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El orgulloso analfabetismo funcional

"Yo nunca he leído un libro y soy dueño de una empresa." Un empresario regio resume sin culpa el analfabetismo funcional que Gabriel Zaid detectó hace décadas: el problema no es la gente pobre, sino los profesionistas que no quieren leer. La IA acelera el regreso a la oralidad y hace más urgente la pregunta: ¿para qué leer si ChatGPT lee por ti?
Mientras a algunos les enorgullece nunca haber leído un libro, otros ponen a las máquinas a leer para no esforzarse.

Después de escribir no uno ni dos ni cinco ni diez ni quince, sino más de veinte libros sobre el tema de la cultura escrita; después de haber reflexionado sobre la cultura libresca y sobre la libertad y la obligación de leer, llego al último tramo de mi vida con la certeza de que la gente adulta que no lee ya está, salvo excepciones, prácticamente perdida para los libros.

Es del todo cierto que, cuando nos volvemos viejos, los recuerdos nos asaltan a cada momento, y, además, nos da por compartirlos. Uno de mis más queridos editores, Rogelio Carvajal (del que no sé nada desde hace muchos años), me dijo en cierta ocasión: “En cuanto al tema de la lectura, hay que hacer algo con los niños y por los niños, por los púberes y con los adolescentes inclusive, porque todo gran esfuerzo que se destine entre los adultos y, sobre todo, entre los más viejos, que no leen y que no quieren leer, es por lo general una pérdida de tiempo y, en muchos casos, una total inutilidad”.

Desde entonces, ya era el pesimista que soy: un optimista informado que utiliza la lógica y atormenta severamente la razón para que sea imposible hacerme el tonto o, ya de plano, serlo sin aceptarlo. Y, sin embargo, llegué a creer que algo, un algo cualquiera (hay quienes lo llaman milagro, pero yo no creo en los milagros), se podía hacer por los analfabetos funcionales, muchos de ellos profesionistas, pese a que Gabriel Zaid ya nos había advertido, con su acostumbrada lucidez, que el problema de la lectura no está en las masas, en la gente pobre, en los más desfavorecidos social, económica, cultural y educativamente, que no leen libros porque éstos no forman parte de sus experiencias cotidianas ni de sus gastos, sino que el problema radica en los profesionistas y, muy especialmente, en los universitarios que no quieren leer, sino que los lean, y que no quieren leer, sino escribir.

Hoy, luego de muchos años, le concedo la plena razón a mi amigo el editor Rogelio Carvajal. Es inútil y desgastante destinar penosos esfuerzos entre la gente que no nació para lectora y que destina su tiempo en muchas cosas, incluso muy virtuosas, pero no en los libros. Muchas de estas personas no tienen argumentos, sino pretextos, para decir que no leen por falta de tiempo si tal tiempo lo utilizan para mil cosas, pero no para leer un libro, un breve libro o, ya de plano, un grandioso brevísimo libro: El principito, La metamorfosis, El viejo y el mar, Pedro Páramo, La isla del tesoro, El corazón de las tinieblas, Novela de ajedrez, El extranjero, El gran Gatsby, La muerte de Iván Ilich, Sonata a Kreutzer, Veinticuatro horas en la vida de una mujer, El jugador, El héroe de nuestro tiempo, Historia universal de la infamia, El túnel, Cartas a un joven poeta, Bartleby el escribiente, etcétera.

Es verdad que una vocación puede ser excluyente, pero lo cierto es que quien lee libros también suele amar la música, la pintura y el arte en general. Y lo he dicho mil veces en mis libros: si se gana un músico o un melómano, sería absurdo reprocharle a alguno de los dos que no sean escritores o lectores; si la pintura se vuelve una pasión absorbente que deja poco tiempo para leer, ¿por qué habríamos de reprochárselo al pintor? De ahí también que, como bien afirma Daniel Pennac, en Como una novela, “el verbo leer no admite el imperativo”, y lo peor que se puede hacer y que hace la escuela es obligar a leer ciertos libros que sólo admiten ser leídos por placer. Y luego, peor aún, es que se impongan exámenes de respuestas correctas únicas a esos estudiantes entre los cuales algunos, quizá, hasta disfrutaron el libro. En ese mismo instante se pierde un lector y se gana a un enemigo de la lectura.

En cambio, por muchas barreras que se le impongan a un lector de vocación, llegará a los libros. Es el caso de Kafka, sí, pero también de otros lectores menos ilustres que Kafka, el gran escritor que sentenció en su diario: “Jamás le haremos entender a un muchacho que, por la noche, está metido de lleno en una historia cautivadora, jamás le haremos entender mediante una demostración limitada a sí mismo, que debe interrumpir su lectura e ir a acostarse”.

El mito del lector triunfador
En contraparte, por muchas facilidades que se le brinden a quien no quiere leer, jamás será esa persona perdida entre los libros y por los libros y cuya existencia no podría explicar sin los libros. Esta verdad la vengo exponiendo desde hace tres décadas: la gente puede vivir sin libros, puede vivir sin música, puede vivir sin experiencia artística ninguna y triunfar social y económicamente, pese a que vivimos en una sociedad hipócrita que asegura que la lectura de libros nos hace triunfadores y nos transforma en gente respetable y respetada; peor aún: en gente moral y éticamente buena. Lo cierto es que esta afirmación cae por su propio peso, pues la lectura de libros sólo es importante simbólicamente en una sociedad que no abre plazas de trabajo y le da el mejor empleo al gran lector y, en caso de que tenga que elegir entre un candidato y otro, el no elegible es quien lee demasiado, pues cualquier empresa que siempre busca el mayor rendimiento laboral tiene derecho a sospechar que el loco por la lectura será un trabajador poco rentable que se la pasará leyendo en horas de trabajo. Por ello, no representa ninguna ventaja, al solicitar el empleo, decir que se ha leído la Ilíada, el Quijote, Guerra y paz, Crimen y castigo, etcétera, incluso en ámbitos culturales.

Como ya podrán adivinar, en este tema que amo, me declaro derrotado. La mal llamada inteligencia artificial (en realidad, no es inteligencia, sino acumulación de información) nos retornará, obligadamente, a la oralidad. No tiene sentido leer, si esto lo puede hacer ChatGPT; no tiene sentido escribir el resumen de un libro (no leído), si esto lo puede hacer ChatGPT; no tiene sentido pensar, si ChatGPT piensa por todos y por cada uno de los que se acercan a él para recibir respuestas sin que les importe reflexionar sobre el sentido de ellas. Además, hay en este país y, supongo, en otras partes del mundo, gente orgullosísima de su analfabetismo funcional: se jacta de no leer libros y pongo un ejemplo autobiográfico que me ocurrió en un avión, en un vuelo a Monterrey.

Si hay algo que detesto es que el pasajero que viene sentado junto a mí interrumpa mi lectura sin darme a cambio una mejor conversación. Y esto fue lo que ocurrió exactamente. Desde antes de despegar el avión, me enfrasqué en mi lectura de La vida humana, de André Comte-Sponville, abstraído en él, y me pasó lo que más detesto: el vecino, en la fila, me interrumpió para preguntarme qué leía y si el libro que estaba leyendo era importante. Tengo un imán (Hemingway lo llamaba a built-in, shockproof shit detector, pero yo no llego a tanto) para saber que un interrogatorio así no lleva jamás a nada bueno. Puedo asegurar cosas que mucha gente no cree hasta que ocurren. Si veo venir en el pasillo a un pedante de exquisito desdén hacia la gente o a un desfachatado escandaloso de aspecto siniestramente matón, puedo asegurar que alguno de ellos será mi vecino. Y así me pasó con este pasajero regio (no regio por ser maravillosamente especial), sino por ser, únicamente, de Monterrey.

Suspendí mi lectura y traté de explicarle brevemente quién era Comte-Sponville y de qué trataba el apasionante libro. Oyó, pero no escuchó, ni le importaba lo que yo decía, lo que realmente le importaba es lo que él me iba a decir. Y así ocurrió. “Yo nunca he leído un libro y soy dueño de una empresa”, me dijo, obviamente no con pena, no con desazón, sino con autosuficiencia y autosatisfacción, es decir, para manifestarme que él era exitoso sin necesidad de perder el tiempo leyendo libros y entreteniéndose en tonterías. Volví a mi libro. Y, como pueden ver, social y económicamente, los lectores somos, sin duda, unos fracasados.

Juan Domingo Argüelles, poeta, ensayista y promotor de la lectura en México
Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista y lexicógrafo · Medalla Wikaráame al Mérito Literario 2025 | Web |  + posts

Poeta, ensayista, lexicógrafo y editor; también divulgador y promotor de la lectura. Es autor de "¡No valga la redundancia!" (2021), "El vicio de leer" (2022), "Más malas lenguas" (2023) y "Epitafios" (2024). Ha recibido el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura (2019), así como distinciones del INAH y del Gobierno de Quintana Roo (2024), y la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América (2025).

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