Servil a la sevicia, Silvio silba silvas

Cuando un gobierno despótico, populista, ideológico y doctrinario imparte “educación”, enseña también ideología y doctrina, obediencia y sumisión en nombre del “pueblo”.

En El color del verano se muestra fársicamente al castrismo y sus cómplices, incluyendo a los silenciosos trovadores

Es difícil refutar a Noam Chomsky cuando sostiene, en La (des)educación, que “en Harvard no aprendes sólo matemáticas; aprendes, además, qué se espera de ti por ser un graduado de Harvard, qué conducta has de seguir y qué preguntas no tienes que hacer jamás”.

Pero, con similar deducción, tampoco es fácil refutar que, cuando un gobierno despótico, populista, ideológico y doctrinario imparte “educación”, enseña también ideología y doctrina, obediencia y sumisión en nombre del “pueblo”. Si da de leer, da lo que le conviene, no lo que lo impugna; si invierte en “arte” lo hace, igualmente, en arte ideológico, y hasta si da de comer, no es sólo comida lo que da, sino también obligación clientelar. No se equivoca el gran Chomsky, pero, tuerto, ve demasiado el haz y se olvida del envés.

En su novela póstuma El color del verano o “Nuevo Jardín de las Delicias” (Tusquets, 1999), Reinaldo Arenas (Holguín, Cuba, 1943-Nueva York, 1990) retrata carnavalesca, fársicamente, a la Cuba castrista dominada por Fifo, un tirano senil que, rodeado de su policía secreta, sus cómplices, sus fanáticos y sus demás matones, con pistola al cinto como él, someten a los habitantes no sólo al hambre, sino a la represión, la cárcel y la muerte, y con algunos (al cabo es un carnaval) se da el lujo de resucitarlos para volverlos a matar. La novela abunda en acciones delirantes de ciertos personajes amigos, camaradas y compadres, todos sumisos y lamebotas (entre ellos, algún escritor o artista notable como un tal Gabo), de Fidel Castro, alias Fifo: son los que se suben al tren del tirano porque no están contentos con tener lectores o espectadores: desean también poder, aunque sea el poder que les confiere cierta cercanía con el déspota.

Reinaldo Arenas fue uno de los mejores escritores cubanos. Se suicidó después de sufrir, por su homosexualidad, las peores bajezas del castrismo castrense y castrante. Autor de El mundo alucinante, Antes que anochezca, Otra vez el mar y El asalto, entre otros libros), en El color del verano relata “el horror de quien vive en Cuba, pero también el del exiliado y la imposibilidad de acceder a un futuro mejor”. Cuba es el apocalipsis que no pintó el Bosco en El jardín de las delicias, porque no llegó a imaginar las atrocidades de una realidad que supera siempre a la fantasía y a la ficción.

El color del verano forma parte de la colección de manuscritos del autor pertenecientes a la Universidad de Princeton, Nueva Jersey, y es, para Arenas, una “carajicomedia” al tiempo que una “novela escrita y publicada sin privilegio imperial”, ese privilegio imperial castrista únicamente concedido a sus fieles, a sus leales, a sus adeptos y sumisos vasallos o lo que es lo mismo a sus cómplices loadores y trovadores, líricos de las balas y las pistolas, esos que si ya con el silencio evidenciarían su cobardía, con la adulación de sus trovas “revolucionarias” a los matones, prueban y certifican el famoso adagio de Stephen Vizinczey: “Los cobardes son peligrosos”.

Y entre estos cobardes peligrosos siempre estuvieron y están un tal Silvio Rodríguez y un tal Pablo Milanés (los más conspicuos cantores de la belleza del fusil, la bala y el asesinato), quienes pusieron al servicio de la dictadura policíaca y de la matanza su “nueva trova cubana”, esto es su melodía y sus letras para gloriar al tirano y a sus altos secuaces. Ante las matazones, sones para los matones, e insultos y maldiciones para los “fusilados”, los perseguidos, los “antisociales”, los “gusanos”, en otras palabras, los insumisos.

Es gracioso que en esta novela póstuma de Reinaldo Arenas hasta el viejo tirano Fifo se escandalice de la bajeza adulona de los trovadores de las pistolas y las balas. Son tan predecibles y tan cursis que el dictador ya no soporta tanta melcocha: “Mientras todos bailan, Silbo Rodríguez canta ‘Por amor se está hasta matando’”, ante lo que Fifo exclama: “Callen a ese idiota. Siempre exagera la nota”. Y es que el idiota que siempre exagera la nota se atreve a cantar que la matazón de los que tienen las pistolas y las balas es por amor. ¿Por amor a qué? Es lo que no dice. Fifo, alias Fidel Castro, no mostró jamás amor por otra cosa que no fuese el poder. De ahí que el idiota que siempre exagera la nota debió revisar su letra y escribir y cantar: “Por amor al poder se está hasta matando”. Pero esto lo hubiera llevado no a giras en el extranjero para exportar la ideología castrista, ovacionado por los procastristas, sino directo al paredón. Por cierto, estos procastristas son una maravilla de la incongruencia: les fascina el castrismo, con Fifo o sin él, y detestan el capitalismo, pero no se irían a vivir a Cuba por nada del mundo (¡listos y listas que son!), pues prefieren sufrir, como santos, el neoliberalismo que es cosa fea y terrible que hasta los ofende con la desgracia (para que vean cuán horrible es) de acumular cuentas bancarias y bienes raíces.

En otra página de El color del verano vuelven a aparecer los trovadores matasones, los mismos adulones arrodillados ante el empistolado Fifo: “Después de Halicia Jalonzo bailando el cisne negro, venían Pablito Malaés y Salvia Rodríguez, quienes dando unos enormes aullidos cantaban ‘Por amor se está hasta matando’”. Otra vez hay que recordar la certeza de Vizinczey: “Los cobardes son peligrosos”.

En su novela, Arenas narra una historia, interminable hasta ahora, de la que sólo citamos unas pocas líneas: “Esta es la historia de una isla dominada por un tirano absoluto llamado Fifo. El tirano llevaba en el poder cuarenta años y, desde luego, ejercía un control total sobre todos los habitantes de la isla. La gente se moría de hambre, pero tenía que elogiar incesantemente la abundancia en que vivían gracias a las técnicas productivas introducidas por el tirano. La gente no podía salir de la isla ni podía hacer el más leve comentario contra el tirano, pero tenían que pasarse día y noche entonando himnos a la libertad maravillosa y al porvenir luminoso que les había concedido el tirano. En aquella isla todo el mundo vivía por lo menos una doble vida: públicamente no dejaban ni un instante de alabar al tirano; secretamente, lo aborrecían y ansiaban desesperadamente que reventase”.

Música y doctrina

Pero, además, en las silvas de Silvio y compañía siempre hay una hipocresía acomodaticia. Así, en su elegía “Comandante Che Guevara”, luego del lirismo matón “tu mano gloriosa y fuerte/ sobre la historia dispara” (¡sobre la historia dispara!; vaya poeta), no se olvida de nombrar en los versos finales al jefe de jefes: “Seguiremos adelante/ como junto a ti seguimos/ y con Fidel te decimos/ hasta siempre Comandante”. La cuestión es quedar bien con Fifo, porque es perfectamente sabido que si a alguien no quería tener cerca Fifo, que si de alguien quería deshacerse, era de ese loco matón más loco y más matón que él, porque donde manda uno no pueden mandar dos, y el de la boina con estrellita era el matón nato y profesional sin escrúpulos: se lo dijo en una carta a su padre (“tengo que confesarte, papá, que en ese momento descubrí que realmente me gusta matar”) y también se lo confiesa a un sorprendido y horrorizado Pablo Neruda.

Obviamente, cuando un gobierno ideológico y doctrinario regala música, regala, con ella, ideología: la ideología con la música y los músicos que le fascinan y le convienen al gobierno. Mañana, 10 de junio, el cantautor cubano se presentará en el Zócalo, en la capital del país, para felicidad del gobierno actual que se derrite con sus trovas. Hizo lo mismo en 2006 cuando vino a corear “¡voto por voto, casilla por casilla!”; él que se la pasó loando a un tirano que no necesitó ni de casillas ni de urnas ni de boletas electorales; solamente de fusiles y de apología fusilera. ¿Cuándo en Cuba este Silbo vio siquiera una boleta electoral?

Acerca del autor
Juan Domingo Argüelles
Fabulaciones

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018), Escribir y leer en la universidad (ANUIES, 2019), La prodigiosa vida del libro en papel: Leer y escribir en la modernidad digital (Cal y Arena/UNAM, 2020) y ¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español (Océano, 2021). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

Deja un comentario

newsletter
campus

Recibe directamente en tu correo electrónico la edición semanal de Campus con los artículos de opinión más destacados sobre el sector educativo y los temas de coyuntura nacional e internacional.

Bienvenido

Contenido exclusivo para suscriptores

CAMPUS

Ingresa a tu cuenta

Regístrate a Campus

Contenido exclusivo suscriptores

Modalidad en línea

  • Examen de Habilidades y Conocimientos Básicos

ESTAMOS PARA SERVIRTE

Mándanos un mensaje para atender cualquier apoyo que necesites sobre el sitio Campus, el suplemento semanal, nuestros productos y servicios.

Konrer Gallery Presents

Edición 954

mañana

A %d blogueros les gusta esto: