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Cultura educativa: educar con calidad

Calidad tiene que ver más con calidez que con la obsesión por la perfección de las cosas o de las personas. En este sentido, la educación de los sentimientos va más allá de un racionalismo pedagógico, a ella le corresponde el vasto dominio que incluye el cultivo de la imaginación y la creatividad; el desarrollo de la intuición, la educación de la sensibilidad y muy particularmente, la educación para la compasión; según nos ha legado uno de los pioneros de la investigación educativa en México, precursor también en llevar los temas educativos a la opinión pública, a través de los medios de comunicación.

Para Pablo Latapí Sarre, la inteligencia podía mostrarnos sólo una parte de la realidad, pero el el carácter era un aspecto más importante de las personas

El pionero en investigación educativa señaló que nuestros sistemas escolares han eludido importantes preguntas existenciales en favor de la memorización de datos.

Calidad tiene que ver más con calidez que con la obsesión por la perfección de las cosas o de las personas. En este sentido, la educación de los sentimientos va más allá de un racionalismo pedagógico, a ella le corresponde el vasto dominio que incluye el cultivo de la imaginación y la creatividad; el desarrollo de la intuición, la educación de la sensibilidad y muy particularmente, la educación para la compasión; según nos ha legado uno de los pioneros de la investigación educativa en México, precursor también en llevar los temas educativos a la opinión pública, a través de los medios de comunicación.

Pablo Latapí Sarre, falleció un día como hoy, pero de 2009; en el último trecho de su vida, el Dr. en filosofía era muy puntual con respecto a lo que a su parecer debía contener una educación de calidad. A saber, esta buena educación, debía contener, moldear cuatro rasgos fundamentales: el carácter, la inteligencia, los sentimientos, y la libertad.

Por oposición, Latapí Sarre encontraba en la primera década del siglo XXI, algunas
“modas lamentables”, tales como la sobrevaloración de lo económico, el tener sobre el ser que destruye el sentido de la gratuidad. Otra de ellas: la competitividad a ultranza. Así como la proyección de “las manías de calidad total que han absorbido el mundo de los negocios”.

Como sabemos, para los griegos “skholè” era el ocio o tiempo libre donde sucedía la “realización” de la persona, este tiempo estaba dedicado al cultivo del alma, de la contemplación, de la sabiduría; el “ocio” como contraposición del “negocio”, aquellos deberes que son ineludibles en la vida.

Latapí retomó esta visión y la centró en nuestro tiempo. Para nuestro personaje del día de hoy, “el más apreciado esfuerzo educativo de una persona es el carácter”: la congruencia entre pensar y obrar. Comprender que la vida “conlleva un imperativo de auto-realización y una aceptación del esfuerzo como necesario”.

Derivado de lo anterior, se pregunta si ¿la formación del carácter ha estado presente en los currículos nacionales? Aún más, la inteligencia, asegura categórico, solo explora un pequeño gajo de la realidad y no es el más interesante.

“Yo no sabría trazar la línea divisoria entre inteligencia y sentimiento” confesaba. En náhuatl, por ejemplo, la palabra “mati” significa ambas cosas a la vez; mati es saber y sentir. O en griego, “metis”, representaba un conjunto de actitudes y sentimientos que acompañan la actividad de pensar. “Todavía hoy día no sabemos en qué medida los sentimientos están determinando el cause de nuestro pensamiento”.

La maravilla y la riqueza de pensar, sucede en nuestro dialogo interior “cuando se relaciona el sujeto que conoce con el sujeto que se da cuenta que conoce”. Maestro y currículo que no considera esto pierde lo esencial en la educación de la inteligencia, sentenciaba Latapí Sarre.

La inteligencia se desarrolla a través de y junto con el lenguaje, “pensamos porque hablamos y en cierta forma, como hablamos”. Por algo para los griegos “logos” es a la vez palabra y pensamiento.

De todo lo anterior, para Pablo Latapí, lo más relevante en la llamada cultura general, esa cultura que nos puede dejar como saldo favorable nuestro paso por la escuela; se encuentra la asimilación de un sentido de la Historia, una interpretación consciente del pasado que permita entender mejor el presente, tal como aseguraba Cicerón: la Historia como maestra de la vida.

Actualmente, nuestra Carta Magna plantea que la educación que provea el Estado sea laica, y esto tiene una razón de ser; porque no siempre fue así, hasta la reforma juarista, la educación era monopolio de la Iglesia.

Los antecedentes de nuestra máxima casa de estudios (la UNAM) así lo delatan. Después de la Universidad de Santo Domingo, la de México es la universidad más antigua del continente, pero su educación se centraba en una formación eclesiástica; en ese sentido, como hemos compartido en este espacio, al despuntar el alba de nuestra Independencia, Gómez Farías impulsó la primera Reforma Educativa de México.

A pesar de la laicidad del sistema educativo, Latapí Sarre hace preguntas sustanciales, pues considera que, el destino de cualquier humano depende de cómo resolvamos preguntas tales como ¿Quién soy? ¿Para qué estoy en el mundo? ¿Hay un Dios con el que me pueda comunicar? ¿Soy libre?

Sin intentar responder explícitamente estos cuestionamientos, Latapí señala lo evidente, históricamente nuestros sistemas escolares han eludido esas preguntas para preocuparse por resolver ecuaciones, problemas algebraicos o geométricos o memorizar fechas históricas. No obstante, “llegar a creer en algo para darle sentido a la vida es tan necesario como conservar el asombro de los milagros cotidianos como los estertores de una puesta de sol”.

De las peores cosas que ha llegado a fraguar nuestro sistema educativo “es construir currículos tan complejos que por las ramas no podamos ver los árboles” o que los árboles nos impidan ver el bosque. En fin, para este gran pensador mexicano “una educación que ignora la compasión será siempre terrible”, pues producirá gente prepotente, en vez de cultivar el habito razonable de la auto exigencia.

Subrayamos lo de “hábito razonable” pues como lo sugerimos líneas arriba, nuestra sociedad de empresas y negocios se ha obsesionado con la “calidad total” donde se exige del individuo la perfección inmaculada de sus quehaceres, aunque ello les absorba el alma y los deje exhaustos; incapaces de expresar el más mínimo afecto, imposibilitados para reconocerse en “el otro”.

Por ahora, hasta en eso nos lleva la delantera la IA, ChatGPT, por ejemplo, es bastante cálido, aunque muchas veces sea impreciso. En fin, hasta aquí estas inacabadas líneas para recordar a este gran filósofo y educador mexicano; hasta donde quiera que se encuentre este gran maestro: un cálido abrazo.

Héctor Martínez Rojas
Periodista especializado en educación superior | Web | + posts
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