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Literatura y libros “con mensaje”

Las verdaderas obras literarias son tan complejas como la vida y no pueden reducirse a visiones simplistas

Un buen lector sabe que la sinopsis de una gran obra literaria jamás le hace justicia: enuncia o describe el “argumento”, para fines informativos, eliminando toda su grandeza estética. La Ilíada y el Quijote pueden sintetizarse, respectivamente, en media cuartilla, y todo el mundo puede saber, gracias a esos parrafitos, de qué tratan la Ilíada y el Quijote, pero, al mismo tiempo, no saber nada de la profundidad de obras tan extraordinarias. De un gran libro (y también de uno mediocre) se sabe algo sólo cuando se le ha leído y comprendido.

Todo gran libro exige, además, una lectura múltiple: con los ojos, con la emoción, con la inteligencia, con el temperamento y con el saber de cada cual. Y el efecto de la lectura es siempre diferente en cada lector. George Steiner escribió: “El poder indeterminado de los libros es incalculable. Es indeterminado precisamente porque el mismo libro, la misma página, puede tener efectos totalmente dispares sobre sus lectores. Puede exaltar o envilecer; seducir o asquear; apelar a la virtud o a la barbarie; magnificar la sensibilidad o banalizarla”.

Que muchas personas crean que en todo libro hay una alegoría, un apólogo, una moraleja o “un mensaje” es un problema de ellas, no del autor. Las grandes obras no se escribieron para mandar “mensajes” a los lectores, sino, sobre todo, y, antes que nada, para complacer a sus propios autores o bien para llevar a cabo una empresa estética de amplias ambiciones artísticas que constituye todo un desafío de la imaginación y la inteligencia que llega incluso a abrumar. “¡Me cuesta tanto escribir este libro!”, exclama Flaubert.

La estética del conflicto humano
“Ningún artista pretende probar na-da”, escribe Oscar Wilde en el prólogo a El retrato de Dorian Gray. Quienes se empeñan en hallar significados y mensajes ocultos en un libro es porque tienen vocación exegética: más aplicados al acertijo que a la lectura. A ellos se refiere Juan Marsé, motejándolos de “rastreadores de estilos y figuras de la alfombra”, y trata de hacer entender a una estudiante, que lo visita con fines de corroborar las tesis de su Tesis, “que el Pijoaparte jamás se propuso desenmascarar a la burguesía catalana, sino simplemente enamorar a Teresa”. Mucha gente no entiende la literatura porque se empeña en saber más que el propio autor. Leamos de qué manera sintetiza la Enciclopedia Garzanti de la Literatura (1985) la gran novela de Gustave Flaubert (1821-1880), Madame Bovary (1857):

“Charles Bovary, un modesto médico de provincias, se casa en segundas nupcias con Emma Rouault, la hija de un propietario de tierras. Emma, cuyo temperamento soñador se ha alimentado de las lecturas románticas de la adolescencia, no tarda en sentirse desilusionada de la mediocridad de su marido, que no obstante la ama profundamente, y de la vida que éste le ofrece. Comienza a entristecerse; Bovary, preocupado por su estado, se traslada a Yonville, con la esperanza de que el cambio de aires le resulte beneficioso. En Yonville Emma es cortejada por Léon, un aprendiz de notario; pero el joven no se atreve a declararse y parte para París. Emma se deja seducir por Rodolphe Boulanger, un banal donjuán de provincias, y goza de un breve período de felicidad; pero no tarda en cansar a su amante con sus excesos. Rodolphe, asustado por la propuesta de huir juntos, la abandona. Emma se siente trastornada, y busca frenéticamente aturdirse. En Ruán reencuentra a Léon, más atrevido tras su estancia en París; convencida de poder lograr unirlo a ella, no tarda en cansarlo también a él. Comienza así su degradación: se endeuda con un usurero, a espaldas de su marido, y no sabe cómo pagarle. Pide inútilmente ayuda a Léon y a Rodolphe; luego, desesperada, se suicida. Charles Bovary, abrumado por el recuerdo de su mujer, a la que ha perdonado sus traiciones, se deja morir lentamente.”

¿Esto es todo? No. Por supuesto que no. ¡Esto es nada! Esto sólo sirve como información para estudiantes ignaros. La verdadera grandeza de una novela como Madame Bovary es imposible de sintetizar en una sinopsis. Ahora bien: ¿de qué nos quiere convencer Flaubert? ¿Acaso de que las mujeres soñadoras son infieles a sus maridos?, ¿tal vez de que leer muchos libros románticos aturde el entendimiento? o, peor aún: ¿quizá de que las mujeres que engañan a sus maridos merecen terminar mal, suicidándose, como Emma, con arsénico? La verdad es que Flaubert no quiere convencernos de nada. Escribe una novela magistral, con la que sufre lo indecible para lograr su más elevada ambición estética. A Hippolite Taine le confiesa: “Cuando escribí el envenenamiento de Emma Bovary sentía tan bien el gusto del arsénico en la boca, estaba tan envenenado yo mismo, que me atacaron dos indigestiones, una tras otra, dos indigestiones muy reales, puesto que vomité toda la comida”.

Tesis chapuceras
Flaubert nos muestra cómo es la vida, cómo se desarrolla el conflicto humano, a diferencia de las novelas chapuceras que se proponen probar una tesis para convencer o tratar de convencer a los lectores de que una acción lleva invariablemente a una consecuencia previsible, con un lenguaje manipulador y maniqueísta. Es así, de esta última forma, como opera la mayor parte de las novelas que se publican hoy y que, desde la publicidad, anuncian lo que denuncian y describen lo que sus autores son incapaces de escribir. Hoy publican “novelas” hasta los que no son novelistas, pero que tienen una fijación ideológica entre ceja y ceja y pretenden convencernos de que sus “tesis” quedan probadas con lo que les sucede a sus “personajes” (¡en el “neoliberalismo”, por ejemplo!), y que el “mensaje” de sus “novelas” cambiará nuestra forma de ver el mundo (para que lo veamos igual que lo ven ellos: ¡oh!, un militante ganado para “la causa”) lo mismo en relación con el poder, la economía, el bien social, el medioambiente, la “nobleza de espíritu” o, simplemente, la buena onda de estos enardecidos militantes. Como ellos están convencidos de algo, quieren convencer a los demás de lo mismo: no son escritores, en un sentido literario; son activistas de alguna “causa” y usurpan la literatura para tirar, estirar y vender su rollo.

¿De qué nos quiere convencer Lev Tolstói en Guerra y paz?, ¿qué “mensaje” nos quiere comunicar Balzac en La obra maestra desconocida? ¿Cuál es el “mensaje” que se propuso difundir Stendhal en La cartuja de Parma? ¿De qué nos quiere convencer Joyce en Ulises? ¡Pamplinas! Los grandes escritores no tienen el propósito de convencernos de nada. Ni el Dante mismo desea que le tengamos terror al infierno; su obra sublima nuestros terrores y se apiada de nuestras esperanzas, pero no le indica a nadie cómo debe vivir. Balzac, quien se asumió como simple secretario de la sociedad, afirma: “La idea primera de La comedia humana surgió en mí, al principio, como un sueño”.

Gabriel García Márquez, quien no fue precisamente un portento intelectual, pero sí un gran narrador, dijo en cierta ocasión (a propósito de los despropósitos de la interpretación profesional que comete la educación en todos sus niveles) que los malos maestros tergiversan y pervierten el contenido de los libros con sus exégesis absurdas y descabelladas. Escribe: “Conozco uno de muy buena fe para quien la abuela desalmada, gorda y voraz, que explota a la cándida Eréndira para cobrarse una deuda es el símbolo del capitalismo insaciable”.

Únicamente los malos críticos y los peores profesores creen, de veras, que los grandes escritores están empeñados en enviar “mensajes”. Hemingway sentenció: “Cuando tengo que enviar un mensaje, voy al correo”. Bioy Casares refirió que, en 1964, un periodista le preguntó a Borges: “¿Cuál es el mensaje de su obra?”, a lo que Borges respondió con sólo tres palabras: “No soy mensajero”.

Juan Domingo Argüelles, poeta, ensayista y promotor de la lectura en México
Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista y lexicógrafo · Medalla Wikaráame al Mérito Literario 2025 | Web |  + posts

Poeta, ensayista, lexicógrafo y editor; también divulgador y promotor de la lectura. Es autor de "¡No valga la redundancia!" (2021), "El vicio de leer" (2022), "Más malas lenguas" (2023) y "Epitafios" (2024). Ha recibido el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura (2019), así como distinciones del INAH y del Gobierno de Quintana Roo (2024), y la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América (2025).

Columna Campus: "Fabulaciones"

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