas), todo ello corresponde a En busca del tiempo perdido, narración en la cual todos los sentidos se hacen uno mismo (sinestesia), el aguzado y exquisito del autor: sensibilidad, vida de impulsos y ajena a cualquier estereotipo que no tenga como función primaria ennoblecer el espíritu.

El pasaje de las “magdalenas” es el más citado por representar la síntesis de una obra tan extensa como compleja; allí se comprueba, por otra parte, la tesis bergsoniana, cuando el recuerdo involuntariamente aflora por evocación de un hecho que a los sentidos se repite. Es la frase musical de Vinteuil, por ejemplo, la incitación necesaria para que el amor por Odette, la hija de los Swann, acuda como torrente de ilusión a la memoria del personaje; ella, ayer glorioso, recorría los mismos caminos de su padre en Combray, en la primera parte de la primera de las siete novelas que componen este todo continuo. El crisantemo, la flor que acostumbraba llevar la señorita de Crécy en la cabeza, de igual manera seduce la memoria del joven enamorado; Botticelli, el pintor renacentista, se convierte en otro instrumento de evocación a la pasión por Odette, gracias a su “Céfora”. El arte sublima al ser amado y a todo lo que con él tiene que ver; el mismo Proust contribuye a ello. Si es verdad que la necesidad dolorosa por poseerla se hace en ocasiones enfermiza, también lo es que las evocaciones que el arte le proporciona en parte lo tranquilizan y le satisfacen: la imaginación sustituye al deseo.

Proust convierte en literatura pura toda una teoría filosófica; una filosofía, la de Bergson, hecha obra de arte por Proust. Sus sensaciones se metamorfosean en recuerdos (Bergson), y los recuerdos, en un oficio estético, se novelan. ¡Ya decía Balzac que toda vida es digna de ser novelada! Proust temporiza aquello que parecía atemporal, aquello que era material inacabado de la memoria. Todo acto artístico resulta reivindicante al sublimar lo en apariencia prosaico, y En busca del tiempo perdido es un claro ejemplo de ello. La Odette de la novela, y aun la idealizada por el personaje, es sin duda superior a la Odette física.

Para Proust el nombre dice mucho más que la cosa evocada, quizá por sus mismas resonancia y visualización: dos sentidos ligados; el nombre es sustancia, carga emocional depositada en él, como nos lo hace saber en Nombres de tierras, el nombre (tercera parte de Por los caminos de Swann), en donde las evocaciones están ligadas a un ambiente determinado y a una personalidad propia del lugar. ¡El nombre confiere una individualidad a la cosa referida! Este es el aspecto de la obra de Proust que supera, creo, las aseveraciones bergsonianas, las cuales reducían dicho fenómeno a una relación llana entre referente y referencia. El recuerdo, en Proust, intensifica el objeto evocado; cuando la memoria recrea lo que amamos, dicho objeto amado es fortalecido en su esencia gracias a la reinvención ––se le añaden atributos que no le corresponden–– que de él hace nuestro espíritu.

El conjunto de En busca del tiempo perdido recorre instantes, vidas y sucesos para encontrar un tiempo ido de sensaciones, de deseos y de pasiones que se funden en un presente eterno y a prueba de toda ruptura, y en el que Proust se fusiona con su “alter ego” literario para entregársenos como perpetuidad de un tiempo perdido para la vida pero recuperado para la literatura. La obra de Proust, su vida misma, se justifica en el lenguaje, que por medio de siete novelas revela un genio y una sensibilidad sorprendentes, tanto como el mismo mundo en el que nos sitúa; un espacio de imágenes sensoriales que recrean una realidad ––verdad por el lenguaje y para el lenguaje–– próspera de sustancia y materia. Una gran novela que vierte toda una vida, la cual se explica por su inefable afán de hacerse literaria.

En busca del tiempo perdido representa un acto sublime de libertad, de libertad creadora, que trascendió a su creador agazapado en la burbuja de aislamiento a que lo condenaron su propia personalidad introspectiva y su condición enfermiza dentro de una sociedad conservadora que en el fondo él mismo percibía con recelo, de ahí sus incontables cifrados y entrelíneas.

Mario Saavedra
Escritor, periodista, editor

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