El camino de la paz

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Los engranajes de la maquinaria global están bien engrasados: estamos divididos. ¿Podremos despertar?

“La civilización se hace de moral y de política”, categórico aseguraba Alfonso Reyes. La violencia y la guerra son la derrota de la cultura, nos queda claro. Bárbaros ejemplos a los que se nos ha expuesto en esta hora de la vida.

Mientras “el mundo entero se desmorona… nosotros elegimos precisamente este momento para enamorarnos”, podríamos haber contestado como mexicanos ante la adversidad mundial, pero no, preferimos pelearnos a muerte por un partido de fútbol.

Recordamos fugazmente a ese gran científico social que es Ignacio Ramonet, en su trabajo Un mundo sin rumbo: “La asociación televisión-deporte-nacionalismo conjuga los tres fenómenos principales contemporáneos de masas, las tres fascinaciones centrales de este fin de siglo. Y esto constituye en sí uno de los hechos políticos más importantes de nuestro tiempo”.

Los engranajes de la maquinaria global están bien engrasados: estamos divididos. Las democracias occidentales son sectarias, partidistas. Por si fuera poco, las tecnologías de la información y la comunicación, en vez de ser puentes de unión, se han convertido en sistemas de espionaje, manipulación y vigilancia constante. El algoritmo nos vigila.

Es cierto, el conocimiento es como un escudo, un impermeable ante la inercia de la masificación, pero aún los sistemas escolares del mundo son sistemas masificados, ocupados por atender los estándares y los porcentajes, véase la prueba PISA como ejemplo. Con todo ello, a veces el conocimiento no protege contra el insomnio ni el desasosiego.

Entramos en la época de las sociedades aperimetradas, tipificadas, acechadas por el confort y el facilismo, cultura de masas aferradas a un marco de seguridad que, en apariencia, las contiene. Y al contenernos, nos expone, éste es el éxito de las redes sociales, es la gran celada. Se nos dice: Non vidi, ergo non est.

“Lo que no se ve, no existe”, pero recordemos, Buda, según cuenta la leyenda, instantes antes de iluminarse fue tentado por la oscuridad, “nadie te ve”, no hay testigos que puedan dar fe de tu iluminación, se le dijo. ¿Qué hizo? Comulgar con la naturaleza. Con su mano diestra tocó la tierra y afirmó: los árboles, las aguas, la tierra son mis testigos.

Pedirle a la humanidad que se concentre en el silencio para que encuentre en ese conocimiento profundo la fraternidad universal, no es pedirle peras al olmo, es más bien un camino utópico, la senda de la supervivencia, el despertar a una existencia más rica y más compleja.

Estoy convencido –dice don Juan- de que el hombre, para sobrevivir en esta época, tiene que cambiar la base social de su percepción. ¿Cuál es la base social de la percepción?, le pregunta el antropólogo Carlos Castaneda a su mentor don Juan. Éste le responde: “la certeza física de que el mundo está compuesto de objetos concretos. Llamo a esto la base social de la percepción, porque todos nosotros estamos involucrados en un serio y feroz esfuerzo para percibir el mundo en términos de objetos”.

¿Lo anterior es así?  Si el mundo está hecho de objetos concretos, pero encontramos mejor respuesta en otro gran antropólogo, el rumano Mircea Eliade, quien, por cierto, nació un día como ayer 9 de marzo, pero de 1907. Eliade, plantea: “Las obras de arte, lo mismo que ‘los datos religiosos’, tienen una forma de ser que les es propia; existen en su propio plano de referencia, en su universo particular. El hecho de que este universo no sea el universo físico de la experiencia inmediata no implica su no realidad”.

Sapere aude. Atrevámonos a conocer y reflexionemos los principios kantianos según las enseñanzas de don Juan. ¿Qué puedo conocer? El misterio, el asombro, lo indecible que está ya en el conocimiento silencioso de cada hombre, vinculado íntimamente -de forma ancestral- con lo abstracto, con lo absoluto.

Son preguntas que no pretendemos responder en esta breve entrega, pero si plantear como reflexiones imprescindibles en tiempos aciagos, donde la oscuridad acecha con fervor a la humanidad. Pelear entre nosotros porque a uno le gusta el rojo y otro prefiere el azul, es hacerles el juego a los caporales del mundo.

 Hay una frase que se le atribuye al músico Jimi Hendrix, puede ser trivial, pero también puede ser la clave y es que “cuando el poder del amor supere el amor al poder, el mundo conocerá la paz”, ingenuo o no, insistimos, ese es el camino.

Acerca del autor
Héctor Martínez Rojas
PERIODISTA

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