En su última tarea pública, Jesús Reyes Heroles fue titular de la Secretaría de Educación Pública. Murió con todos los arreos puestos. Con los de intelectual y con los de hombre de acción.
Historiador, filósofo, jurista, politólogo y académico universitario, Reyes Heroles fue también un político de excepción. De padres españoles, estaba inhibido de ser presidente, pero no había, en su momento y cuando pudo serlo, un político mejor preparado que él para el cargo.
No es en su demérito, por lo tanto, decir que estamos ante un maestro, un pedagogo de la política que entendía la historia para conocer, interpretar y saber hacer. Un sabio que, como todo educador implícito, luchó a contracorriente en muchos tramos de su vida; luchó contra todos aquellos que con sus excesos, sus limitaciones, sus torpezas —o sea, trepadores, arribistas, oportunistas, dogmáticos y aturdidos— eran generadores de desatinos y errores que tenían un alto costo para el Estado o para una convivencia civilizada en el país.
Sus conocidos diferendos políticos e ideológicos con los presidentes Echeverría y López Portillo, o la distancia voluntaria que tomaba de connotados miembros del propio PRI, lo mismo que sus enfrentamientos con la derecha y la izquierda (aún se recuerdan sus proverbiales debates con ellos en la Cámara), tenían esa marca reyesheroliana (si se me permite), que obligaba a sus interlocutores a retroceder, a aceptar sus argumentos o, sin que les resultaran admisibles, a reconocer en él a un hombre de Estado.
La lucidez y talento que ejercía con gran eficacia y honradez en el poder, no exenta en ocasiones de dureza y hasta de un buen léxico veracruzano, dio lugar a una miríada de anécdotas, pero sobre todo a respuestas celebradamente apabullantes a sus interlocutores.
Detractores los tuvo. “El fraseólogo”, lo llamaban miembros del PRI antediluviano, y otros miembros del parque jurásico de la izquierda le negaron su acceso a la Rotonda de los Hombres Ilustres de México. De ese nivel eran sus detractores. Nadie le quita el mérito de haber sido el padre de la reforma política de 1977, que se significó como el parteaguas de la transformación política de México.
A Reyes Heroles, la Academia Mexicana de la Historia le entregó hasta su muerte el sillón número cuatro, el cual habían ocupado dos ilustres académicos: Federico Gómez de Orozco y Ángel María Garibay; aún no se ha escrito una obra de mayor solidez, rigor metodológico y exhaustividad académica sobre el liberalismo mexicano como la escrita por él; ni aún se terminan de debatir sus tesis sobre la sociedad fluctuante y su impacto en el desarrollo del México contemporáneo; ni qué decir de la perdurabilidad de su hondura analítica, de sus “fucilazos” verbales, de su valentía política y de su congruencia.
Contó Arnoldo Martínez Verdugo, dirigente del Partido Comunista Mexicano, que el presidente López Portillo le dio una explicación plástica de las razones de su salida de la Secretaría de Gobernación en su gobierno: “quería estar sentado aquí”, le dijo, mientras golpeaba con sus puños los brazos de la silla presidencial. ¿Diferencia de visión sobre el papel del Estado? Tal vez, pero el propio presidente comprobaba que no era un secretario dejado y que algo había tenido que ver con su salida el desacuerdo con la visita del Papa a México, en la que el presidente se obstinó.
Haciendo más con menos
A contracorriente, pero en este caso de las penurias económicas del país, se hizo cargo, en 1981, de la Secretaría de Educación Pública del gobierno de Miguel de la Madrid. Estaba preparado y hasta sobrado para el puesto, como lo apuntó el académico Alberto Arnaut.
El profesor de la UNAM de Teoría del Estado y nuevo secretario de Educación estaba convencido de la importancia de la educación y de la inversión en este rubro. “La inversión intelectual, a la cual pertenece la educación, es básica para el desarrollo económico, al punto de que todavía se discute qué es primero, si la educación para llegar al desarrollo económico o el desarrollo económico para obtener la plena educación. Tenemos ejemplos —dijo— de países que alcanzaron el desarrollo económico por disponer de un alto capital cultural y técnico, de un amplio capital humano generado por la educación…”.
“Restringir, por tanto, la inversión intelectual o la inversión en seguridad social significaría producir un embotellamiento insuperable para nuestro desarrollo”.
Al secretario, sin embargo, los hechos lo contradijeron; la crisis fiscal del Estado mexicano lo obligó a inventar (y aplicar con mano firme) una fórmula ecléctica, alterna a sus ideas y tal vez a sus deseos, que repiqueteó por toda la administración pública federal y en las instituciones educativas: hacer más con menos.
Decía Reyes Heroles, en aquel tiempo de austeridad y de abandono por parte de los gobiernos de la política keynesiana, que los secretarios de educación eran los “mendigos” de los gabinetes. Navegó a contracorriente, pues, y no obstante mantuvo su convicción de que la inversión en educación era necesaria. “Y creo que esto es muy importante, porque cuesta mucho la educación de un hombre, pero cuesta más, mucho más, no educar a un hombre”.
Se han documentado muy bien (Pantoja, Ávila; Arnaut) los vínculos de Reyes Heroles con la educación. No le eran ajenos ni el conocimiento ni las tareas propias de la gestión pedagógica, cultural y científica. En medio de la crisis, con un presupuesto que no tuvo ningún incremento, sino que fue reducido prácticamente en cada uno de los años de su encargo, fue capaz de dejar una obra notable.
Elevó a nivel de licenciatura la escuela Normal, propició la descentralización educativa, creó el Sistema Nacional de Investigadores, desarrolló una labor cultural, editorial y bibliotecaria con espíritu vasconceliano, y mantuvo una relación de dignidad con el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), acostumbrado a someter a sus caprichos a los funcionarios de la SEP.
Conocía como la palma de su mano el funcionamiento corporativo y la relación pervertida que sostenían el gobierno y los líderes del sindicato.
La Revolución Educativa que impulsó, con la que se descentralizaría la educación y a la vez se desconcentraría la fuerza del sindicato, buscaba que la SEP retomara el control del proceso de la gestión educativa, lo cual, como señaló Otto Granados, de no conseguirse, de nada serviría intentar reformas a la educación misma.
Fue un intento que truncó su muerte, y aquí no da tiempo para detallar la continuidad de la obra depredadora del SNTE en la educación del país.
El laicismo en la educación
Como Justo Sierra, no era un jacobino, pero igual que el campechano defendía el laicismo en la educación (Ávila, 2010). Un histórico y ríspido debate parlamentario lo consigna.
Como secretario de Educación tuvo que comparecer ante el pleno de la Cámara de Diputados. El diputado jalisciense del PAN, José González Torres, le cuestionó sobre la restricción de la enseñanza religiosa en las escuelas.
Reyes Heroles recurrió a la historia y al humanismo filosófico para responderle: “el laicismo es el valladar para impedir que se inicie un proceso de concentración de la educación y que de nuevo caigamos en la educación única, en la escuela-iglesia”, señaló primero.
Y dijo, sin vacilaciones y nada de ingenuidad, que ello llevaría a “la concentración de una sola religión y a volver a los viejos conflictos del siglo pasado (XIX)”. “Se empieza por las escuelas-iglesias y se acaba en la escuela-iglesia, en singular”.
Y con su estilo lapidario, el tiro de gracia: “¡Diputado, ustedes quieren convertir el laboratorio en oratorio!”.

Dr. Jorge Medina Viedas†
Jorge Medina Viedas (Culiacán, 1945) fue periodista, académico y promotor de la educación superior. Licenciado en Derecho por la UAS y doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid (cum laude), fue rector de la UAS (1981–1985), donde defendió la autonomía universitaria. Colaboró en medios como Unomásuno, La Jornada y Excélsior, y ocupó cargos en la Secretaría de Gobernación, el IMER y Notimex. Fundador de Campus Milenio, obtuvo dos Premios Nacionales de Periodismo. Autor de diversos libros sobre universidad y política, su legado permanece en el pensamiento crítico sobre la educación superior en México.
- Dr. Jorge Medina Viedas†
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