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Pandemia, universidad, humanidades y ciencias

Sin las humanidades no podemos contar con personas reflexivas y cultas y, por tanto, no podrán ser activos ni críticos en los cambios que tanto necesitamos

La pandemia ha sido verdaderamente muy severa. México es el tercer país en el mundo por número de muertos a causa del coronavirus, hasta ahora, mediados de Marzo de 2021. Pobres y viejos se han visto afectados, más que otros sectores, pero en general, la pandemia ha sido peor entre los grupos vulnerables de la sociedad. Los contagiados pusieron en jaque al sistema de salud y, ahora, la vacunación no se lleva a cabo con la celeridad deseable.

La información sobre todos estos hechos se ha divulgado por los medios. Es importante retomarla para la reflexión de lo que nos pasa a los mexicanos. Forma parte de un proceso más amplio, porque la agudeza de la pandemia se aprecia en todas las instancias de la sociedad.

La economía entró en recesión, la inversión pública y privada cayeron y dieron una clara señal de alarma. Ha habido fuga de capitales y se perdieron miles de puestos de trabajo. La pandemia obligó al confinamiento para defenderse de la enfermedad.

Las empresas y las organizaciones económicas tuvieron que hacer cambios y modificar sus arreglos laborales. Hay una buena cantidad de empleos que ahora se ejecutan a distancia. La tecnología abrió la posibilidad del “home office”. Y, con ello, se elevó la tensión social en las familias. Sobre todo en aquellos hogares donde falta espacio, hay más de uno que trabaja y uno o más que estudian.

Hacia afuera de la casa, encontramos que se congelaron las relaciones sociales y la comunicación directa. Tensar la vida familiar y paralizar las relaciones sociales externas de sus miembros son uno de los efectos de la pandemia más complejos, emocionalmente hablando.

El confinamiento ha alterado los valores sociales: desconfianza en las instituciones y en las personas, cambios en los modos de vida y en las formas de pensar, incertidumbre, falta de solidaridad, exclusión, estrés, falta de respeto a la diversidad y rechazo a movimientos sociales inspirados en una perspectiva crítica sobre la situación actual del país.

Más aún, se están dando rupturas generacionales, porque, en la desigualdad, unos sienten que se les impide satisfacer su necesidad de logro. Y la fragmentación social y el miedo no van a ayudar cuando se intente la recuperación. Seguiremos enfrentados si no cambiamos.

La pandemia vino a favorecer el fraccionamiento social, ideológico y político. Hay un enfrentamiento cada vez más abierto entre los bloques: unos afiliados al antiguo régimen y otros a la cuarta trasformación. Un régimen de partidos inservibles a la democracia, pragmáticos y oportunistas, incapaces de impedir el desmoronamiento casi completo de las instituciones y de la idea de progreso, a falta de un proyecto o un pacto nacional unificador. Se agregan los medios de comunicación que han contribuido a sembrar confusión, a dañar la imagen y la operación de la opinión pública.

Parálisis económica, malestar social, fractura política y pérdida de valores. Lo que estamos viviendo no es temporal, de corto plazo. Restablecer a plenitud los derechos humanos y las garantías sociales, un Estado que influya en el bienestar “de los que no tienen” va a tomar un buen tiempo a futuro. Habrá que estar atentos a cómo se reorganiza el trabajo y el poder político.

La universidad pública en México será una pieza clave para la recuperación, por dos circunstancias: una, porque puede darle un nuevo sentido a la educación, formando personas y generaciones que tengan una ética favorable al combate de la desigualdad social, solidaridad y compromiso con la vida colectiva, respeto y disfrute de la naturaleza, y, desde luego, capacidades científicas, reflexividad y pensamiento crítico.

La segunda razón viene de 1971, cuando el rector Pablo González Casanova impulsó la creación del Colegio de Ciencias y Humanidades, en la UNAM. La idea era vincular a entidades de distintas disciplinas, a las ciencias y las humanidades, para potenciar el conocimiento de los hechos naturales y sociales, con abordajes multidisciplinarios y, desde luego, avanzar en una concepción del conocimiento para impulsar la transformación académica y curricular de la propia institución.

Hacia el futuro inmediato, las universidades públicas habrán de formar científicos humanistas y humanistas científicos. En esencia, la universidad es humanista y productora de conocimiento. La digitalización requerirá de este tipo de preparación y el bache en el que se encuentra nuestra sociedad demandará ser resuelto con nuevos valores que salgan de la universidad mediante egresados comprometidos con la dignidad y la justicia para todos los mexicanos.

Las humanidades cobrarán una importancia redoblada porque su aprendizaje sirve para que los egresados de la universidad se integren a su sociedad como seres humanos reflexivos, cultos y, por ello, activos, críticos y orientadores del cambio, mediante proyectos colaborativos de los universitarios con su entorno.

La pandemia ha golpeado fuerte a las universidades. Habremos de aprovechar para cuestionarnos, calibrar el significado de nuestra historia, reorganizarnos conforme a principios y fines académicos apropiados a los tiempos y comenzar una nueva etapa para impulsar los cambios del país.

Acerca del autor

Humberto Muñoz García
Programa Universitario de Estudios sobre la Educación Superior | recillas@unam.mx

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