¡Nos lleva el tren!

La gratuidad de la lectura, la sobrevivencia de las librerías —y los lectores— y otros tópicos en tiempos de covid

El futuro del libro y de la lectura depende del futuro de los lectores.

Alejandro Zenker, director general de Ediciones del Ermitaño y director de Quehacer Editorial, revista para pensar, repensar y debatir en sus páginas el ecosistema del libro y la lectura en México, planteó una serie de preguntas en relación con esta época pandémica del covid-19. Me comprometí con Alejandro a responderle, una por una, cada pregunta, sin excluir ninguna, de un amplio cuestionario que incluso podría admitir muchas más interrogantes porque la crisis por la que atraviesan el libro y la lectura y, en general, la cultura escrita merece ser examinada con toda amplitud. Reproduzco, eliminando las preguntas, la primera parte del resultado de este cuestionamiento múltiple que he intitulado “La cultura escrita en tiempos del Covid-19. (Las respuestas no están en el viento)”, y que continuaré publicando en otras entregas de Campus.

1. El futuro del libro y de la lectura, como dijo alguna vez Carlos Monsiváis, depende del futuro de los lectores. Si no hay futuro para los lectores, no hay futuro para la cultura escrita. Por fortuna, el libro, ya sea en soporte digital y en otros soportes, además del físico, tiene todavía mucho futuro. Se equivocaron, y se siguen equivocando, desde hace ya casi tres décadas, quienes auguraron (entre ellos, y principalmente, Nicholas Negroponte, en su libro en papel Ser digital, 1995) la desaparición del libro en su soporte en papel. Pero también se equivocaron y se siguen equivocando quienes creyeron que el libro digital (en todas sus presentaciones: desde el más básico y rústico PDF subido a internet hasta el libro interactivo) sería la panacea para los tiempos posmodernos. La pandemia del covid-19 vino a evidenciar que este deseo era nada más una quimera. Hoy, la crisis por la que atraviesa la industria editorial en todo el mundo sólo puede ser resuelta con el retorno de los libros en papel a las librerías y con el regreso de los lectores a las mesas y estanterías, más allá de que el mercado del libro digital haya sido y siga siendo una excelente herramienta durante este confinamiento. Pero, además, lo que mayormente se expandió en esta vida pandémica ya casi infinita es la venta de libros físicos por internet, y no tanto la venta de libros digitales. Definitivamente, los lectores son los que mandan, los que deciden en función de su gusto y satisfacción, y aun en los mercados donde el libro digital tiene el mayor porcentaje de facturación (Estados Unidos y el Reino Unido), el techo de venta del libro digital no ha conseguido superar el 30 por ciento. Dicho de otro modo: aun en aquellos países de mayor venta del libro digital, el 70 por ciento de los lectores prefiere el soporte físico tradicional en papel.

2. Subsistirán las librerías en la medida en que los monopolios de los grandes espacios físicos de exhibición y venta de libros físicos no se den a la tarea de acabar con las librerías de barrio. Sabemos que mientras más espacios físicos de venta de libros haya, más desarrollo cultural equitativo tendremos. Pero también sabemos que las grandes superficies de exhibición y venta de libros conspiran contra las pequeñas librerías, y la razón es muy simple: acaparan los productos y pueden poner condiciones a los editores. Los descuentos que exigen a los editores son tan altos, y la ganancia es tan grande, que inhiben prácticamente la existencia de los pequeños puntos de venta de libros. Hay que acabar con esto, mediante una regulación efectiva. Sólo así podrán subsistir las pequeñas librerías y los puntos de venta más pequeños de libros.

3. Durante esta pandemia, que se volvió casi infinita por culpa de la incapacidad de los gobiernos que, en muchos casos, parece mala fe, estábamos sin duda condenados a esperar el libro que ordenamos, telefónicamente o por internet, hasta que llegara a nuestra puerta. Por fortuna, ya las librerías, en todo el mundo, abrieron sus puertas. La humanidad ha pasado por muchas crisis epidémicas y pandémicas y ha conseguido sobreponerse y retornar al contacto humano. Hay razones para suponer que esta pandemia no será la última, que vendrán otras, pero también hay suficientes razones para confiar en que los lectores volveremos a las librerías y que los libros, físicos y en otros soportes, seguirán siendo los pilares fundamentales de nuestra cultura y de la preservación de la memoria y las ideas.

4. En el caso de México, específicamente, se necesita, en primer lugar, que las autoridades abandonen su militancia partidaria y que asuman que son parte de un gobierno y no sólo de un partido; que son parte de una burocracia que cobra sus sueldos con los impuestos de todos los contribuyentes, y que, por ello, su obligación es que atiendan a todos por igual, sin ideologías predominantes, sin insultos, sin ofensas, sin injurias, sin discursos polarizadores, y que entiendan que el fomento de la lectura debe estar lejos de la moral y más aún del moralismo y la moralina; lejos también de las preferencias ideológicas de los funcionarios que piensan que porque ganaron una elección deben avasallar a todos los que no pensamos como ellos; que se pongan a trabajar en serio y que no crean que sus lecturas tienen que ser las lecturas de todos los mexicanos. Lo malo es que dicen que no tienen dinero, y es obvio por qué: no tienen dinero para el fomento de la lectura ni para el fomento de otras artes y culturas, porque el dinero se va en los megaproyectos de un presidente a quien la ciencia, la educación y la cultura no le interesan en absoluto y ha dado pruebas de ello.

5. ¿Bibliodiversidad virtual? Sí, por supuesto, y diversidad cultural, y diversidad y pluralidad en todos los sentidos. Mientras más proyectos existan para leer y para escribir, para generar cultura, más oportunidades tendrá un país para fortalecer el conocimiento, la creatividad, el desarrollo intelectual y la conciencia crítica, que no es, por cierto, esta última, creer ciegamente en lo que dice el poder y manda el líder máximo. Eso no es conciencia crítica: se llama sumisión al caudillo, y los sumisos, esto es lo más gracioso de todo, se imaginan críticos y revolucionarios porque aprueban todo lo que dice el mandamás.

6. ¿Libros gratuitos? ¿Libros regalados? En primer lugar, muchos de los libros gratuitos o económicos del nuevo gobierno no son libros, son plaquettes, folletitos, y casi todos con una intención ideológica, no para los lectores en general, sino para lectores convencidos de la denominada Cuarta Transformación. Ahora bien: que los libros sean económicos (incluso si son libros y no folletos), está muy bien, pero regalar propaganda política impresa, en forma de libros o folletos, no es desarrollar realmente la cultura, sino adoctrinar a la gente. Arruinar el Fondo de Cultura Económica y la Dirección General de Publicaciones de la Secretaría de Cultura no veo cómo puede ayudar al desarrollo cultural de este país. Pero hay que insistir en el hecho, evidente a todas luces, de que la cultura y la ciencia no le interesan a este gobierno. El presidente de México tiene una idea antropológica de la cultura, es decir básica y simplista: para él, cultura es todo aquello que no es naturaleza, y tiene razón en esto, pero más allá de la cultura primaria hay estamentos superiores del arte y la cultura que son el culmen de la creatividad y el intelecto humanos. Por ejemplo, con su denominado Tren Maya, el presidente de México quiere acabar con la naturaleza para llevar “cultura” y “bienestar” a los pueblos que no han pedido nunca un tren, sino que exigen el respeto de su cultura sin trenes que no necesitan, porque esos pueblos leen y releen en el libro de la naturaleza, y su imaginación no necesita trenes para viajar. Queda claro, después de todo esto, que lo que está pasando en México es que nos está llevando el tren.

Sobre la firma
Fabulaciones | Web

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018), Escribir y leer en la universidad (ANUIES, 2019), La prodigiosa vida del libro en papel: Leer y escribir en la modernidad digital (Cal y Arena/UNAM, 2020) y ¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español (Océano, 2021). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

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