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Corrección política y lenguaje ideológico

Acerca del autor

Juan Domingo Argüelles
Fabulaciones

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018), Escribir y leer en la universidad (ANUIES, 2019), La prodigiosa vida del libro en papel: Leer y escribir en la modernidad digital (Cal y Arena/UNAM, 2020) y ¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español (Océano, 2021). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

¿Es esta práctica, que ha alcanzado a la literatura, un nuevo oscurantismo moral y puritano?

Lo que tenía que ocurrir, ocurrió: el lenguaje ideológico de la corrección política, que es una de las mayores tonterías de nuestro tiempo, se metió, como era de esperarse, al callejón sin salida; y ahí está tirando golpes, escudándose en la necedad y la sinrazón, contra la lógica, la inteligencia y el análisis crítico. Y esto lo detonó, en Inglaterra, un inocente, simple y cariñoso “Gracias, Negrito” del futbolista uruguayo Edison Cavani.

Pero vayamos despacio para comprender lo que parece a todas luces incomprensible. Bien sabemos que los extremos se tocan, y hoy esto ya se hizo más que proverbial. Casi no hay modo de diferenciar, ni política ni culturalmente, a la izquierda de la derecha, al progresismo de la moralina, sobre todo cuando se trata (y éste es el caso) de formas autoritarias de conducta que, desde un sector social empoderado de “buena conciencia”, exige la sumisión acrítica de los demás, tal si fuéramos corderos.

Se trata de una inquisición moral, esencialmente puritana, que, en otro tiempo, hubiera sido cuestionada, examinada, pasada por el tamiz de la razón no sólo en las universidades y en los diversos ámbitos culturales, sino en cualquier espacio donde el pensar sea tarea, o así se supone, de todos los días. Pero vivimos en una sociedad de dobleces, en la que la moral se confunde con la ética, y el motivo “reivindicatorio” jamás se pone en duda.

En las últimas semanas del año recién terminado se dio una noticia preocupante, que sería cómica y tendría que mover a risas y a carcajadas de no ser tan peligrosa por lo que corresponde a los derechos individuales y, especialmente, a la libertad de expresión, en una sociedad regida, cada vez más, por esos dobleces de la corrección política. La noticia es que el futbolista uruguayo Edison Cavani, quien juega en Inglaterra, en un equipo de la Premier League, fue suspendido y multado por responder, en Instagram, a un amigo que lo felicitó: “Gracias, Negrito”. Dos palabras nada más, pero la segunda escandalizó a quienes no saben distinguir, a causa de la ideología radical “reivindicatoria”, un cariño de un insulto.

He aquí la noticia, divulgada en internet y en las diversas publicaciones impresas: “El futbolista del Manchester United, Edison Cavani, recibió una suspensión de tres partidos y una multa de 100,000 libras (unos 135,000 dólares), tras publicar el mensaje el 29 de noviembre que decía: ‘Gracias, Negrito’. Con estas palabras, el delantero, de 33 años, quería agradecerle a un amigo que lo felicitó por haber marcado ese día el gol de la victoria ante el Southampton”.

Con toda razón, en un comunicado, el 3 de enero, compartido en Twitter por el capitán de la selección uruguaya, Diego Godín, la AFU (Asociación de Futbolistas del Uruguay) acusó a la FA (Asociación de Futbol de Inglaterra) de cometer “un acto discriminatorio contra la cultura y la forma de vida de los uruguayos”, pues “la sanción revela una visión sesgada, dogmática y etnocentrista que no admite más que la lectura que se quiere imponer desde su particular y excluyente interpretación subjetiva, por más equivocada que sea”.

El comunicado de la AFU enfatiza: “Edison Cavani no ha cometido nunca un solo acto que pueda ser interpretado como racista. Simplemente ha utilizado una forma de expresión habitual para referirse cariñosamente a un ser querido, a un estimado amigo”. Y concluye: “Pedimos a la Asociación de Futbol de Inglaterra que proceda de forma inmediata a levantar la sanción impuesta a Edison Cavani y restaure frente al mundo su buen nombre y su honor, injustamente mancillado con esta reprochable decisión”. Y, sin embargo, pese a estas razones, la sinrazón inglesa mantuvo las sanciones al futbolista y, por si fuera poco, lo mandó a tomar un curso para que se “empape” del lenguaje y la cultura de Inglaterra.

Es de locos. Queda claro que, en la cultura uruguaya, al igual que en la cultura de otros países de Hispanoamérica, “los apodos negro/a o negrito/a se utilizan asiduamente como expresión de amistad, afecto, cercanía y confianza, y de ningún modo se refieren despectiva o discriminatoriamente a la raza o color de la piel de quien es aludido”. Pero hay algo más: en varios países americanos de lengua española, las formas familiares “negro”, “negra”, “negrito”, “negrita” se utilizan también, y sin ninguna intención de racismo o discriminación, sino todo lo contrario, para referirnos afectuosa y amorosamente a las personas morenas que tienen más de inga que de mandinga. No se les ofende, no se les insulta, ni se les inferioriza cuando, cariñosamente, nos referimos a ellas como “negrito” o “negrita”.

Si quien esto escribe hubiera sido llamado a declarar, cual testigo de descargo, en esta idiota acusación por “racismo”, ejemplificaría con la forma familiar con la que mi padre, un hombre de tez morena, se refería a sus hijos, ya fuéramos blanquinosos o morenos como él: “Negro”, “Negra”, “Negrito”, “Negrita”. Y mi madre, que es blanca, y bastante blanca, siempre le dijo a su esposo, cariñosamente, “Negro” o “Negrito”. Durante toda mi infancia, yo fui el “Negro” de mi padre, a pesar de tener yo el color de la piel de mi madre. Es una idiotez pensar que en ello había insulto o racismo. Pero la idiotez, en este tipo de casos, corresponde a una ideología autoritaria de corrección política que surgió en los ámbitos del poder y de las instituciones que pretenden dictar las formas políticas de conducta.

De ahí se ha extendido a las universidades, el deporte, la Cultura, el periodismo e incluso ¡la literatura!, en la que, no pocas veces, hemos aceptado la memez y la ñoñez en el idioma sin oponer resistencia. ¡Memos y ñoños!, porque así lo ordenan las “buenas conciencias” en una sociedad acrítica, obnubilada en “reivindicaciones” que no lo son.

Por fortuna, el Diccionario de mexicanismos (2010), de la Academia Mexicana de la Lengua, dirigido por Concepción Company, recoge en sus páginas el uso coloquial y afectivo de “negrito”, “negrita” como fórmula cariñosa entre novios o esposos. Por desgracia, estamos haciendo del uso del idioma un asunto de carácter judicial, a partir de la imposición de ideologías retrógradas que se ostentan como progresistas, pero que pretenden sumirnos en el oscurantismo. He dicho y escrito más de una vez, y ahora lo reitero, que el denominado “piadosismo” en la lengua (no confundir con la piedad, que es un sentimiento noble; en tanto que el piadosismo es una hipocresía) es un extremo peligroso del eufemismo que socava el idioma con formas imprecisas, además de hipócritas y convenencieras para el poder.

Con el piadosismo los ancianos dejaron de ser ancianos. Cuando a quienes dictan las conductas les estorba la realidad, optan por el disimulo o la negación, y recurren a vergonzantes perífrasis que no poseen ni la exactitud expresiva del término original ni mucho menos la lógica de la economía idiomática. Que el anciano o viejo sea ahora, “adulto mayor”, “persona en plenitud” o “de la tercera edad” es tan vago y tonto que primero movió a risa, pero que luego mucha gente acabó por aceptar, y acatar, con tal de no ser condenado por una sociedad que exige corrección política en lugar de precisión idiomática.

Pero ¿qué pasará con “Toña la Negra”, la gran intérprete veracruzana de las canciones de Agustín Lara?, ¿y qué con “El Negrito del Batey” y con “La Prieta Linda”? ¿Y cómo nombraremos a “la negra Tomasa” (de la que estamos muy enamorados) y, sobre todo, ¡de “la negra Soledad”!, que no es otra que “la que goza mi cumbia”? ¿De veras somos tan tontos? En la capital de México el uso del idioma produjo un fenómeno inverso: a cualquier mujer que va de compras a los tianguis y a los mercados se le dice “güerita”. Y nadie se enoja por esta forma sutil de gentileza. ¡Exijamos corrección idiomática, no corrección política!

*Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son ¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018) y Escribir y leer en la universidad (Anuies, 2019). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

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