Jugar es un acto de inmadurez que nos ayuda a alcanzar la adultez. ¿Para qué sirve?
Un padre decidió llevar a su hijo preescolar a su lugar de trabajo. Al entrar, le advierte en voz baja que debe comportarse como un verdadero profesional y no como un niño travieso. El pequeño, con una expresión grave y decidida, asiente solemnemente, tratando de descifrar las misteriosas reglas del mundo de los mayores. La imponente atmósfera del lugar le provoca una sensación abrumadora de intimidación, obligándolo a permanecer en silencio y sin moverse, como si el tiempo se detuviera a su alrededor.
Curiosamente, el jefe también llega con su propio hijo preescolar, formando una extraña coincidencia en ese día de trabajo. Los pequeños cruzan miradas y rápidamente establecen un pacto silencioso. Uno de ellos hace una pregunta inocente pero liberadora: «¿Quieres jugar?» Los adultos, sorprendidos por la rápida socialización de los pequeños, dejan atrás su seriedad y observan cómo las persecuciones y las aventuras imaginarias se acompañan de risas y diversión genuina. Se asombran de cómo el juego ocurre espontáneamente en los infantes, a la vez que ríen al imaginar que otro adulto se comportara así de directo.
Uno de los padres opina que jugar es un signo de inmadurez mental, y tiene razón. El otro padre piensa que jugar es el camino que lleva a un infante a alcanzar la madurez mental, y también tiene razón. Lo cierto es que solo los mamíferos expresamos esa urgencia de jugar en la infancia, al menos de forma explícita. Los reptiles y las aves parecen no hacerlo, probablemente porque sus cerebros no lo necesitan para alcanzar la eficiencia conductual requerida por la especie.
Pero entonces, ¿para qué sirve jugar? La neurociencia muestra que las especies con cerebros más grandes son las que expresan más tiempo de juego en la infancia. Por lo tanto, los cerebros que van a crecer necesitan jugar. Además, lo hacen más las especies altriciales, aquellas que después de nacer tardan en ser independientes, como nosotros. También sabemos que el impulso por jugar es alto en la infancia pero naturalmente disminuye con la edad. De aquí la idea de que jugar debe ser divertido para que los infantes lo hagan sin ser obligados, y al hacerlo, la naturaleza promueve la maduración cerebral. Por lo tanto, un individuo cerebralmente maduro tendría menos urgencia por jugar.
Se ha descrito que muchas escenas de juego semejan conductas de adulto, por lo que parece ser un ensayo de huidas, de peleas, de la práctica de jerarquías, de lealtad a otros, de vinculación afectiva, de victorias y hasta de lidiar con la derrota. Podríamos decir que jugar, aunque por sí mismo no tiene un propósito, tiene la misma utilidad que los ensayos previos a una obra de teatro, pero sin público, y en contextos seguros donde te puedes equivocar sin consecuencias severas.
La neurobiología del juego nos muestra que la capacidad de jugar depende de las tres capas del cerebro triuno propuesto por Paul MacLean. Desde las porciones más profundas mesencefálicas, donde se gesta la huida y el ataque, pasando por el cerebro límbico donde surgen conductas sociales de vinculación, apego y empatía, hasta la neocorteza más externa donde se genera el desarrollo de habilidades cognitivas superiores como la planificación y la toma de decisiones. Quizá esto último es lo más relevante, porque jugar ayuda a los infantes a aprender a planificar y a decidir.
Al jugar, interactuamos con el mundo físico y con otros individuos. Aprendemos a modular la intensidad y la fuerza, siendo suaves o rudos, dependiendo del compañero con quien tengamos para jugar. Experimentamos euforia por ganar, ligera ansiedad con una buena persecución, o frustración por perder, donde algunos neurotransmisores como los opioides, la dopamina y la noradrenalina parecen ser los protagonistas cerebrales de la plasticidad. Estos químicos son responsables de nuestra motivación, placer y conexión emocional, pero también de la planificación y la toma de decisiones.
Se dice que el juego en los infantes es una conducta autotélica, realizada sin otro objetivo que en sí misma. Los recién nacidos juegan moviendo y estirando brazos y piernas, pero al crecer juegan interactuando con objetos, hasta que finalmente en la infancia desarrollan el juego social. Este último es extremadamente complejo y aún no lo entendemos del todo. De hecho, sabemos que en algunas condiciones del neurodesarrollo, como el trastorno del espectro autista (TEA), el juego social se ve disminuido. Por el contrario, en otras condiciones como el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), el juego se ve exagerado, quizá porque lo necesitan más.
El diagnóstico de TDAH ha aumentado a un ritmo alarmante, acompañado por la prescripción de psicoestimulantes altamente efectivos para ayudar a los niños a dejar de jugar y enfocarse, cuyos efectos en el desarrollo de cerebros en crecimiento permanecen insuficientemente caracterizados, especialmente aquellos que incrementan la noradrenalina en la corteza cerebral. Jaak Panksepp argumentó que una razón para el incremento en la incidencia de TDAH puede ser la disminución en la disponibilidad de oportunidades para que los niños en edad preescolar participen en juegos sociales autogenerados de forma natural.
Como alternativa al uso de psicoestimulantes que reducen el juego, las localidades podrían establecer «santuarios» de juego social para niños con el fin de facilitar la maduración del lóbulo frontal y el desarrollo saludable de mentes prosociales. La predicción es que las intervenciones intensivas de juego social, a lo largo de la infancia temprana, podrían aliviar los síntomas de TDAH. De manera similar, el juego “social virtual” durante 20 minutos dos veces por semana durante un año ha mostrado facilitar la socialización real y el sueño de niños con TEA.
En un mundo cada vez más centrado en el rendimiento y la productividad, debemos recordar que el juego infantil no es tiempo perdido. Es una inversión en el futuro de nuestra sociedad. Al permitir que los niños jueguen libremente, estamos fomentando no solo su bienestar emocional y físico, sino también su capacidad para enfrentar los desafíos futuros con confianza y creatividad. El juego no debería ser un lujo; debería ser un derecho fundamental de la infancia. Como bien dice el dicho, “Hay que dejar al niño jugar, para ver al adulto prosperar”. Indiscutible verdad.

Genaro A. Coria-Avila
Instituto de Investigaciones Cerebrales / Universidad Veracruzana /
- Genaro A. Coria-Avila
- Genaro A. Coria-Avila
- Genaro A. Coria-Avila
- Genaro A. Coria-Avila