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Un presidente sin empatía

Nuestro gobernador no tiene tiempo de consultar el diccionario ni de caer en incongruencias

Según el portal Americas Quarterly, al resultar presidente electo de México Andrés Manuel López Obrador (AMLO), el entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lo bautizó como “Juan Trump”, igualándolo en su ególatra temperamento. El mote, ¡todo un estigma!, fue asumido como un honor. No olvidemos los términos de la carta que AMLO envió a Trump el 12 de julio de 2018, en la que le realzó la vanidad y, de paso, puso elogios en boca propia: “En cuanto a lo político, me anima el hecho de que ambos sabemos cumplir lo que decimos y hemos enfrentado la adversidad con éxito. Conseguimos poner a nuestros votantes y ciudadanos al centro y desplazar al establishment o régimen predominante.

Trumpista, y con honores (los que le rindió el propio Trump, luego de azuzar el asalto al Capitolio, con palabras como “un gran caballero, un gran amigo mío”, para corresponderle al panegírico y a los aplausos que le dedicó AMLO en Washington, en julio de 2020: “usted nunca ha buscado imponernos nada que viole o vulnere nuestra soberanía”, “usted no ha pretendido tratarnos como colonia”, etcétera), el presidente de México no percibe las incongruencias entre su discurso y sus actos. Además, cree saberlo todo y saber de todo: es un “renacentista” que, desde que Dios amanece, pontifica sobre ciencia, economía, medicina, historia, sociología, psicología, beisbol, futbol, periodismo y, ahora, hasta lengua y literatura. En esta logorrea lleva la penitencia, porque carece del conocimiento de lo que afirma o refuta, aunque está convencido de que su palabra es la ley, y gobierna, josealfredianamente, como “El Rey”, y siendo el Rey (¡de la democracia!), por derecho divino del pueblo, el presidente de México nunca se equivoca: es infalible y su infalibilidad ya es legendaria.

Todos nos equivocamos, y a diario, pero él es perfecto porque casi no es humano: esto le han hecho creer sus glorificadores de los que no duda ni un instante, además de que, como han dicho todos sus ex colaboradores cesantes (adulones del Rey, hasta que se van y él los sataniza), no admite que se le contradiga. ¡Para contreras, está él! AMLO ha mostrado a lo largo de su vida política (que ha sido casi toda) que no es capaz de ponerse en el lugar de los demás; en otras palabras, que carece de “empatía”, este sustantivo femenino que él detesta y que el Diccionario de la lengua de la Real Academia Española (DRAE) define, desde su edición de 1992, como la “participación afectiva, y por lo común emotiva, de un sujeto en una realidad ajena”. El DRAE enriqueció la definición en su edición de 2001: “identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro”, y la amplió en 2014 (en su vigesimotercera edición) con dos acepciones: “sentimiento de identificación con algo o alguien” y “capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos”.

El presidente no tiene tiempo de consultar el diccionario. Por ello elige el camino más corto y se vanagloria de usar el “idioma del pueblo” (cualquier cosa que esto signifique), frente a quienes le señalan sus faltas de ortoepía y su desconocimiento del significado de las palabras que utiliza. Ejemplos: El 12 de abril de 2019, ante una pregunta de Jorge Ramos, dijo que “se revertió la tendencia” de asesinatos violentos en México. (Quiso decir que “se revirtió”, no que se rebosó o que se salió de sus límites, que esto es “reverter”.) El 3 de agosto de 2019 envió “condolencias a los que perdieron la vida” en una balacera en Estados Unidos. (Quiso decir que enviaba condolencias a los deudos, ¡no a los muertos, por supuesto!). El 29 de enero de 2021, en un mensaje acerca de su estado de salud (se había contagiado de Covid-19), afirmó: “Ahora me presento con ustedes, para que no haya rumores, malos entendidos; estoy bien”. (Obviamente, quiso decir “malentendidos”.)

A pesar de estas y otras pifias idiomáticas, el 9 de diciembre de 2020 usó unos minutos de su habitual conferencia matutina (la famosa “mañanera”) para dictar cátedra sobre el buen uso del idioma y asegurar que ciertos términos, que él detesta, son propios del neoliberalismo, y entre estos términos están, ni más ni menos, que “resiliencia” y “empatía”, los cuales le horrorizan. Como él no usa el término “empatía” (entre otros muchos términos que no usa y que evidencia la pobreza léxica que aqueja hoy a los hablantes en general), lo estigmatiza, al igual que el sustantivo femenino “resiliencia” y el adjetivo “holístico”.

En Yahoo! Noticias, Rodrigo Neria Cano resumió el episodio: “Durante la conferencia matutina del presidente Andrés Manuel López Obrador, uno de los periodistas le preguntó su opinión sobre quienes lo critican por ‘las mañaneras’, la cuales califican como un aparato de propaganda, entonces el presidente se extendió hasta mencionar dos palabras de ‘moda’ y ‘elitistas’ que usan sus ‘opositores’, tecnicismos usados en el periodo neoliberal y posneoliberal. […]. Entonces comenzó a criticar la forma de escribir de algunos articulistas. ‘Imagínense, un artículo de un intelectual orgánico, pues no lo va a entender la mayoría de la gente, cómo escriben, a veces dicen para que el pueblo comprenda, supuestamente porque no tiene nivel educativo, dicen: bájale, y no, es: súbele, escribe bien, escribe para el pueblo’. El presidente continuó: ‘con sus tecnicismos estoy haciendo hasta un diccionario de las nuevas palabras del periodo neoliberal, los nuevos términos, y del periodo posneoliberal. Y entonces nombró la primera palabra: ‘El otro día que tuvimos una reunión con los jefes de Estado del G-20 me llamó la atención una palabra que se usaba mucho, que tiene que ver con integración. No, pero la repitieron varias veces, de esas de moda, como resiliencia, esa también. Otra que antes no se usaba y ahora se usa mucho, empatía. Hay simpatía o hay antipatía, pero esta es empatía, dijo el mandatario con tono burlón. ‘Entonces, imagínense a un intelectual orgánico en su escrito hablando de resiliencia”, y luego recordó la otra palabra que le causaba malestar, ‘holístico, holístico, eso, está de moda’. ‘A veces cuestionan el habla popular, pero es la mejor manera de que la gente tenga información, hablarle al pueblo. ¡Qué!, ¿lo que escribió Cervantes en el Quijote era o usó holístico, resiliencia? Nada, es un lenguaje accesible, el lenguaje del pueblo, un buen castellano’, sentenció AMLO”.

Si la crónica les parece deshilachada, esto no se lo achaquen al cronista: es que así le habla el presidente al “pueblo”. Y así fue su cátedra de lengua y literatura. Ignora que el sustantivo femenino “empatía” (del griego empátheia) data de la primera década del siglo XX (¡y nada tiene que ver con el período neoliberal!). En su Diccionario de uso del español, María Moliner define este sustantivo como la “capacidad de una persona de participar afectivamente en la realidad de otra”. O dicho, por Susan Sontag, “sentir alegría por la alegría del otro, y poder también identificarse con el dolor de los demás”. ¡Esto es “empatía”!

Al presidente de México no le importa la “empatía”, sino la “simpatía” (que lo desborda) y muy especialmente le importan sus turiferarios e incendiarios “simpatizantes”, esos que se rinden ante su “simpatía” o, dicho por Moliner, esas personas que sienten simpatía hacia una ideología y hacia el representante de esa ideología. En cuanto a Cervantes y el Quijote, la lógica del presidente no es la mejor. La obra maestra de Cervantes no es de lectura “fácil” y, por ello mismo, nunca ha sido la más adecuada para iniciar a alguien en el gusto de leer libros. Ahora bien: si del Quijote sólo nos quedamos con las más famosas anécdotas, muy bien sabidas, pero no con la riqueza idiomática, ¡ni hace falta leerlo!, pues todo el mundo se sabe de memoria esas anécdotas, aun sin haber leído el Quijote.

 

Posdata: El presidente superó el Covid-19, pero, al reaparecer públicamente, el 8 de febrero, reiteró que seguirá sin usar el cubrebocas, porque también detesta este adminículo que puede salvar vidas (y no quiere privarnos de admirar su divino rostro). Si tuviese empatía, lo usaría para poner el ejemplo con un mensaje indispensable: los contagios pueden evitarse.

Acerca del autor

Juan Domingo Argüelles
Fabulaciones

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018), Escribir y leer en la universidad (ANUIES, 2019), La prodigiosa vida del libro en papel: Leer y escribir en la modernidad digital (Cal y Arena/UNAM, 2020) y ¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español (Océano, 2021). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

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