La creación literaria implica partir del legado cultural para producir propuestas novedosas que enriquezcan el cúmulo artístico de la humanidad. Lo novedoso no se refiere a generar historias que no existían previamente, sino a dibujar maneras innovadoras de contarlas. En la obra de William Shakespeare tenemos un ejemplo de alcance universal sobre alguien que inventó casi ninguna de las tramas que nos dejó; sin embargo, la forma de compartirlas es lo que a la fecha le da inmortalidad a su nombre. Más cercanos a nosotros, los formalistas rusos propusieron que todas las combinaciones para configurar una trama ya se habían realizado en épocas previas.
Lo anterior es aplicable al escenario en el que estamos hoy en día; se trate de una creación literaria o su adaptación al cine, lo que lleva a la obra, y al nombre tras ella, a trascender, no es tanto la trama, sino el modo en que ésta se comparte y conecta con el público. Dentro de este marco, podemos ir considerando la creatividad hoy en día enriquecida con el uso de inteligencia artificial. La llamada en breve, IA, es una herramienta; alimentamos en ella conocimientos y experiencias humanas, y con una velocidad impresionante comparada con nuestros procesos mentales, revisa esa información que tiene almacenada para brindarnos respuestas en segundos; una de esas respuestas puede ser ante la petición de crear una historia con ciertos personajes y demás situaciones que le solicitemos; hablo aquí del famoso prompt.
Desde la generación del mismo prompt, la parte humana sigue siendo inicial y trascendental en los procesos creativos. Propongo, como mera comparación, el uso de la calculadora en labores que tengan que ver con procesos matemáticos. Desde luego que ello nos ahorra tiempo en operaciones de varias cifras, pero la gestión de los resultados finales la sigue ejecutando la parte humana. Del mismo modo ocurre con la creación literaria: mientras hace unas décadas partíamos de cero con una pluma o lápiz frente a una hoja en blanco, ahora lo hacemos con la mano a punto de arrancarse sobre el teclado frente a una pantalla en blanco o negro; a este cambio hemos sumado recientemente el pedirle a la IA que nos genere una narrativa con ciertas características, o que nos edite la que hemos creado nosotros mismos. Cualquiera que sea el caso, la injerencia humana sigue y seguirá siendo la que inicia los procesos y los presenta ante el público.
Pero ¿por qué existen renuencia y dudas acerca de su uso para fines literarios? Ello se debe a la tendencia que tenemos a desconfiar de nuevos métodos que rompen tradiciones. Llevamos varios siglos acostumbrados a pasar directamente de la mente a la mano y de ahí al papel o al teclado. No obstante, parecemos olvidar que antes de ello, la diseminación de narrativas se dio de manera oral a lo largo de muchos más siglos de los que llevamos familiarizados con la hoja impresa. La oralidad fue fundamental en la transmisión de los textos que generaron la identidad de las civilizaciones antiguas; se plasmaban en verso, para que fuera fácil declamarlos y recordarlos. Aunque había casos aislados de gente dedicada a la escritura manual (como los monjes medievales), la gran mayoría de la población conocía las historias gracias a la oralidad. Así como con la llegada de la imprenta se trastocaron todos los parámetros para crear y difundir una historia, ahora las posibilidades que ofrece la IA están haciendo dudar a muchos con respecto a su uso en el ámbito literario.
Lo que debemos entonces traer y mantener en la mesa de reflexión y debate son los nuevos acuerdos y regulaciones para usarla. Es decir, plantear las categorías y los niveles de reconocimiento que se mantengan para quienes decidimos seguir creando literatura y crítica literaria de forma tradicional, con o sin ayuda de la IA en el proceso (así como lo hace el científico que usa en menor o mayor grado la calculadora), vs. quienes deciden dejar la parte humana únicamente en el prompt, y después de eso, otorgarle la producción completa de la obra narrativa o crítica a la herramienta. En cuanto a dar el paso hacia aseverar si una de las dos opciones es mejor o correcta frente a la otra, y aunque en lo personal me declaro partidario de nunca dejar de reconocer el mérito creativo humano, el consenso al respecto dependerá de la apreciación colectiva, tanto del lado creativo como del de la recepción.
Al final, estamos frente a un cambio sin precedentes que genera cuestionamientos y posturas diversas, y no debemos olvidar que los juicios hacia la creatividad artística se moldean con el paso del tiempo. Lo que sí es claro es que la creatividad disruptiva y resiliente es única de la humanidad. La IA analiza y reorganiza en segundos basándose en información que le hemos alimentado, pero no es capaz de crear nuevos referentes trascendentales como lo hacemos nosotros.
Antonio Alcalá González
Director de División de la Escuela de Humanidades y Educación
Tecnológico de Monterrey, Campus Santa Fe
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