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Sociedad y universidad

Todo el mundo está metido en casa y hablando de la crisis. Se refieren a circunstancias o acontecimientos de salud y de suspensión de la actividad, que se vinculan y actúan en conjunto provocando recesión económica, falta de liquidez, disminución de la demanda, desempleo, malestar social, situaciones desfavorables, en particular para las grandes mayorías, y depresión psicológica, entre otros efectos.  En varios escritos de Humanistas y Científicos Sociales se indica que lo que vivimos no es temporal, sino una crisis que viene de muy atrás y que se mantendrá a largo plazo.

Esta no es una crisis nacional, es de carácter global. Y casi todos estamos involucrados y preocupados por lo que seguirá después de la pandemia. El efecto posterior resultará de la situación en la que estaba México antes de entrar el coronavirus. Me inclino a pensar que en los próximos años habrá una mayor desigualdad social, que la de ahora, a la que habrá que enfrentarse.

Lo que encontramos en el presente es una minoría, una elite, que muestra y presume su riqueza. Jóvenes herederos de las grandes fortunas, de segunda o tercera generación, que nacieron en la cúspide, que miran hacia abajo con desprecio a los que no son parte de su grupo, con sus criterios de identidad mediados por el dinero, que tienen conexiones, que buscan preservar su poder y agrandar su capital, tal como lo reseñan Raphael (2014) y Cruz, (2015). Personas que estudiaron para manejar sus empresas, o que no se educaron en una universidad, porque no sintieron que lo necesitaban, o que simplemente no fueron a la universidad porque no les gustaba estudiar.

En contraste, hasta nuestros días, hay familias que consideran que los hijos tienen que ir a la universidad para labrarse un futuro. Pero a medida que el mercado de trabajo se ha contraído y segmentado, los diplomas valen menos, aunque algo se logra. El trabajo de los profesionistas está mal pagado.

No todos los que quieren estudiar en una universidad pública lo consiguen. La información de la que se dispone ha ilustrado que el nivel de educación de los padres es determinante para ir o no a la educación superior. Hijos con padres universitarios tienen una mayor probabilidad de estudiar una carrera. En los dos deciles más bajos del ingreso asiste a la universidad una pequeña proporción de jóvenes, mientras que en el decil más alto el indicador llega a casi el 60% (Tuirán, 2012). Las distancias educativas continúan siendo largas.

En México, hablando de la movilidad social, el origen es destino. Pasar de un estrato social a otro es muy difícil, particularmente en el nivel más bajo de la jerarquía y en el más alto. (CEEY, 2019) El nivel económico de los padres, que interactúa con su nivel educativo, son los factores principales para explicar la desigualdad de oportunidades en la sociedad.

Al salir de la pandemia, con un escenario social más deteriorado  y complejo, vamos a estar en una situación peor de la que he descrito.  Sería bueno que se comenzara a debatir cómo resolver problemas urgentes, de alimentación y salud, entre otros, y como reorientar el curso del desarrollo para que existan mejores condiciones de bienestar para los más necesitados, mayor cohesión social y un gobierno más eficiente que brinde servicios de mayor calidad a más personas, en un marco en el que la vida no esté ordenada por el individualismo, la prisa y la productividad a ultranza, injustificada.

Si algo va a trastocarse con la pandemia es el tiempo, el que le dedicamos a nuestras labores de supervivencia, incluido lo emocional, y el que le dedicamos al trabajo. Habremos de darnos cuenta que es indispensable dedicar más tiempo para recrear otras dimensiones de la vida. Sería inconveniente y políticamente desastroso si regresamos a una “normalidad” como la que teníamos antes de la pandemia, cargados de trabajo, sin dinero, con miedos, incertidumbre del futuro y odios entre los mexicanos.

Cuando la universidad regrese a ser mayormente presencial requerirá replantear la actividad académica, darle prioridad a la docencia y al uso de las tecnologías digitales, a producir profesionales muy bien preparados, ciudadanos con pensamiento crítico, científicos comprometidos con las mejores causas, y humanistas con presencia fuera del campus, porque las humanidades transforman la vida de las personas.

Asimismo, la universidad debe dedicarse con ahinco a entregar conocimiento que sea pertinente a los problemas que tendrán que resolverse, los de antes, los actuales y los emergentes. Una vez más: las universidades públicas son fundamentales para impulsar el desarrollo de la nación, de un país que, después del coronavirus, tendrá que modificar el modelo de desarrollo. La novedad histórica de esta crisis le permitirá a la universidad discutir un ajuste de objetivos y mecanismos para conectarse con la sociedad y para que el país alcance prosperidad por otras vías, distintas a las que hemos seguido.

Aparte: La quiebra de editoriales será un duro golpe a la cultura.

Acerca del autor

Humberto Muñoz García
Programa Universitario de Estudios sobre la Educación Superior | recillas@unam.mx

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