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¿Los ríos pueden actuar?

La presa internacional Anzaldúas en el río Bravo.

Una reciente campaña dirigida a recuperar y restaurar los cauces naturales de los ríos busca el reconocimiento de la agencia de los cursos fluviales y, en general, de la naturaleza.

Durante el mes de julio en varios países de Europa se han llevado a cabo decenas de acciones para “liberar los ríos”. Se trata de una campaña coordinada por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés), la mayor organización conservacionista del mundo. A través de esta campaña se reclama la eliminación de los miles de presas y azudes que “obstruyen” y “asfixian” los ríos. Según las entidades participantes, estas barreras “alteran todo, desde el flujo natural del agua y los peces, hasta la identidad cultural y el patrimonio de las comunidades circundantes”. Aunque todavía se está muy lejos de lograr el objetivo, ya se han conseguido demoler algunas, la más reciente de la cuales una pequeña presa en el río Huvaca, en Eslovaquia.

Esta campaña, dirigida a recuperar y restaurar los ríos y por extensión el medio ambiente, parte de un planteamiento radical: el reconocimiento de la agencia de los cursos fluviales y, en general, de la naturaleza. Desde una perspectiva antropocéntrica se entiende la agencia como un atributo exclusivo de la humanidad, según el cual los seres humanos tienen capacidad para tomar decisiones y actuar de forma autónoma. Por el contrario, las entidades conservacionistas la entienden de una forma más ecocéntrica y reconocen que no solo los seres humanos tienen capacidad para actuar, sino que también la naturaleza, desde los demás animales y plantas hasta las distintas formas del terreno, como los ríos.

La agencia no-humana no es una idea tan novedosa como pueda parecer a simple vista. A lo largo de la historia múltiples sociedades han reconocido que animales, árboles, rocas, fuentes, vientos o ríos actúan y causan efectos. Es el caso de muchas religiones y tradiciones filosóficas, que se pueden remontar a las creencias animistas. Para el animismo los elementos naturales están animados por espíritus. Así, por ejemplo, todavía hoy los pueblos indígenas que habitan al lado del río Bravo, en Nuevo México, consideran que este río es un ser vivo, cuyo espíritu adopta la forma de serpiente. Y, al igual que la WWF, consideran que las presas lo están matando.

Otra postura es la adoptada por el materialismo, que rechaza la existencia del alma como algo externo a la materia, pero que igualmente reconoce la agencia de aquellos elementos naturales. Pero exactamente, ¿de qué forma actúan? Desde esta perspectiva se puede decir que los ríos realizan cuatro tipos de acciones: la rutinaria, la transformativa, la intencional y la no-reflexiva. La rutinaria se refiere a aquella acción mediante la cual los ríos devienen aquello que son. En este caso, transportar agua a lo largo de un cauce es lo que permite a un río ser lo que es; si no la transportara sería un lago. En segundo lugar, a través de la acción transformativa el río crea y transforma el espacio y el paisaje. Así, erosiona el suelo, transporta los sedimentos, crea terrazas, estuarios y deltas aluviales, y se mueve y migra lateralmente, cambiando su curso. El tercer tipo de acción es la intencional, que consiste en afectar las condiciones materiales de los seres vivos y las de sus acciones, tanto para permitir su desarrollo como para impedirlo. Los ríos permiten a la fauna y la vegetación acuática y ribereña prosperar, así como también a los seres humanos, sus campos y sus centrales hidroeléctricas. Pero, en el extremo opuesto, los ríos también matan, cuando una avenida arrasa con todo y una inundación ahoga a los animales terrestres, incluidas las personas. Por último, la acción no-reflexiva se refiere a la capacidad de los ríos de generar y provocar emociones en los seres vivos o al menos en los humanos, tales como el amor y el respecto, en un extremo, y el miedo y la aversión, en el otro.

Regresando a la campaña para la liberación de los ríos, las organizaciones participantes denuncian que las presas limitan a los ríos fluir y, por ende, ser ellos mismos, al reducirles la velocidad y frenarlos; crear paisajes, al impedirles transportar sedimentos; y sustentar la vida de la fauna acuática, como la de los peces, al fraccionarles el hábitat. Y ¿en el caso de la acción no-reflexiva, las presas las impiden? Al parecer no, ya que, desde esta perspectiva, se puede argumentar que los ríos, a través de su acción no-reflexiva, provocan en las personas las respuestas emocionales necesarias para que los defiendan y luchen por ellos.

Acerca del autor

Xavier Oliveras González
Geógrafo perteneciente a El Colegio de la Frontera Norte

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